Sobre los usos del significante Fascismo: categoría histórica y herramienta política

POR MARÍA MARTA LUJÁN*

                                                             La operación “zurdos tiemblen” repite como

                                                       farsa lo que recordamos —el terrorismo de 

                                                       Estado— como tragedia.

Diego Sturlwark

En un contexto político internacional de acenso de la ultraderecha y de gobiernos autoritarios, la palabra fascismo emerge tanto en el campo académico como en el ámbito político como un modo de explicar -a través de la analogía con el pasado- fenómenos actuales, o bien como herramienta para alertar sobre los peligros de una avanzada fascista a nivel global, una oleada regresiva, leída como amenaza a los progresos democráticos del último siglo.

Hay quienes definen como “fascistas” a Donald Trump, Víktor Orbán, Marine Le Pen, Giorgia Meloni, Santiago Abascal, Narendra Modi, Nayib Bukele y Benjamin Netanyahu, Jair Bolsonaro o Javier Milei, y quienes se refieren a un “retorno del fascismo” para explicar las oposiciones conservadoras a las agendas feministas y los colectivos de diversidad sexual. La utilización de este “significante vacío”  va incluso más allá: la palabra es utilizada también para acusar a izquierdas autoritarias, a movimientos y grupos religiosos y hasta para definir actitudes genéricamente ”antiliberales”.

En tal sentido, se pueden diferenciar dos tendencias: aquella que piensa al fascismo como fenómeno histórico situado, acontecimiento irrepetible, en la medida en que las condiciones que lo hicieron posible resultan ya demasiado lejanas de las coordenadas que definen nuestro presente, o aquella que leen al fascismo como una configuración persistente, que no deja de actualizarse en coyunturas diversas; una repetición de rasgos temibles asociados a aquella experiencia y que se expanden cada vez más a nivel global. (Sturlwark, 2018).

Emilio Gentile  -una referencia en los estudios del fascismo italiano- asume una postura crítica frente al uso indiscriminado del término, e interpela al campo intelectual para “crecer” en el conocimiento que ofrecen las nuevas realidades; dicho conocimiento  progresa –sostiene- a través de la distinción, no a través de la confusión ni de las analogías, (Gentile, 2023). Para el historiador, los elementos que definían al fascismo del siglo XX y que lo hacían particular,- el totalitarismo, el imperialismo, la religión política, la revolución antropológica y la guerra como fin principal de la vida humana- no están presentes en los populismos del siglo XXI o en cualquier régimen autoritario con culto a un líder. Las equiparaciones entre fascismo y nuevas derechas –advierte Gentile- no ayudarían a entender los fenómenos contemporáneos que enfrentamos: “En resumen, lo que intento transmitir es que muchas veces se sostiene que tal o cual movimiento es fascista porque entre sus ideas figuran posiciones racistas, o apelaciones a la pureza de la nación, o porque desprecia la democracia representativa. Pero todas esas ideas preceden al fascismo. Que haya racismo o que haya autoritarismo no quiere decir que haya fascismo. Esas no son cualidades específicas del fascismo, sino que aparecieron incluso en otras latitudes y todavía perduran.” (Gentile, 2023).

Para sostener su tesis, Gentile argumenta que el fascismo y sus elementos constitutivos no están presentes en los países democráticos. No obstante, reconoce que, en todos los países democráticos, incluso en los más antiguos, se están verificando una serie de procesos muy preocupantes. Uno es el creciente descontento de la ciudadanía, expresado en términos de desconfianza y, sobre todo, en una fuerte abstención electoral. Otro es la permanente y galopante intrusión de la corrupción. Y, el más importante -agrega- es la renuncia al ideal democrático: “El ideal democrático no es lo mismo que el método democrático, que consiste en el proceso de elecciones libres y pacíficas por el cual los ciudadanos eligen a sus gobernantes. Con el método democrático, lo sabemos muy bien, es posible elegir gobiernos racistas, antisemitas, machistas o antifeministas. Por eso el ideal democrático, por el cual durante 200 años muchos ciudadanos han sacrificado su vida en manifestaciones, en agitaciones, en revoluciones y en guerras, no consiste solamente en que los ciudadanos puedan elegir pacífica y periódicamente a sus gobernantes, sino en trabajar constantemente para eliminar todos los obstáculos y discriminaciones entre los gobernados.”

Por su parte, Richard Evans -en su cruzada contra las lecturas negacionistas y conspirativas del nazismo-  afirma que el problema de llamar “fascista” al populismo de derecha actual es que libra las batallas actuales con las armas de las décadas de 1920 y 1930. El tiempo ha avanzado desde entonces. Y agrega que: “los fascistas fueron, en última instancia, genocidas, ya fueran los nazis exterminando a los judíos o los fascistas italianos exterminando a los etíopes (entre otras cosas, mediante el uso de gas venenoso). El nazismo y el fascismo también colocaron la ciencia en el centro de sus sistemas de creencias, en particular la “ciencia” racial y eugenésica, y consideraron la religión como un vestigio de la época medieval que pronto desaparecería. En todos estos aspectos, el fascismo se diferencia del populismo del siglo XXI, hostil al Estado, anticientífico y opuesto al militarismo tanto dentro como fuera del país”. (Evans, 2021).  

En su reciente libro, Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo, Santiago Gerchunoff sostiene que la utilización de la palabra fascismo para caracterizar a las nuevas derechas se asienta, por un lado, en la necesidad de ubicarse en el lugar de una resistencia épica –antifascista- en relación dichos emergentes; por el otro, en la responsabilidad de alertar sobre acontecimientos aparentemente leves, que podrían desembocar en tragedias como la de Auschwitz (o la ESMA); es a lo que Gerchunoff caracteriza como siniestro: solo reaccionamos ante un gesto sexista, autoritario, machista o racista en la medida en que pueden ser el preludio de algo más grande que no se advirtió  y no porque sean en sí mismos injustos. Lo cual supone un desplazamiento –siniestro- que responsabiliza a las víctimas´ y exonera a los verdugos. Implica, por otro lado, una banalización del mal: al aplicar la etiqueta de “fascista” a una amplia gama de oponentes políticos o políticas impopulares, se corre el riesgo de banalizar los crímenes atroces y el terror real asociados con los regímenes fascistas históricos (como el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial).

Aunque la historia enseña, –sostiene Gerchunoff- la “historia profética” es una superstición, nos hace creer que, gracias a la historia y a esas esas víctimas que se equivocaron -esto es lo siniestro- nosotros vamos a poder no equivocarnos.

Para el autor, el uso de la palabra “fascismo” da cuenta de una política sumamente impotente, como la actual; es el síntoma de que la política no está siendo capaz de hacer su trabajo, que es pensar en el futuro; queda anclada en el pasado y en la necesidad de interpretar el presente a la luz de la Historia: “Hay dos grandes emociones en la política, decía Maquiavelo: el miedo y la esperanza. En lugar de utilizar la esperanza, que se vuelca al futuro, la izquierda está totalmente enquistada en el miedo -el miedo al fascismo- para movilizar. Esa es la impotencia del progresismo, de la izquierda, usar la emoción del miedo para movilizar a sus bases y no la emoción de la esperanza. El síntoma es el uso de la palabra fascismo”. (Gerchunoff, 2025). 

Para los críticos,  el uso excesivo de la palabra fascismo  responde a una “comodidad intelectual y afectiva” (Sturlwark, 2018), pero también a la imposibilidad del progresismo para explicar y asumir las verdaderas causas de su declive y  caída como fuerza moral hegemónica: “Arrinconado, lanzando golpes lentos e imprecisos como un boxeador veterano, el progresismo está desorientado” (Natanson, 2025), y desplazaría, con la expresión fascismo, su propia responsabilidad, evitando asumir y revisar sus fallas. La analogía del fascismo con gobiernos actuales de derecha es no sólo “faláz e inconducente” sino incluso contraproducente para reinventarse.  “Lo que lo ha vuelto vulnerable, torpe y desprovisto de humor al progresismo no es el neofascismo en curso, sino su propia renuncia a estudiar y denunciar las formas de explotación social” (Sztulwark, 2025).

Para los autores que se resisten al uso de la expresión, el fascismo no es una actitud, una subjetividad o una categoría moral: es un concepto que describe un movimiento y régimen político concreto, con rasgos definidos. El llamado a un uso del término fascismo con rigor histórico y a la cautela en relación a una utilización indiscriminada del término, constituye una reacción a aquellos análisis políticos del presente que leen la persistencia del fascismo a lo largo de un siglo, o bien modulaciones del mismo que actualizan una potencialidad latente en la Historia. El caso más emblemático es quizás el de Umberto Eco,  quien utiliza la categoría “Fascismo eterno” o Ur Fascim, (Protofascismo), asumiendo que el fascismo es una identidad política móvil, que ya no usa solo uniformes militares sino también “trajes civiles” y que retorna con “nuevos ropajes más inocentes”. Por lo tanto, el deber de los demócratas debe ser “desenmascararlos”. Eco esboza catorce características que son típicas de un fascismo eterno, y aunque “estas características no se pueden organizar en un sistema, de que muchas de ellas se contradicen entre sí, y también son típicas de otros tipos de despotismo o fanatismo (…) es suficiente que una de ellas esté presente para permitir que el fascismo coagule a su alrededor.” (Eco,1995). 

Si bien Eco habla de “eternidad”, la misma no constituye una presencia congelada, sino que se concretiza con características propias de acuerdo al contexto de emergencia; lo más importantes de su análisis, más allá del estudio histórico y político, es la responsabilidad intelectual a la hora de leer algunas de las características del fascismo en el presente, las cuales constituyen una interpelación e instan a la acción. 

“Ropaje” y “máscara” son nociones que remiten a Enzo Traverso, quien habla de “las nuevas caras de la derecha” (2018), un aporte  enriquecedor al debate sobre la pervivencia del fascismo, que permite considerar, a la vez,  continuidades y variaciones, elementos residuales y emergentes, al decir de Raymond Williams. El autor propone un nuevo concepto para pensar esas expresiones de la derecha reaccionaria en el siglo XXI: el posfascismo, dejando en claro que no se puede denominar a dichas expresiones como “fascistas”. 

El fascismo –nos recuerda Traverso- fue una experiencia particular del continente europeo  situado en el periodo de entreguerras del siglo pasado. Así, el fascismo italiano, el nazismo alemán y el franquismo español surgieron como respuesta a la Revolución bolchevique que condujo a la toma del poder por parte de los trabajadores, campesinos y soldados rusos en 1917. Lenin, Trotsky y sus compañeros eran estigmatizados por la prensa burguesa como una especie de “raza” antieuropea, como un fenómeno aberrante que venía a terminar con la “civilización” burguesa que desde los tiempos de la Ilustración había alcanzado la mejor forma de gobierno posible en el viejo continente.

Sin embargo, en nuestra época –sostiene Traverso- no se puede caracterizar a las nuevas derechas como fascistas por varias razones: una de ellas es que las derrotas de las revoluciones del siglo XX y la caída del horizonte comunista, dieron por tierra con las aspiraciones igualitarias de la clase obrera y del pueblo pobre. Sobre la derrota -mejor dicho sobre los escombros de tal caída- se levantaron los pilares de nuestra época: el mercado, el individualismo, la meritocracia, conceptos que hacen al orden neoliberal.

Por otra parte, dice el autor, los experimentos derechistas contemporáneos no tienen ejércitos de militantes, como las Camisas pardas (nazis), las Camisas negras (fachos italianos) y/o el uniforme color caqui del franquismo. En cuanto a las fuerzas de choque, el autor señala que: “La violencia -piensa en el asalto al Capitolio del 6 de enero del 2021 o el asalto a la Plaza de los Tres Poderes dos años después, en Brasilia- es la excepción, no la regla. En los países occidentales, el posfascismo ha surgido luego de setenta años de paz y por lo general acepta el marco institucional de la democracia liberal. 

El fascismo clásico –sostiene el autor- estaba en contra de la democracia, quería destruirla, a pesar de que en Italia y en Alemania pudo llegar al poder a través de las instituciones. Pero una vez que se estableció en el poder, destruyó la democracia. Desde un punto de vista ideológico, eso estaba muy claro. La ideología, la cultura, la filosofía política del fascismo clásico, era antidemócrata, antiliberal. Hoy las nuevas derechas quieren establecer una forma de autoritarismo dentro de la democracia liberal. El posfascismo es una transformación autoritaria de la democracia liberal sin destruir sus instituciones. Después de décadas y décadas de democracia, del rechazo al nazismo, de las dictaduras militares, no es posible un fascismo como el del siglo XX.  

Por otro lado, Traverso aclara que tampoco las actuales formaciones derechistas tienen un “proyecto de civilización” fundante, es decir que a los fascismos europeos del siglo XX, no sólo no se los puede reducir a una serie de negaciones (antiliberalismo, antidemocracia y anticomunismo), sino que además tenían un horizonte utópico, un lugar donde llegar, una nueva raza por fundar sobre la faz de la tierra surgida a traves del exterminio, cuya expresión más horrorosa fue el Holocausto nazi. Las nuevas derechas de hoy no parecieran tener un proyecto civilizador. 

Por su parte, el posfascismo plantea una nueva dicotomía, de un lado el “buen pueblo” que son los trabajadores blancos, nativos, que aunque sean precarios tras sufrir las políticas de desindustrialización, son integrantes de una “virtuosa comunidad nacional”. Su común denominador es el antifeminismo, la xenofobia, la homofobia y el nacionalismo. Por otra parte, tenemos al “mal pueblo” que es representado por las comunidades disidentes (LGTBIQ+), “los negros” de los suburbios y por los inmigrantes musulmanes, percibidos como potencial amenaza terrorista y que se materializa en la propagación de la violencia discursiva y física de la islamofobia.

La actual coyuntura, la emergencia de la derecha y de las violencias hacia las otredades ha disparado –no solo la analogía ni el paralelismo con el fascismo histórico-  sino la creación de nuevas categorías destinadas a leer la pervivencia de prácticas fascistas en regímenes democráticos del presente. En otros casos, como veremos, se analizan incluso potenciaciones o usos más sofisticados y perversos de aquellas prácticas.

Con el concepto de fascismo posmoderno, Santiago López Petit, describe la pervivencia en el presente de un tipo de fascismo que actúa repitiendo uno de los rasgos fundamentales del fascismo histórico: la movilización total. Las nuevas formas de dominación social y política difieren de los fascismos del siglo XX en que no se basan principalmente en la represión abierta y violenta sino en mecanismos más sutiles e internalizados de control: “El fascismo postmoderno es una forma de ejercicio del poder que se pone más allá de la dualidad control/autocontrol, porque constituye una trama de poder que se confunde con la vida. El fascismo postmoderno permite algo extraordinario: que la vida misma sea la auténtica forma de dominio, que la propia vida sea nuestra cárcel.” (López Petit, 2015. p. 94).   

A través de la ”conexión red” la conexión constante es obligatoria y la exclusión de la red equivale a la muerte social o a la marginación. Hoy, el capitalismo se revela ya no como simple fábrica de mercancías, sino como una completa fábrica de subjetividades. La nueva versión del fascismo opera, así, a través de la producción de individuos que se “autogestionan” y que creen dirigir sus propias vidas, mientras en realidad están movilizados por el sistema: “El fascismo postmoderno nos construye como sujetos autónomos, es decir, como sujetos que se adhieren libremente a sus creencias, que viven los estilos de vida que escogen, y que además creen (creemos) disponer de nuestra propia vida. Somos sujetos libres sujetados, sujetados a lo que libremente elegimos (…) El fascismo postmoderno es sobre todo un régimen de gobierno para inducir comportamientos”. (p.94). Se fomenta, así, la diferencia y el proyecto personal, pero dentro de los límites del sistema capitalista. A través de herramientas psicológicas o terapéuticas o el consenso impuesto, el fascismo posmoderno gestiona el malestar social despolitizando el dolor y la rabia y obturando el pensamiento crítico y la resistencia. 

Ante la irrupción del mileísmo en nuestro país, Rocco Carbone se pregunta ¿qué es esto? y no vacila en la respuesta: Fascismo. “Nombrarlo es una estrategia para la liberación y, simultáneamente una pedagogía. Porque hasta tanto las cosas inquietantes no son nombradas, no existen” (Carbone, 2024, p. 13).

Carbone no intenta equiparar al mileísmo con el fascismo; Milei no es Mussolini.  Advierte –preventivamente- que su lectura no es politológica sino operativa. De esta manera, el fascismo es pensado como “un modo de acción, de pensamiento, de poder, de ideología de la barbarie; un proyecto reaccionario disfrazado de revolucionario” (p. 14). En el gobierno mileísta opera una transformación del Estado en “máquina de tortura para la sociedad” (p.49), para lo cual, el discurso libertario comienza primero criminalizando al Estado, (“asociación ilícita”, “nido de ratas”) sin asumir que el mismo se encuentra bajo su poder. Este fascismo psicotizante,  utiliza, como estrategia discursiva, “decir cada día algo opuesto a lo dicho el día anterior” (p.113). Se trata de una manera  muy efectiva de desarmar todo intento de crítica, ya que la arena en que se mueve esta discursividad no guarda relación alguna con la racionalidad. En este sentido, y como dice uno de los epígrafes del libro, “el fascismo no es una idea, sino la muerte de todas las ideas”. Es decir, una pura negatividad. Forma parte esencial de este método, un procedimiento generalizado de banalización que consiste en eliminar la complejidad inherente a un campo social democráticamente articulado. En efecto, una sociedad democrática es aquella que asume la esencial complejidad del pluralismo político e intenta encauzarla en un proyecto que incluya el reconocimiento de las diferencias. La reducción de las posiciones diferenciales a meros epítetos insultantes en el campo mediático implica una estrategia descarada de banalización cuyo único objetivo es borrar la alteridad. Para Carbone, el discurso actual del poder mileísta es enloquecedor. Esto incluye, por supuesto, una discursividad violenta (la del troll, “el fascista de red”, p. 22) que ante la diferencia de pensamiento recurre al insulto, la injuria, al grito desencajado que sólo busca silenciar al otro (y, en última instancia, desaparecerlo, eliminarlo, matarlo: “clavar el último clavo en el cajón del kirchnerismo”). “El método del poder fascista tolera mal el pluralismo y la pluralidad inherente a la politicidad de otros métodos de poder (el democrático, por ejemplo)” (p. 22). La democracia resulta una amenaza para el fascismo. O, como mínimo, un límite y es por eso que se propone destruirla.

Con el gobierno de Milei, asistimos a la emergencia de un poder esencialmente conservador disfrazado de emancipación, empezando por la utilización de la palabra “libertad”, despojada de sus sentidos más profundos. La “guerra contra la casta se transforma así, en “una guerra contra la sociedad nacional” (p.35); se produce una sobreactuación de la crueldad, que no solo es aceptada y legitimada sino incluso deseada. En este sentido, “menos que un hecho del pasado, el fascismo es una potencia negativa siempre actual, trágicamente disponible y que oportunamente sabe volver” (p. 43). “Fascismo” designa, entonces, más que una ideología política o un sistema de gobierno, un conjunto de pasiones tenebrosas que, en determinados contextos, pueden ser activadas.

Como López Petit, Carbone les asigna a las nuevas tecnologías de la comunicación un rol decisivo: tanto la mediatización monopólica como las redes antisociales amplifican pasiones destructivas que constituyen el combustible del fascismo psicotizante: “Las redes, entonces, son funcionales al fascismo –lo vuelven posible y aceptable– porque lo contrabandean como una opinión más entre otras” (p. 69). En el Fascismo celular, “el celular es un colosal aparato de control, vigilancia y propaganda que ha transformado al ser humano en su aplicación” (p. 77). Sin que nos demos cuenta, “el celular (aparato y hecho social) se ha vuelto celular (injertado en las células)” (p. 79).

En un libro recientemente publicado, De matar a dejar morir, la politóloga argentina radicada en México Pilar Claveiro, si bien encuentra en los campos de concentración nazis o las dictaduras de los setenta en América Latina las pistas para entender el drama actual, éste figura una forma nueva de ejercicio del poder, que se reseteó en la pandemia y que no sirve nombrar como nazismo, fascismo o dictadura, ni siquiera en términos metafóricos. Los fascismos del siglo XX y sus dispositivos mostraron los extremos a los que llegó el poder para controlar la vida, seleccionando personas que debían ser exterminadas para evitar la contaminación racial o la disidencia política. En nuestro contexto de crecimiento de las derechas autoritarias y de Estados cada vez más permeables a las corporaciones, el poder –argumenta Calveiro-  no mata directamente, sino que elige qué vidas proteger y qué vidas desechar y dejar morir. El exterminio masivo propio de los fascismos, que administraba las muertes a gran escala, dio paso a modalidades más difusas de desaparición de personas, como las redes de explotación laboral o sexual. Y esto no significa que los Estados hayan abandonado sus políticas represivas y punitivas, sino que ahora las ponen al servicio de una estrategia más sutil, aunque igual de letal: librar a su suerte a cientos de millones de personas pobres, quienes morirán de hambre, enfermedades curables o víctimas del tráfico y extenuación de sus cuerpos. Hoy las gubernamentalidades dejan morir sin compasión: “El Estado ha sido penetrado por distintas redes de lo privado –tanto corporaciones legales como corporaciones ilegales, como el narco o las mafias. Es, por ende, un Estado fragmentado. Hoy, lo que sostiene el dispositivo desaparecedor es esta articulación entre lo público y lo privado, donde hay fragmentos del Estado articulados con redes criminales, que son las que producen las desapariciones”. (Calveiro, 2025).

Caras, ropajes, disfraces, máscaras y mascaradas contemporáneas del fascismo histórico:  la idea de la repetición vuelve una y otra vez en las lecturas sobre el presente; una y otra vez retornan los retornos al horror en sus diferentes rostros.

Con motivo del lanzamiento de la agrupación mileísta Las Fuerzas del cielo, el filósofo Luis García lee en el discurso y la escenografía fascitoides del acto, una estrategia siniestramente eficaz: el uso de la parodia de sí:  “Gracias al escudo autoparódico -que despliegan con astucia de cosplayer y ética troll- estos nuevos fachos entran más fácil en este mundo veloz y fluído (…), les otorga movilidad para entrar y salir de la democracia, destruirla por dentro y para neutralizar la crítica al pasearse como burla”. (García, 2024). Si el fascismo clásico era sinónimo de rigidez y estereotipia, en este fascismo cosplay, la parodia deja de ser involuntaria y pasa a ser deliberada; si el carácter pantomímico de la performance le resta seriedad, parece relevarlos de los efectos de sus actos y amortigua la violencia real. El devenir travesti del fascismo –concluye García- es su estrategia más deslumbrante y genial. 

Coda

Nazis contemporáneos, neofachos, fascistas cospley, posfascistas o reaccionarios de nuevo tipo… no me propongo aquí discutir los nombres precisos y categorías justas, sino tratar de comprender un contexto en el cual un poder se apodera de la crisis desde arriba y echa mano del odio sedimentado  para imponer un orden por medios violentos. 

No se trata de leer réplicas entre diversas formas de gubernamentalidad, sino de visibilizar los modos en los que la violencia y el odio a la otredad percibida como amenaza obtura toda posibilidad de diálogo democrático en sistemas formalmente democráticos.

Como bien lo ha remarcado Sturlwark, -acúdase o no a la expresión fascismo- es innegable que la violencia de las oligarquías occidentales contra las comunidades de trabajadores está en acto bajo la forma de la limpieza étnica de Israel en Palestina, el odio al migrante en Europa y las deportaciones en EEUU. En Argentina –bajo la bandera de la declarada “batalla cultural”-  la violencia material y simbólica es un hecho. No solo por las personas y grupos neofascistas que se sienten autorizados por la voz oficial a agredir y atacar a activistas y comunidades (“los vamos a ir a buscar”). No solo porque el gobierno nacional estructura pacientemente una red virtual de activistas capaz de provocar agresiones físicas por delivery.  “A todo esto hay que sumar una violencia ejercida por medio de la privatización de los mecanismos de regulación social —coberturas sociales, derechos sindicales, espacios de la memoria— que agrede, atemoriza y dispersa a lxs trabajadorxs de nuestro país”. (Sturlwark, 2018)

Con rigor histórico, y patentizando siempre las diferencias estructurales entre los fascismos del siglo XX y las nuevas derechas, el significante fascismo y los neologismos derivados –más que etiquetas para clasificar regímenes- pueden ser una herramienta política para leer continuidades en el proceso histórico, latencias siempre dispuestas a resucitar.

Para ser políticamente fructíferas, las comparaciones no deben reducirse a establecer estricta y mecánicamente un paralelo entre regímenes o ideologías, sino que se deben visibilizar las prácticas sociales y los dispositivos en ejecución (Feierstein, 2019) sintomáticos de un imaginario fascista.  La carga de sentido –moral, simbólica- de la expresión fascismo puede ser operativa en la práctica política para movilizar, ordenar el campo de disputa y funcionar como signo de alerta. (Schuster, 2025).

Sobre todo, puede ser aún más eficaz si lo que se proyecta es una resistencia Antifascista como  forma de marcar un límite político y ético frente a discursos o prácticas percibidos como autoritarios, violentos o excluyentes. Nada más ilustrativo que la Marcha Antifascista frente al discurso de Milei en Davos equiparando homosexualidad y pedofilia, que encendió una alarma y aglutinó diversas fuerzas de la sociedad.

La operación de tradición selectiva –en clave profética- desde los análisis políticos (Daniel Feierstein, La construcción del enano fascista, 2019, Pablo Stefanoni, ¿La Rebeldía se volvió de derecha?, 2021) históricos (Siegmund Ginsberg, Síndrome 1933, 2024) o estéticos (Mussolini: hijo del siglo, miniserie de Joe Wright, 2025) funcionan como interpelación y advertencia frente a los signos de un presente vertiginoso.  

Observador atento del ayer, Walter Benjamin lee los legados culturales para transformarlos en un territorio fértil del cual extraer iluminaciones. Es precisamente en la Tesis de Filosofía de la Historia, en su capítulo VI, donde escribe una de sus reflexiones más conocidas y citadas: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido sino adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”. En el instante presente, lo que hay que leer, son los destellos que evocan y que alertan sobre la pervivencia del fascismo hecho cuerpo.  Como afirmaba Foucault, no habría que limitarse solo al recuerdo de Hitler y Mussolini, sino que habría que tomar muy en cuenta otro fascismo “que reside en cada uno de nosotros, que invade nuestros espíritus y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, y desear a quienes nos dominan y explotan.” (2001). 

Notas

Calveiro, Pilar. (2025). De matar a dejar morir. Siglo XXI.

Carbone, Rocco. (2024). Lanzallamas. Milei y el fascismo psicotizante. Debate, Penguin Random House. 

Eco, Umberto. (1995). “Fascismo eterno” o Ur Fascim. https://conversacionsobrehistoria.info/2023/04/15/el-fascismo-eterno/ 

Evans, Richard. (2021). Hitler y las teorías de la conspiración: El Tercer Reich y la imaginación paranoide. Ed. Crítica.

Foucault, Michael. (2001). “Introducción a una vida no fascista”. Prefacio a la edición inglesa de El Antiedipo: Capitalismo y esquizofrenia de Gilles Deleuze y Félix Guattari. https://www.lainsignia.org/2001/febrero/cul_070.htm

García, Luis. (2024). “Fascismo cosplay”. En Instagram. @lusiggkm.

Gentile, Emilio. (2023). “Quiénes son los fascistas? Entrevista a Emilio Gentile.Rev. Nueva Sociedad. Junio de 2023.

Gerchunoff, Santiago. (2025). Un detalle siniestro en el uso de la palabra fascismo. Ed. Anagrama.

López Petit, Santiago. (2025). Breve Tratado para atacar la realidad. Tinta Limón. 

Natanson, José. (2025). ¿Fascismo?”. Rev. Le Monde Diplomatique. Feb. 2025.

Sturlwark,  Diego. (2018). “¿Puede volver el fascismo?”. Rev. Lobo suelto. Oct. 2018. 

                                (2025). “Antifascismo”. Rev. Lobo suelto. Feb. de 2025.

Shuster, Mariano(2025).El Fascismo en disputa: entre la precisión histórica y los usos políticos”. Rev. Nueva Visión. Julio 2025.

Traverso, Enzo. (2018). Las nuevas caras de la derecha. Potencia y contradicciones de la etapa posfascista. Siglo XXI.

*María Marta Luján es Doctora en Letras. Docente jubilada de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán y Directora del mismo departamento. Fue Consejera por el claustro docente e integra un Proyecto de Investigación del CIUNT sobre Cultura con temporánea argentina. Es Coordinadora Académica de la  Maestría en Planificación e Intervención desde la Comunicación de la  UNT.

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