POR JULIO PANTOJA*
“La memoria de la luz” es un libro necesario para la historia de la Fotografía de Tucumán. Imprescindible, incluso, para comprender la historia de la Fotografía Argentina por esa ausencia sistémica —y sistemática— de todo aquello que no huela al puerto de Buenos Aires.
Con la precisión de un investigador riguroso y la sensibilidad de un narrador, Darío Albornoz consigue algo poco frecuente: antes que un libro de historia de la fotografía, nos entrega un libro de historia a secas, en el que la fotografía es una herramienta de relato, un modo de pensar el país desde sus márgenes, sus gestos y sus cuerpos.
Una de las virtudes más notables de esta obra es su falta de pretensión. No busca deslumbrar ni erigirse como un texto erudito para especialistas: es un libro accesible, claro, abierto a cualquier lector curioso, incluso a quien se acerque como simple aficionado. Esa humildad en la forma contrasta con la profundidad de su contenido.
“La memoria de la luz” propone un viaje de siglo y medio a través de tres estudios familiares —Paganelli, Valdez y Bachur— que también son tres momentos de la historia tucumana: desde las grietas de la vieja Casa Histórica hasta las barricadas policiales del terrorismo de Estado en los años 70. Y lo hace con una escritura ágil, fluida, que incluso en tiempos acelerados de “scroll infinito” logra atraparnos como una novela que no se puede soltar.
La introducción, por sí sola, funciona como un verdadero tratado sobre el retrato: allí aparecen, como brújulas para pensar la imagen, frases que iluminan la relación entre vida, pose y muerte, como cuando Albornoz escribe: “El fotógrafo, tras la máquina. El retratado, preparado para convertir su rostro y su cuerpo en el personaje que quisiera ser, aunque probablemente jamás llegaría a serlo.” O cuando se pregunta si la inmovilidad de la emulsión —esa detención definitiva de la plata metálica— no es, al fin, “la muerte de la muerte”.
El libro también sitúa a Tucumán como un territorio de frontera —aunque no de límite— dentro del mapa social, político e histórico argentino. Recupera episodios fundantes, como la llegada del tren, que conectó la provincia con un circuito que alcanzaba prácticamente a todo lo que fue el antiguo Alto Perú. Allí asoma la figura de Aniceto Valdez, quien, pese a cobrar el doble que sus competidores, logró imponerse incluso sobre los Paganelli, los grandes protagonistas de la historia fotográfica más conocida de la provincial. Esa trama con actores de esta talla, reafirma a Tucumán como el espacio disputado que fue —y que sigue siendo— frente al hegemonismo económico y cultural porteño.
Darío Albornoz se inscribe, sin exagerar, entre los historiadores mas importantes de la Fotografía Argentina, en la misma línea de Luis Priamo o Abel Alexander. Su relevancia, sin embargo, ha sido muchas veces relativizada por la falta de federalismo en los estudios visuales del país. Por eso este trabajo es tan valioso: porque sostiene, con abundante información dura, la base indispensable para que futuras investigaciones avancen también desde otras perspectivas.
Decir esto me recuerda (haciendo la salvedad del vínculo) a libros como “Monstruos de papel”, de Claudia Pantoja, que —estudiando la fotografía médica del siglo XIX— abre el juego a miradas desde las artes o el feminismo.
Este tipo de cruces no hace sino enriquecer el campo, en diálogo —¿por qué no?— con los estudios de performance, donde estas imágenes, con sus acciones situadas (Richard Schechner), generan nuevos repertorios (Diana Taylor). ¿De qué manera leeríamos hoy, por ejemplo, la magnífica foto de los tres hombres tomados del brazo (p. 65) si la analizamos desde una perspectiva queer? ¿Y cómo se la habría leído desde una mirada simplemente machista?
¿Y qué ocurre con la foto de la niña con un caballito y un fusil con la bayoneta calada (p.132) si la estudiamos a la luz del feminismo y el empoderamiento de las mujeres a lo largo de la historia?
¿Qué tensiones permanecen?¿cuáles emergen?… Así podríamos seguir haciéndonos preguntas con casi todas las imágenes.
En síntesis, este libro abre una puerta necesaria. No solo ofrece un registro exhaustivo de un territorio clave para la historia de la imagen argentina: también invita a volver a mirar, a reconsiderar el retrato como un espacio donde la memoria, el deseo y la muerte se entrelazan bajo la luz que Darío Albornoz sabe, como pocos, revelar.

*Julio Pantoja es fotógrafo, docente universitario y organizador de la Bienal de Fotografía, entre otros.
Para adquirir el libro desde el sitio web de la Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán: EDUNT