El changuito que le vendía bollo a Bussi

POR MARTÍN DZIENCZARSKI*

Un ruido sordo, el golpe de los nudillos de la mano derecha sobre la palma izquierda. Carlos Alberto González está sentado en un descanso de un viejo campamento de Vialidad Provincial, cerca de un recodo de pavimento de una traza vieja de la ruta 307 que conecta Acheral con Tafí del Valle. El camino nuevo con la hilera de autos y el trasiego de turistas corre a 100 metros adelante, entonces no llega ningún ruido que corte la monotonía del monte: humedad, brisa, pájaros, insectos a sus anchas. González está tranquilo, como si ese sonido seco significara menos que un aplauso porque es tanto más apagado. Pero el significado es brutal. “Ese sonido hacían los cuerpos que se caían del helicóptero cuando era chico, en la dictadura”, cuenta González entre sorbos de un mate de latón, cascado, de un asa.

“Chancho, viejo sucio, estás contando como mataban gente así como si nada”, lo putea el Mono Heredia, militante peronista, trabajador de Vialidad, adscripto a una comuna rural cercana. Es mi nexo, el organizador de este encuentro tantas veces postergado. Y se supone que es mi aliado. “Daaaaaa, no me corrás a mí, negro planero”, le devuelve con un grito. “Viejo de mierda, bussista de mierda”, insiste el Mono, olvidándose de que me acompaña en la entrevista y el acuerdo era distinto. Se suponía que preguntaba yo y que no habría interrupciones suyas.

González apura los sorbos de mate, y eso que toma hervido. Lo deja en una piedra y se va caminando despacio pero dramático. Nos manda a la puta que nos parió, agarra su equipo y se pierde por una cortada del monte para terminar de repasar de pintura reflectante en un sector del camino. Su tarea del día. Los mosquitos y los jejenes se quedan. No existe Off que funcione para tanto. Esperamos. La humedad, pesada, densa, nos envuelve y atrapa. Sofoca. Es el monte. Heredia -como si supiera que debe enmendar algo que acaba de romperse- se ríe y repite las historias del apodo de González: chancho del monte, por gordo y peludo. Por escurridizo. Por la ira. Por lo salvaje. Por lo indescifrable. Quizás no sea por ninguna, quizás lo sea un poco por todas, no lo alcanzaré a saber con seguridad. “Es un chancho de mierda este, pero se lo quiere”, concede. Esperamos, nomás. Claramente tienen una relación de años cimentada sobre eso: hablar hasta mandarse a la mierda y volver. Espero.

Acheral y Santa Lucía

Cuando el Chancho tenía entre 9 y 11 años, nadie le decía Chancho: era el changuito en casa de su abuela paterna en las afueras de Santa Lucía, un pueblo de Monteros dedicado al trabajo de la caña de azúcar y afines. Para su mamá, en Acheral -otro pueblo de Monteros, desde donde parte la ruta que lleva a Tafí del Valle-, era el Negrito. Entre los dos pueblos hay cinco kilómetros de distancia.

Esta historia es de cuando el Chancho era Negrito: de cuando se aburría a pesar de tener de tanto para hacer. Estamos entre 1976 y 1977. Acompañaba a sus hermanos a buscar leña, jugaba entre los cañaverales, cortaba caña para chupar en invierno, pisaba las cenizas gruesas cuando terminaba la zafra y se quemaba el campo. Juntaba un poco en bolsas de tela para suplementar la tierra de la huerta. En verano cazaba insectos cerca del arroyo, armaba piletones, los desarmaba y volvía a empezar. Juntaba cascarudos, los atrapaba en una lata, la azotaba entre las piedras y después la abría para ver la trayectoria de los insectos mareados. Y aún así, se acuerda de que se aburría. 

Cuando su papá quedó sin trabajo por el cierre de los ingenios a partir 1966, se recicló de albañil. Hacía changas. Tomaba vino. Quién podía buscar un albañil cuando no había un peso en la zona. Cuando había demasiado alcohol, su mamá mandaba al Negrito a lo de su abuela, para preservarlo. Él se dio cuenta de grande. Entonces, el Negrito pedía ir a la casa de su abuela para cambiar el escenario de las travesuras y las andanzas, sin sospechar nada. Cuando estaba sólo con su abuela, ahí era “mi changuito”, y salían con el canasto a pararse en un cruce de caminos afuera de Santa Lucía para vender bollo y pan. A la tarde hacía mandados: dos bollos para tal vecina, otro para una tía y así. El recuerdo le cambia el tono de voz y la mirada, parece cualquier cosa menos un hombre tosco, como el que demostró ser cerca de la ruta. Cualquier cosa menos el “Chancho”.

Cada tanto, de aburrido, alzaba los bollos y seguía los vehículos militares para venderles. Iba en la bici con canasto de reparto, pedaleando parado para ganar envión en las subidas. Los esperaba en ciertos caminos rurales, les hacía la venia. Era tierno y funcionaba. Empezó a conocerles la rutina, cada tanto pasaba un helicóptero y jugaba a perseguirlos porque suponía que aterrizarían pronto. Y, a veces, pasaba: los soldados le compraban bollos en la entrada a un campo. Él esperaba y miraba cómo bajaban militares del helicóptero y otros los recibían. Se acercaba después, hacía la venia con mucha energía y ofrecía bollos. Le compraban. El que llegó varias veces era Antonio Domingo Bussi, interventor de facto provincial, junto a su comitiva. La mano de hierro de las torturas, de la represión y de los crímenes. Le compraba, también.

Así, varias veces, hasta que un día lo corrieron. “No, hoy no pasás mocoso. Andate”, se acuerda que más o menos le dijeron al changuito. Como conocía el monte más que nadie, por sus aventuras de niño, se fue despacio y cuando se alejó, dejó la bici, canasto y todo, apoyado en una piedra. Cortó por el monte y llegó hasta una morera enorme que volvía a reverdecer. Subido ahí, vio la secuencia que se repetiría un par de veces: “llegaba Bussi en el helicóptero, se bajaba. Subían personas con capucha. Levantaba vuelo, daba un rodeo. El helicóptero se suspendía y comenzaban a arrojar los bultos. El ruido me lo acuerdo clarito. Lo vi varias veces, lo escuché clarito”, rememora el Chancho y golpea su palma izquierda con los nudillos de la derecha. El ruido sordo, como cuando cae una piedra al lecho seco del río y la arena, o la tierra, se hunden de golpe. Como cuando se desploma una persona. “No sé si estaban vivos o muertos, me acuerdo que subían personas paradas, quizás arriba les metían un tiro. Lo vi varias veces”.  

“¿Cómo sabés que era Bussi?”, le pregunto seco pero buscando no desacreditarlo. “Cuando lo vi la primera vez que le vendí bollos me quedé duro, como helado: era él, el que miraba en las fotos de los diarios, el uniforme con insignias en las solapas, el casco, el porte. La mirada de mando, que hace que no vuele ni una mosca. El poder. Era como encontrarte con la imagen más famosa de él: el hombre del Operativo Independencia”, responde el Chancho separando las frases entre silencios, describiendo el encuentro como la impresión propia de un admirador, un nadie, un niño que descubre a una celebridad ante sus ojos. Un changuito que se encuentra en la realidad con la figura que vio y reconoció una, diez, cincuenta veces en diarios, en revistas, en la televisión. Una frase de la conversación flota: “la mirada de mando, que hace que no vuele una mosca”.

Después, el Negrito o el Changuito -mi changuito- creció y pasó a ser el Chancho y se volvió bussista: en las inundaciones del 93 había armado una casa cerca del río, junto a la de su hermana. El agua les llevó todo a ambos. Vieron los diarios donde Ramón “Palito” Ortega prometía miles de viviendas y programas para ayudar a los evacuados e inundados. No les llegó nada. A la elección siguiente repartió votos de Bussi, lo votó y siempre hizo suyas las afirmaciones de toda Fuerza Republicana. “Mano dura”; “el que roba, en cana”; “basta de peronismo”. Un militante sin afiliarse al partido. Sobre todo, tiene el mantra de afirmaciones que abonan la “teoría de los dos demonios” o de las que denuestan a las Abuelas de Plaza de Mayo. “Está bien que hayan matado a los guerrilleros, qué se tenían que venir a meter acá al monte”, justifica. A pesar de eso, su ingreso a Vialidad fue gracias a los contactos con un delegado comunal del PJ, que pensó en él cuando tomaban personal y buscó la manera de que consiga trabajo. Era su vecino. Fue beneficiario de aquello que criticó toda su vida. Al día de hoy el Chancho critica al trabajador de repartición pública, justifica despidos, pero defiende la tarea de Vialidad, tanto nacional como provincial. Claro, él también forma parte de eso que le gusta cuestionar. Desde entonces -desde aquella inundación con una vaga respuesta estatal-, siempre votó a Fuerza Republicana, por lo menos en alguna categoría en juego por elección.

Entre expedientes

Con la excusa de posiciones de grupos guerrilleros, aun después de finalizado el Operativo Independencia -comenzó en febrero de 1975, en plena democracia-, el circuito represivo rural tomó especial celo para desatar la paleta de crímenes de lesa humanidad en los habitantes de los pueblos del suroeste tucumano durante la dictadura. Particularmente sobre trabajadores de surco cañero, empleados de ingenios y sobre todo dirigentes gremiales. 

Según la Base de Datos Genocidio, durante el OI se registraron en Tucumán aproximadamente 80 espacios de detención clandestina, incluidos grandes centros como la Escuelita de Famaillá y las Bases Militares en el Ingenio La Fronterita, Ex Ingenio Lules y Ex Ingenio Santa Lucía y otros más pequeños. Por estos sitios, pasaron 825 víctimas que fueron secuestradas, torturadas y sometidas a violencias extremas. De ese total, 527 personas fueron liberadas, 258 continúan desaparecidas y 40 fueron asesinadas. Para el inicio de la dictadura, la mitad de las víctimas registradas en Tucumán entre 1975 y 1983 ya habían sido secuestradas. Fue el disciplinamiento de los sectores que resistieron a las polĺiticas neoliberales con el cierre de los ingenios tucumanos desde 1966 para favorecer, entre otros, a grandes familia industriales como Ledesma. La inquina fue brutal.

Después de la anulación de los indultos, de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los delitos de lesa humanidad de la dictadura volvieron a quedar pendientes de Justicia. En 2008, Bussi finalmente fue condenado a cadena perpetua por el secuestro y desaparición del diputado Guillermo Vargas Aignasse. La condena quedó firme. Murió antes de ser juzgado por los delitos en los demás centros clandestinos de detención. En 2011, los restos de Vargas Aignasse fueron identificados en el Pozo de Vargas.

La mecánica de los vuelos de la muerte fue especialmente registrada en Buenos Aires, con vuelos que partían desde la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Sin embargo, hubo un caso local que visibilizó esta operatoria en el NOA: el de Toconás.

Tomás Francisco Toconás era un campesino tucumano que en los 70 trabajaba como hachero, cerca de Santa Lucía. Se trata de uno de los pueblos más marcados por los enfrentamientos que hubo entre el ERP y fuerzas de seguridad en la provincia. En respuesta, los militares fundaron de la nada tres pueblos más cerca del monte que Santa Lucía y Acheral: Soldado Maldonado, Sargento Moya y Teniente Berdina. Todos con nombres militares para la batalla cultural que también daban los militares golpistas para lograr la aceptación en los pueblos. Toconás, como muchos trabajadores rurales, no participaba en política aunque sentía admiración por Juan Domingo Perón. Se incorporó al ERP luego de que asesinaran a un amigo, al que todos conocían como El Zurdo Giménez. En pleno Operativo Independencia, en julio de 1975, Toconás fue capturado, torturado y posteriormente arrojado al vacío desde un helicóptero militar. Su cuerpo cayó en Pozo Hondo, Santiago del Estero. El caso de Toconás inaugura la espantosa mecánica militar de los “vuelos de la muerte”: ocurrió incluso antes de la Dictadura.

Las historias de vecinos de la zona comenzaron a hablar de un ángel caído del cielo. Entre el mito y la creencia (y el miedo), se lo comenzó a venerar y a pedirle favores. Un santo pagano, de los tantos que tenemos en las provincias del norte, con el Gauchito Gil a la cabeza. En 2010, enterados de la historia, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) acudió a la zona para trabajar sobre los restos del NN: no era un ángel caído del cielo (sin faltar el respeto a la liturgia nuestra de los pueblos), era una víctima de crímenes de lesa humanidad. 

La historia de Toconás fue reconstruida en “El caído del cielo”, un documental de Modesto López. La historia fue también relatada en varias oportunidades en Santiago del Estero, pero casi no figura entre los relatos frecuentes de víctimas de la dictadura en Tucumán. Quizás no sea culpa de la tragedia de Toconás, es que hay muchas y más detalladas en las memorias provinciales porque aquí la dictadura fue acaso más brutal y macabra que el promedio nacional.

No fue una práctica inusual de la dictadura tucumana la de arrojar cuerpos de personas asesinadas por fuera de los límites provinciales: el abogado radical Ángel Gerardo Pisarello también fue secuestrado en San Miguel de Tucumán por no callar el horror y presentar hábeas corpus ante las desapariciones. La detención clandestina fue el 24 de junio de 1976. Su cuerpo fue arrojado en Santiago del Estero el 2 de julio en Parque Aguirre. Quizás fue un sello local: también llevaron a personas que vivían en la calle, indigentes, y los “tiraron” al otro lado del límite en Catamarca.

De vuelta al campamento

A las dos horas, después de trabajar un poco y descansar otro rato, el Chancho vuelve a encontrarnos. En realidad sólo quiere seguir tomando mate. No hay buen humor. “No quiero que salga nada, sobre todo porque no tengo ganas que me llamen… (a declarar en la Justicia). La mía es toda historia de gente que está muerta: no sé quiénes habrán sido los que tiraban ni quiénes serán los milicos de la vuelta, y para mí siempre estuvo bien… Sólo sé que estaba Bussi, y también se murió el viejo”, tira el Chancho. 

Escribo estas líneas sin saber si alguien las podrá leer, porque la condición única de publicación es cambiar los nombres para preservar a la fuente. Digo que sí, aunque el testimonio citado con nombre y apellido para mí -intento convencerme- es innegociable. La historia, sin testigos para consultar buscando coincidencias, suena veraz. Sin testigos de estos vuelos de la muerte, porque sobre Toconás hay expedientes, documentales y hasta pude contactarme con sus familiares. 

Lo que aporta peso en esta historia del Chancho, lo que hace que la crea al instante, es porque viene de un detractor de la Memoria, la Verdad y la Justicia, alguien que defiende esos crímenes durante el Operativo Independencia y la Dictadura. Alguien que defiende “la teoría de los dos demonios” para bajarle el precio y negar el terrorismo de Estado y el plan sistemático de persecución, secuestros, torturas, asesinatos, propiedades y vienes robados y hasta secuestros de bebés con cambios de identidad. La historia viene de un bussista, aunque haya sido testigo cuando era niño. Es la historia del changuito que le vendía bollos a Bussi.

*Martín DZ es licenciado en comunicación y periodista, docente de periodismo en la carrera de Ciencias de la Comunicación y coordinador del proyecto Nuevo Trópico. La siguiente crónica se edita conjuntamente con Meta Crisis.

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