POR PEDRO ARTURO GÓMEZ*
El nuevo canon del cine argentino, resultado de la encuesta llevada a cabo en 2022 por tres revistas de crítica cinematográfica, incorpora en el puesto número siete de las diez películas más votadas a Juan, como si nada hubiera sucedido (1987), documental de Carlos Echeverría, con textos de Osvaldo Bayer, sobre el secuestro y desaparición en Bariloche del estudiante Juan Marcos Herman, un film incisivo que –en palabras del destacado crítico Roger Kosa- desenmascara una mentalidad todavía vigente con respecto a cómo fue pensada la última dictadura cívico-militar. La película, filmada entre 1984 y 1987, recién pudo ser estrenada en 2005, casi dos décadas después de realizada. Años antes de ese estreno, Tucumán –epicentro en 1975 del Operativo Independencia, laboratorio del terrorismo de Estado- fue el escenario en 1988 de un atentado provocado por la audaz exhibición del film en el Canal 10 de televisión: un artefacto explosivo estalló en la casa del crítico Rogelio Parolo, insigne personalidad del magisterio cinematográfico dentro del ámbito cultural tucumano, quien había conducido la presentación televisiva.
Si de novedades se trata, tiempo después de ese episodio en el que se agitaban las rémoras de la dictadura, se desarrolló en esta provincia algo llamado “Nuevo Cine Tucumano”. Con este rótulo se suele hacer referencia a un conjunto de obras fílmicas realizadas a partir de la segunda década del siglo XXI, sobre la base de la formación impartida por la Escuela Universitaria de Cine, Video y Televisión de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), fundada en 2005, junto con el aliento de las políticas culturales del Estado nacional que promovían hasta 2023 la producción audiovisual. En esas coordenadas y en la estela que dejaron, se destacan tres cortometrajes sobre la temática de la última dictadura cívico-militar argentina, basados en hechos reales: “La escondida” (Joaquín Alonso y Gastón Bejas, 2016), “La ausencia de Juana” (Pedro Ponce Uda, 2018) y “Cuando cae la noche” (Elena Burgo de Chazal, 2025), mientras que los largometrajes que podrían adscribirse a esta nueva producción cinematográfica tucumana optaron en su mayoría por temas de crítica social no vinculados con la etapa dictatorial. Una pieza particular es otro corto, anterior a los mencionados, “Elvira en el Río Loro” (José Villafañe, 2009), elaborado con la técnica de “found footage” (“metraje encontrado”), que transfigura la sucesión de imágenes de archivo dispares en una alusión inquietante al terror de la dictadura. En todos los casos, se trata de obras filmadas por jóvenes realizadores formados en la Escuela Universitaria de Cine de la UNT, quienes trazan sus trayectorias sobre las huellas de Gerardo Vallejo, el gran cineasta tucumano, uno de los creadores más sobresalientes del arte cinematográfico argentino.
“La escondida” y “Cuando cae la noche” tienen en común el anclaje en la mirada infantil, para narrar experiencias situadas hacia fines de los años ’70 que giran en torno a la irrupción del terrorismo de Estado en el espacio de la familia. Por su parte, “La ausencia de Juana” relata hechos que transcurren en 1975, referidos al accionar de grupos parapoliciales como la Triple A en su ataque al activismo político de sectores laborales, durante las vísperas del Golpe de Estado, también con reverberaciones dentro de la vida familiar. En “La escondida” resuenan ecos de Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002), ambas historias de niños que son llevados por sus padres a casas de campo para refugiarse de las persecuciones, secuestros y ejecuciones desatadas por la dictadura.
El cortometraje de Alonso y Bejas tiene como eje al personaje de Aureliano “Negrito” Arancibia, un preadolescente cuya familia se recluye en una casaquinta rodeada de cañaverales, en espera de la oportunidad para huir del país junto con otra familia. La fractura de la infancia y su efecto de crecer de golpe se expresan en el sentido simbólico de los dos principales objetos que aparecen en el film: un libro para niños y el automóvil familiar. “Negrito” alcanza a llevarse con él al escondite Un elefante ocupa mucho espacio, libro de Elsa Boremann que el muchachito le entrega a Olivia, su amiga y primer amor, haciendo que ella lea en voz alta un fragmento como recurso “mágico” para curarla del hipo. Una vez recuperada, la chiquilla rompe el libro en dos y le entrega una parte a Aurelio, quedándose ella con el resto, gesto que adquiere la significación metafórica de un porvenir inmediato de desgarramiento y separación, efecto de sentido asentado sobre una obra emblemática de la literatura infantil argentina prohibida por la dictadura, que en el relato fílmico había funcionado también como remanso de sanación, aludiendo a la vez a una actitud de rebeldía, porque el fragmento leído cuenta cómo los trabajadores y los animales de un circo se rebelan contra su dueño. Además, el elemento de poner a Aureliano al volante, autorizado por su padre para entrar el auto en la propiedad al comienzo del film, y luego, en el desenlace, conduciendo el vehículo en una improvisada huida, representa el salto hacia un crecimiento abrupto y traumático con rumbo a lo incierto. La niñez a la sombra de adultos que se ocultan huyendo del terror dictatorial es una línea temática que aparece también en otras películas argentinas como Infancia clandestina (Benjamín Ávila, 2011) y La casa de los conejos (Valeria Selinger, 2020), basada en la novela de Laura Alcoba.
“Cuando cae la noche” utiliza los códigos del cine de terror, con una puesta en escena que enfatiza una estética pesadillesca y el brote de lo siniestro. Ambientada en 1979, la narración se focaliza en “Chino”, un niño cuyo hermano mayor participa del movimiento estudiantil universitario. En el contexto de su cumpleaños, el mundo infantil del personaje sufre la embestida de las fuerzas de la dictadura, materializadas en una figura espectral con atuendo militar. Más atmosférico que “La Escondida” y con menos carga simbólica, el corto de Elena Burgo de Chazal se sumerge en el enrarecimiento del entorno doméstico cotidiano mediante encuadres y angulaciones que quiebran el realismo, distorsionando la sensorialidad y el dramatismo de los contenidos. Si bien no se apela a lo fantástico, se utilizan ingredientes de la iconografía propia del género de terror gótico (apariciones, niebla, iluminación fantasmal, deformaciones ópticas), junto con efectos de sonido y subrayado musical ominosos. No obstante, el uso del tránsito de una pelota convertida en elemento siniestro hace recordar al tratamiento paradigmático del mismo objeto en Al final de la escalera / The Changeling (Peter Medak, 1980), uno de los grandes clásicos del cine de terror fantástico.
“La ausencia de Juana” también cuenta con una tonalidad gótica, subrayada por el cromatismo del blanco y negro. El corto de Pedro Ponce Uda narra el periplo de una madre en la búsqueda de su hija, maestra activista del gremio docente, secuestrada por un grupo parapolicial. Revestido de una potente poética de la imagen, con acento en el contraste entre luces y sombras, el principal recurso simbólico del filme es un eclipse masivo de sol que ocurrió en noviembre de 1975. Este fenómeno funciona como metáfora de la oscuridad que cae sobre la población argentina con la violencia para-institucional predecesora de la dictadura. Al mismo tiempo, es la oscuridad del miedo engendrado por la violencia doméstica que infecta la vida familiar, un miedo que obliga a la reclusión, con el cual es necesario romper para hallar salida acciones capaces de arrojar luminosidad a los regímenes de las tinieblas. En ese enfrentamiento entre luz y oscuridad, madre e hija se reencuentran atravesando un territorio invadido por la tragedia sociopolítica. El uso metafórico del mismo eclipse emparenta este cortometraje con Rojo (2018), película de Benjamín Naishtat, donde el fenómeno astronómico representa la turbiedad moral de zonas sociales cómplices de las fuerzas que conducirían al reinado de la dictadura. Si bien “La ausencia de Juana” no se posiciona en la mirada infantil, la apertura del relato muestra al sol desde su imponencia en el cosmos hasta su reflejo en un charco de agua, al ras del suelo, observado por los ojos de un niño en el patio de una escuela. La dimensión cósmica y el espacio terrenal integran el contrapunto en el que transcurren las escenas de esta lucha humana.
En ilación con la esfera audiovisual -tanto del cine, como de la producción mediática, la intervención social y el registro familiar- emergen el exilio, los desaparecidos y los infiernos personales precipitados por la barbarie dictatorial, a través del encadenamiento de imágenes orquestado por el procedimiento de found footage, en “Elvira en el Río Loro”. El cortometraje va hilando, mediante la narración protagónica de una voz femenina en off, la historia de un camarógrafo exiliado que envía cartas desde el extranjero. Este entramado articula, con tenue textura emocional, hechos del pasado vertidos por la narradora y sucesos relatados en las cartas, hasta componer un tejido teñido poco a poco de sentido político, cuya última puntada es la visión de una mujer sentada en un río con sus hijos, que convoca la memoria del horror.
Estas piezas cinematográficas breves configuran un tapiz abierto a nuevas realizaciones, nuevas imágenes y narraciones del campo audiovisual tucumano, que nutran un acervo de miradas concentradas en alumbrar la historia de una era genocida, a contrapelo del vaho fascistoide y de las corrientes negacionistas que impregnan este momento de conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, que dio lugar a la dictadura más salvaje de la historia argentina. Es tarea del cine, un oficio de luz.
“Elvira en el Río Loro”, “La Escondida” y “La ausencia de Juana” se pueden ver en YouTube
Juan, como si nada hubiera sucedido se halla en CINE.AR Play y en cinemargentino.com
* Pedro Gómez es docente en la Escuela Universitaria de Cine de la UNT y en la Facultad de Filosofía y Letras. Es además crítico de cine.