Salud mental universitaria: más allá del mito del estudiante heroico 

Por Díaz Juul & Rosales Lucia

En la universidad circula una idea instalada: el valor del estudiante se mide por cuánto se sacrifica. Entre quienes trabajan y estudian y quienes pueden dedicarse solo a la carrera, se reproducen tensiones simbólicas que afectan la salud mental y que pocas veces se discuten. ¿Por qué siempre se responsabiliza al estudiante por no “gestionar bien su tiempo” y casi nunca a las condiciones institucionales que producen desgaste?

El mito del estudiante heroico

En la vida universitaria hay dos relatos que se repiten con fuerza.

El primero exalta al estudiante que trabaja y estudia como un héroe de la meritocracia: alguien que “se rompe el alma”, que madruga para cumplir jornadas laborales y llega a clase con sueño, pero igual rinde, avanza y se sostiene. El segundo instala que quien “solo estudia” es alguien que la tiene más fácil, que puede dedicarse por completo a la facultad y, por lo tanto, debería obtener buenos resultados sin excusas.

Ambas narrativas conviven en una misma universidad y moldean silenciosamente cómo pensamos el esfuerzo. También condicionan la manera en que se habla (o se calla) sobre salud mental.

La culpa de quien “solo estudia”

Detrás del supuesto privilegio de dedicarse exclusivamente a los estudios se esconde una carga emocional que pocas veces se nombra: la culpa.

Esta culpa no nace de una falta real de esfuerzo, sino de la constante comparación silenciosa con quienes deben equilibrar la vida académica con responsabilidades laborales. 

Se manifiesta como:

Culpa por no tener el mismo nivel de agotamiento físico o el mismo “sacrificio visible” que otros compañeros.

Culpa porque, ante los ojos externos, el esfuerzo intelectual y la presión académica a tiempo completo parecen menos válidos si no están acompañados por una exigencia laboral.

Culpa porque la sociedad o el entorno pueden interpretar que, si no se está sufriendo doblemente, la dedicación no es completa.

Muchos estudiantes sienten que, debido a esta percepción, no tienen derecho a estar mal, a sentirse ansiosos, a colapsar o a pedir ayuda. Creen que cualquier malestar queda invalidado, porque “tu única obligación es estudiar”.

Ahí aparece una presión particular, ya que si no te fue bien, la conclusión inmediata para otros (y para uno mismo) es que sí era fácil y no estuviste a la altura.

Esa carga simbólica pesa, desgasta y erosiona la salud mental tanto como cualquier exigencia material.

El sacrificio normalizado de quienes trabajan

Del otro lado, quienes trabajan viven bajo el mandato opuesto: el del sacrificio inevitable y eterno.

No solo deben repartir su energía entre la universidad y un empleo, generalmente mal pago o precarizado, sino que además cargan con una mirada social que los empuja a demostrar que pueden con todo.

Se celebra al “estudiante que se supera”, pero se invisibiliza el costo emocional de llegar a la facultad después de ocho horas de trabajo, de rendir parciales con sueño, de cursar sin comer, de estudiar a la madrugada.

El reconocimiento, aunque parezca positivo, los coloca en una trampa: si bajan el rendimiento, si fracasan o si se cansan, la culpa vuelve a recaer sobre ellos. 

El sacrificio es obligatorio, no opcional. Es obligatorio porque requieren del dinero de su trabajo para subsistir y no es opcional porque, si no, se ven condenados a vivir toda su vida trabajando en un trabajo que no los llena, no les da satisfacción y los vuelve infelices, sin dejar espacio para el crecimiento personal. 

Desigualdades materiales… y también simbólicas

La discusión actual sobre el bienestar y la salud mental universitaria se ha enfocado de manera predominante en las desigualdades materiales (la escasez de tiempo, la presión financiera, y la doble carga laboral-académica). Sin embargo, esta perspectiva deja de lado un componente igualmente crítico: las desigualdades simbólicas.

No solo son relevantes las condiciones objetivas de vida de cada estudiante, sino también el marco de valoración que la institución y la sociedad aplican a cada tipo de esfuerzo. Es aquí donde la salud mental se ve impactada por jerarquías silenciosas:

En primer lugar tenemos el esfuerzo valorado en el cual se tiende a reconocer y validar el desgaste académico principalmente cuando este se encuentra visiblemente acompañado por la responsabilidad de un empleo. El estudiante que trabaja es percibido bajo la lógica del “doble mérito”, y su agotamiento es automáticamente justificado y comprendido.

Luego tenemos el esfuerzo invisibilizado en el que en contraste, el cansancio emocional o el estrés del estudiante que solo estudia es frecuentemente minimizado o deslegitimado. Este sesgo tácito genera una presión adicional: la de sentir que su sufrimiento no es lo suficientemente “válido” o “meritorio” para ser reconocido.

Cuando la institución también desgasta

En el centro de este mapa aparece un actor que rara vez se nombra: la institución.

La narrativa dominante pone el foco en el estudiante: “no organiza bien su tiempo”, “no prioriza”, “no sabe equilibrar”.

Pero ¿qué pasa cuando la agenda académica es imposible de sostener? Cuando hay parciales superpuestos, cuando los programas son inabarcables, cuando las mesas se saturan, cuando las cursadas se anuncian tarde, cuando no hay acompañamiento pedagógico real. La institución también produce desgaste, estrés y ansiedad. Sin embargo, la responsabilidad queda siempre en el individuo.

Tal vez una pregunta clave para abrir la conversación es: ¿Qué pasaría si en lugar de pedirle resiliencia al estudiante, se revisaran las condiciones que su propia facultad genera?

Una salud mental que no puede medirse en sacrificio

Pensar la salud mental universitaria más allá del colapso por parciales implica ampliar el foco. La vida académica no se reduce a si alguien trabaja o no: implica expectativas, presiones simbólicas, exigencias institucionales y un modelo cultural que valora más el sacrificio que el bienestar.

La tesis, entonces, podría ser sencilla pero transformadora: no hay una forma legítima de esforzarse. No hay una forma legítima de cansarse. Y no hay una sola manera de atravesar la universidad.

La salud mental se vuelve más frágil cuando el sufrimiento se vuelve un requisito para validar el esfuerzo.

Tal vez la discusión pendiente sea esa: dejar de medir el mérito en horas de sacrificio y empezar a construir una universidad donde estudiar no implique demostrar que uno puede aguantar más que otros.

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