El contexto de estudiar Oposición obrera* 

POR PABLO POZZI**

Hace ya muchos años había terminado de tomar los finales de mi cátedra, y como había faltado uno de los profesores de la mesa de Historia Argentina Contemporánea me pidieron que fungiera de suplente. Ahí me senté con los otros jurados mientras pasaba un alumno tras otro, diciendo más o menos lo mismo, mientras yo pensaba en cualquier otra cosa y dejaba que trabajaran mis colegas. De repente pasa un alumno; el presidente de la mesa de examen le pregunta “¿de qué va a exponer?” “De los trabajadores durante la dictadura del 1976”, responde el muchacho. “¿Con qué bibliografía preparó el tema?” “Con Pozzi, Oposición obrera a la dictadura”. De repente me desperté, mientras el estudiante comenzaba a exponer. Lo escuchaba y no lo podía creer. “Escúcheme, le digo, Pozzi no dice eso”. “Si, si, Pozzi dice eso”. Insisto, “Pozzi no dice eso”. “Seguro que lo dice”. “Mire, señor, Pozzi soy yo y no dije eso”. “Mire, profesor, usted se habrá entendido mal”. Mis colegas lo aprobaron, con mi oposición, por caradura. Pero ahí me quedó una lección: tuve que reconocer, años más tarde, que el estudiante había tenido razón. Cada vez que leo lo que otros piensan que dije es evidente que yo me entendí mal. 

¿Qué quiero decir con lo anterior? Primero que uno escribe y cree que tiene en claro lo que está transmitiendo. Pero en realidad lo que uno escribe tiene sentido pleno en su contexto y su tiempo, y el lector lee un libro a través de su propia experiencia, de su cultura, y también de las preguntas y los problemas de su época. En realidad, detrás de cada investigación hay un mundo del cual casi nunca se habla. O sea, ese libro también fue producto del posicionamiento político y las discusiones de una época, y no solo de la capacidad intelectual del autor. Así algunas de las cosas que se quisieron decir y, posiblemente, no se dijeron con la claridad y los matices necesarios, quedan más claros en su momento que en el presente.

Oposición Obrera se inscribe en una serie de discusiones que se tenían en el exilio argentino antidictatorial hacia 1980. Esas discusiones tenían dos ejes centrales. El primero era el carácter de la dictadura. Para algunos, basados en Nicos Poulantzas, era un “estado de excepción”; para otros era una forma peculiar de fascismo latinoamericano, basándose en los trabajos del soviético Kiva Maidanik y del salvadoreño Schafik Jorge Handal. Según en cuál postura te posicionabas surgían propuestas políticas, posibles alianzas y hasta una visión de futuro. Pero en ambos casos la izquierda tenía un papel importante puesto que la clase obrera seguía siendo el motor de la historia y por lo tanto el centro de la actividad militante. En general, la militancia de las organizaciones armadas en el exilio participaba de alguna variación de estas posturas. En mi caso, por ejemplo, yo adhería a las tesis del fascismo latinoamericano, pero con conclusiones políticas derivadas de las Tesis de Lyon de Gramsci. 

Pero también había otra visión en general vinculada al periódico Controversia, a una cantidad de connotados intelectuales (que después fundaron el Club Socialista), a periodistas como Pepe Eliaschev, y a militantes como Julio Santucho. Esta postura planteaba, esencialmente, que la dictadura de 1976 había significado una derrota histórica de la clase obrera argentina. En ese sentido los trabajadores habían sido sacados del centro de la historia, para ser reemplazados con nuevos sujetos sociales como la juventud, los organismos de derechos humanos, e inclusive “las presiones internacionales”. El resultado de esta postura era muy concreto: si la revolución era imposible, entonces las organizaciones de izquierda (peronistas y marxistas) no tenían sentido, y lo que había que buscar era cómo implementar reformas “democráticas” desde adentro de las instituciones republicanas (o sea, burguesas para tipos como yo). Esta postura fue lo que estuvo subyacente para que muchos de estos individuos abandonaran sus organizaciones para incorporarse, principalmente, al radicalismo alfonsinista, al Partido Justicialista y al Partido Socialista. Actores, cantantes, periodistas, intelectuales y algunos sindicalistas de todo el amplio arco de la izquierda se volcaron hacia la socialdemocracia del estilo del PSOE de Felipe González. Desde allí produjeron docenas de libros, artículos y declaraciones sustentando su postura. Rápidamente, su perspectiva se convirtió en la “línea oficial”, donde los “otros” eran sospechados de querer generar una nueva matanza en Argentina.

En el lado contrario estaban los que pensábamos que la clase obrera seguía siendo el sujeto de la historia. De ahí el eje de centrar la actividad militante, por escasa que fuera, en los trabajadores; ya fuera armando la CGT en la Resistencia, o enviando militantes al país para organizar y participar en lo que más tarde fueron las movilizaciones de 1981 a 1983. En esos años los duros golpes que descargó la Dictadura sobre los militantes revolucionarios (sobre todo, pero no únicamente, montoneros) que apuntaban a una reorganización obrera y popular, reforzaron la primera postura. A pesar de eso hubo un esbozo de discusión y un intento de sustentar una política con el eje en la clase obrera.

Uno de los promotores de esa posición fue el periódico Denuncia, que me encargó en 1980 que hiciera una investigación y relevamiento de datos sobre la situación de los trabajadores argentinos que fue publicada en agosto de 1981, como “Apuntes sobre la resistencia del movimiento obrero argentino”. En su momento este fue un informe muy leído entre la militancia en el exilio, pero poco registrado por los “formadores de opinión”, entre otras cosas porque, amén de que nadie me conocía, yo era en el mejor de los casos “un perejil”. 

Cuando regresé a la Argentina, apenas terminada la Dictadura, la discusión seguía abierta en el activismo. En ese momento yo era un obrero gráfico desempleado, si bien había cursado un posgrado en Estados Unidos mientras trabajaba. Por suerte, y gracias a Eduardo Saguier, un colega con el que tengo una deuda que nunca podré pagar, me dieron un cargo en la Universidad de Buenos Aires. Pensé que era algo transitorio, pero tres años más tarde me di cuenta de que me iba a quedar y ahí decidí hacer el doctorado en historia en la universidad donde había comenzado (y nunca terminado) mi posgrado. Incentivado por amigos como Norberto Rey decidí retomar ese informe hecho para Denuncia, profundizar la investigación, y hacer en base a eso mi tesis doctoral. En el medio escribí Oposición Obrera a la Dictadura, que le mostré a Eduardo Duhalde y Graciela Daleo que estaban al frente de la Editorial Contrapunto. Yo lo conocí a Eduardo en el exilio, y él decidió publicar el libro en 1988. Yo continué agregando cosas y finalmente defendí mi tesis doctoral en junio de 1989.

Contrapunto era, para mí, la editorial ideal justamente porque yo escribí este libro dirigido a la militancia política, a que les fuera útil, para que se dieran cuenta que la clase obrera argentina había sido golpeada duramente pero no derrotada por la dictadura, y que sin eso no se podría entender la inmensa actividad obrera de la década de 1980 incluyendo los paros generales contra Alfonsín. Como uno es zurdo, pero no tonto, agarré un par de capítulos del libro y los publiqué en lugares aceptables para la academia como el Program in Latin American Studies, Occasional Paper Series, de la Universidad de Massachusetts en Amherst (Estados Unidos) y el Journal of Latin American Studies (Londres: Mayo, 1988). Digamos, certificando que la investigación estaba bien hecha. 

Al libro le fue muy bien por fuera del circuito académico, y particularmente entre trabajadores y activistas. Al mismo tiempo, le fue muy mal en el mundillo académico. Desde Horacio Tarkus, que planteó que el libro estaba lleno de aporías, hasta los colegas historiadores de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA que, cuando no lo ignoraron, apuntaron a darle un vuelco a lo que decía. Por ejemplo, una crítica fue que el libro era “estructuralista”, queriendo decir en realidad que tenía una visión lineal de que la economía determina la conciencia, aunque el término remita a la perspectiva de Althusser que, evidentemente, era desconocida por mis críticos. Otra fue que planteaba que la clase “siempre lucha”. Una tercera, en apariencia contradictoria con la primera, era que había desvinculado la economía de lo social. La más difundida, por lo menos entre historiadores, es que era un “libro político, militante” y por ende mal hecho. Como dijo un colega, Pozzi “hace mala praxis profesional”. 

Cuento lo anterior por una sola razón. Mi intención era contribuir a la discusión sobre la situación argentina, sin darme cuenta de que estaba cerrada y que había una “historia oficial” (sintetizada en la película “La República Perdida”) consensuada en torno a esa visión socialdemócrata y derrotista de 1979-1980. Me di cuenta de que estaba cerrada porque varias organizaciones políticas de la década de 1990 (como, por ejemplo, la Corriente Patria Libre) incluían al libro en sus cursos de formación militante, pero al mismo tiempo postulaban la “derrota histórica de la clase obrera” en 1976. Dado que yo creía plantear precisamente lo contrario, era evidente que me “había entendido mal”. Aunque lo más probable es que la posición derrotista se hubiera impuesto como “sentido común” aún entre la militancia que se planteaba revolucionaria. Es evidente que puede haber derrotas obreras, y de hecho ha habido muchas en la historia. Otra cuestión muy diferente es plantear una “derrota histórica”. En estos casos el planteo ha sido más una cuestión de fe, una justificación para abandonar los ideales de juventud, que un producto de un cuidadoso trabajo analítico e intelectual. Dicho de otra manera: el planteo, tal y como ha sido hecho hasta el día de hoy, ha sido una expresión del neoliberalismo, o sea es mero discurso, una “nueva narración”. Mi contención siempre ha sido (y lo es hasta el día de hoy) que hubo derrotas, pero estas no han constituido una situación por la cual los trabajadores han sido eliminados como sujeto del cambio histórico. Es posible que me equivoque, pero desde lo académico y lo político lo que deberían hacer es demostrarlo. O sea, aquí está mi planteo, con las demostraciones disponibles en su momento y su tiempo. En vez de afirmar un “adiós a la clase obrera” habría que demostrarlo. Cualquier otra cosa realmente es una “mala praxis”.

Más allá de lo anterior, el libro Oposición sobrevivió cuarenta años, desde aquel primer informe. Creo que esta supervivencia no tiene tanto que ver con sus méritos intelectuales, sino más bien con que rescata a los trabajadores como protagonistas de la historia argentina. Obviamente, si lo escribiera hoy no sería el mismo libro tanto porque yo no soy la misma persona, como porque el momento histórico es otro, y también porque muchísima gente ha realizado una minuciosa y cuidadosa investigación sobre el tema. O sea, no solo hay disponible más información, sino que se ha avanzado mucho en las hipótesis y planteos. En particular los trabajos de Victoria Basualdo han hecho escuela y corrigen (o profundizan) muchas de las cosas aquí planteadas.

Lo que continúa es la clase obrera. Con eso no quiero decir que no hubiera cambiado en los últimos cincuenta años. De hecho, hubo cambios y muchos. La altísima tasa de desempleo, la desconcentración de empresas, la pobreza generalizada, la decadencia en la educación pública y gratuita han generado una clase obrera distinta a la de 1970 en cuanto a composición, experiencia y conciencia. A esto el triunfo del derrotismo ha contribuido restando ideas y militancia a los trabajadores. A pesar de eso podemos registrar en miles las luchas obreras en las décadas pasadas. Cada una con un impacto social. De manera que cuando se movilizan los trabajadores y se estremece la sociedad podemos percibir que, a pesar de los muertos, los desaparecidos, los traidores y los vendidos, la clase obrera sigue siendo el sujeto de la historia argentina.

*El libro La oposición obrera a la dictadura ha sido re-editado por Imago Mundi en su tercera edición.

** Pablo Pozzi es historiador, ex docente de la Universidad de Buenos Aires, especialista en historia obrera, historia del PRT-ERP y en Historia de Estados Unidos.

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