POR PÍA DANERI & MAURO OLMOS
En tiempos de redes sociales, filtros faciales y dietas virales, la presión por alcanzar el cuerpo ideal no ha desaparecido: se ha adaptado.
La cultura de la delgadez, que alguna vez se impuso desde revistas de moda, hoy se disfraza de “autocuidado”, “vida fit” o “bienestar”. Detrás de esos discursos, persiste un mandato cultural que normaliza la vigilancia sobre el cuerpo y transforma la delgadez en una forma de capital social, especialmente para mujeres y disidencias.
Argentina, país con una fuerte industria de la estética y el culto a la imagen, figura en los primeros lugares a nivel mundial en cuanto a trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Según la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA), el país se ubica segundo después de Japón en cantidad de casos diagnosticados. Cifras del Ministerio de Salud y de diversas organizaciones advierten que 7 de cada 10 mujeres argentinas no están conformes con su cuerpo, y que la mitad de las adolescentes ha hecho dieta alguna vez, muchas veces sin supervisión médica.
Esta nota busca problematizar el fenómeno desde una mirada cultural, feminista y teórica: por un lado la cultura de la dieta como dispositivo de control, tomando prestada esa idea de Foucault, por el otro, la performatividad de género que postula J. Butler, como manifestación de un orden patriarcal que administra los cuerpos y sus deseos.
De la revista al algoritmo: una historia reciclada
En los años 2000, los cuerpos que ocupaban la televisión y las pasarelas parecían responder a una única fórmula: delgadez extrema, piel tersa, cintura imposible. Modelos como Kate Moss o actrices de series juveniles se transformaron en íconos de una estética que celebraba la fragilidad. Las revistas reproducían titulares polémicos incitando a perder kilos en reducidos tiempos y ponerlos en marcha por medio de dietas escandalosas, acompañados por imágenes de cuerpos inalcanzables. (Foto modelos de los 2000)
Dos décadas después, esa estética volvió disfrazada de nostalgia. La moda inspirada en los 2000 resurgió en TikTok e Instagram: pantalones bajos, tops diminutos, cuerpos delgados y visibles. Pero ahora la presión no proviene de una tapa de revista, sino de miles de usuarios que reproducen filtros, rutinas y dietas a diario.
En paralelo, proliferan comunidades virtuales que refuerzan esa cultura. En foros o grupos cerrados de X (antes Twitter), jóvenes intercambian “trucos” de ayuno, métodos para contar calorías o formas de evitar comer sin que la familia lo note. En TikTok, hashtags como #Thinspo o #ProAna acumulaban millones de visualizaciones, hasta que la app decidió intervenir y eliminar de las tendencias estos peligrosos patrones emergentes de contenido, comportamiento y tema. (Fotos de twits)
La cultura de la dieta, entonces, no ha desaparecido: simplemente cambió de escenario. Del papel pasó a la pantalla, del gimnasio al algoritmo.
El cuerpo como dispositivo: la mirada foucaultiana
Michel Foucault entendía el poder no como algo que se impone de manera visible, sino como una red de relaciones que se infiltran en la vida cotidiana. En Vigilar y castigar (1975), el filósofo describe cómo el cuerpo se convierte en objeto de disciplina: un cuerpo “dócil”, útil, productivo y controlado.
La cultura de la delgadez encaja perfectamente en esa lógica. La balanza, la cinta métrica, las aplicaciones de conteo calórico o las rutinas de gimnasio actúan como tecnologías de control: dispositivos que enseñan a auto-vigilarse. El espejo se vuelve un panóptico, donde la mirada que juzga ya no viene de fuera, sino que está internalizada.
En ese sentido, el ideal de delgadez puede leerse como un dispositivo patriarcal: un conjunto de discursos y prácticas que producen cuerpos femeninos dóciles, sometidos al mandato del sacrificio y la perfección. El control de la alimentación se disfraza de voluntad individual, pero en realidad es un modo de control social. Como señaló Foucault, “el poder produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad”.
Así, las dietas extremas, los ayunos intermitentes no supervisados y la obsesión por el conteo de calorías no son simples decisiones personales: son expresiones de una estructura cultural que premia la obediencia corporal y castiga la diferencia.
Cuerpos que importan: la perspectiva de Judith Butler
Judith Butler, una de las principales teóricas feministas contemporáneas, sostiene que el género no es algo que “se tiene”, sino algo que se hace: se performa, se actúa una y otra vez hasta volverse natural. En Cuerpos que importan (1993), Butler plantea que los cuerpos son regulados por normas sociales que determinan cuáles son visibles y cuáles quedan excluidos.
Aplicado a la cultura de la dieta, el cuerpo delgado y normativo es el cuerpo “que importa”. Los cuerpos gordos, trans, discapacitados o simplemente diferentes son empujados a los márgenes: patologizados o ridiculizados. No encajar en la norma corporal equivale a no encajar en la sociedad.
Las dietas extremas, los filtros y la obsesión por la imagen son, desde esta mirada, formas de performar la feminidad aceptable. Comer poco, sacrificarse, sostener un cuerpo delgado se vuelve una manera de existir dentro del orden patriarcal.
Para refutar la idea de que el cuerpo es una posesión del hombre, Butler propone antes preguntarse qué es el cuerpo. Una pregunta que, a lo largo de la historia de la filosofía, ha generado profundas discusiones. Platón consideraba que el cuerpo era “la cárcel del alma”, una instancia que nos engaña a través de los sentidos y obstaculiza el pensamiento racional. En su visión dualista, el cuerpo se asociaba con lo animal, lo instintivo, mientras que el alma representaba la mente y la razón.
Esta concepción ,aparentemente lejana, pero aún influyente,se mantuvo viva dentro de los patrones patriarcales que reproducen esa lógica dualista y biologicista, ubicando al cuerpo en una posición de inferioridad. Butler desmonta esta herencia: afirma que no dominamos nuestro cuerpo como si fuera una propiedad, porque el cuerpo no es un objeto, sino una realidad viva, sentiente y material que excede al lenguaje y a la mente. Propone así reivindicar los cuerpos, reconocer su existencia concreta y su capacidad de ser afectados, de sentir y de actuar en el mundo.
Además, Butler señala que existe una construcción cultural del sexo y del género: no son datos biológicos fijos, sino categorías producidas por normas históricas y sociales. En esa construcción, algunos cuerpos “importan”, los que se ajustan al ideal hegemónico, y otros quedan relegados o deslegitimados.
Es el poder, dice Butler en relación con Foucault, la fuerza que atraviesa y produce qué cuerpos serán reconocidos como “válidos” , a la vez que determina las relaciones entre ellos. Así, los cuerpos no solo son el resultado de un discurso, sino también el terreno donde ese poder se encarna y se disputa.
Butler advierte que los cuerpos son también territorios de resistencia. Rechazar la cultura de la dieta o visibilizar otros cuerpos es un acto político: implica desobedecer al mandato de la delgadez y ampliar los límites de lo que se considera “vivible”.
El caso argentino: una epidemia silenciosa
Argentina es un país donde la estética tiene peso social y económico: desde los programas televisivos hasta los concursos de belleza, el cuerpo se exhibe, se evalúa y se califica. Las redes sociales intensifican esa exposición y hacen del cuerpo una marca personal.
Las operaciones estéticas, hoy transformadas en una necesidad que palpita la urgencia de ser atendidas, reescribieron y ampliaron los métodos de encajar en un universo que se edifica por la apariencia, los kilos reducidos y el “Glow-up”. Este último término adquirió extremada popularidad y valor entre la sociedad, que interpreta a los cuerpos delgados como una insignia de poder y éxito escalonado, donde el ejercicio sacrificado, la abstinencia alimenticia y autolesión corporal son el resultado de una transformación integral y positiva que mejora la apariencia, el bienestar físico y la salud mental de una persona, haciéndola sentir y verse más radiante y feliz.
El mandato de la delgadez, entonces, se actualiza: ya no se trata solo de “verse bien”, sino de performar el bienestar, de mostrarse saludable, “fit”, autocontrolado. Un nuevo disfraz para el mismo ideal.
Foros, dietas y métodos extremos: el lado oculto de internet
Aunque los medios tradicionales dejaron de promover abiertamente dietas peligrosas, internet se convirtió en un terreno fértil para su reproducción. Muchos grupos, foros y sociedades en línea camuflados bajo nombres de “comunidades de apoyo” o “vida saludable”, brindan tips y hacen eco de métodos que flagelan los cuerpos y deterioran el bienestar de quienes los ponen en funcionamiento. Algo totalmente alarmante y preocupante.