POR AYELÉN MARIEL AGUILAR
LAS CRÓNICAS DE NUEVO TRÓPICO I Todas las mañanas, desde hace más de treinta años, Juan Galván abre su kiosco en la esquina de Laprida y San Martín, frente a la Plaza Independencia. Lo hace a las seis en punto, con la misma dedicación con la que su padre Ramón abría el suyo en la calle Monteagudo. Ramón era un hombre super pulcro, siempre derecho, que trabajó en su puesto hasta los 90 años, casi hasta el final de sus días. Juan lo acompañaba de chico todas las mañanas, aprendiendo el oficio entre diarios y revistas, antes de ir a la escuela. Ese ritual matutino, repetido durante años, dejó una marca.
Hoy Juan tiene 70 años. Se jubiló hace cinco años del sistema de salud donde trabajó, tras pagar durante 12 años sus propios aportes para acceder a la jubilación. Pero sigue abriendo el kiosco cada día. Su esposa, que durante años lo acompañó detrás del mostrador, ya no puede estar: tiene que cuidar a su madre enferma. Así que Juan está solo, de seis de la mañana a nueve de la noche, sosteniendo un oficio que heredó de su padre y que, como él mismo dice, le dio todo.
En los kioscos de la ciudad, los diarios conviven con otros productos que fueron ganando espacio con el tiempo. La escena ya no es la misma: la venta de papel dejó de ser el eje y dio lugar a ofertas más variadas. Libros, revistas, útiles escolares y ejemplares de colección se acumulan. A un costado, el diariero permanece sentado en su banqueta —una escena que remite a lo de siempre—, pero que deja ver las transformaciones del rubro. El diario en papel ya no ocupa un lugar central: comparte espacio con objetos que responden a nuevas demandas y a la necesidad concreta de sostener el ingreso.
De oficio heredado a sustento familiar
El de diariero es un oficio que carga con estigmas. Durante años se creyó que cualquiera podía poner un kiosco de diarios y que debían pagar impuestos como cualquier comercio. Sin embargo, la ley de libertad de prensa los ampara: no tributan por su actividad, aunque deben renovar un permiso municipal cada año. Incluso el tamaño del puesto está regulado por ordenanza. “Mucha gente se quería aprovechar de nosotros”, recuerda Juan. Por suerte, agrega, tuvieron quien los asesorará.
El padre de Juan quería que su hijo no siguiera sus pasos, que se profesionalizara. Y Juan lo hizo: estudió y se recibió de técnico en administración hospitalaria. Trabajó en el subsidio de salud, pero el sueldo no alcanzaba para sostener a su familia. Entonces tomó una decisión: dejó el trabajo fijo, habló con su padre y abrió su propio kiosco en Laprida. “Mi sueño era que mis hijas sean profesionales y sabía que con el otro trabajo no iba a poder educarlas”, recuerda. Con el kiosco lo logró: una de sus hijas es doctora en Ciencias Biológicas y vive en Orlando, Estados Unidos; las otras dos se recibieron en la UNT, en Biotecnología y Trabajo Social.
Del auge a la caída de las ventas
Hubo una época en que el kiosco era otro. Los jueves llegaban diarios y se vendían todos. La gente compraba revistas de actualidad, de ciencia, de espectáculos. Algunas traían números de oro, un atractivo más para acercarse al puesto. Radiolandia, Antena y otras publicaciones de la época formaban parte del consumo semanal de miles de tucumanos. “Es un orgullo formar parte de esto. Muchos nos dicen gaceteros con cariño y yo me quedo con eso”, dice.
Con el paso del tiempo, la situación comenzó a cambiar. La venta de diarios cayó de forma notable y los hábitos de consumo se modificaron. La irrupción de los teléfonos celulares y el acceso inmediato a la información transformaron la relación de las personas con la lectura. Hoy, los viernes —que reemplazaron a los jueves como el día fuerte— los clientes de siempre pasan temprano, camino al trabajo, a buscar su ejemplar. Son los de siempre: adultos, fieles, de años.
La pandemia marcó un punto de inflexión. Durante ese período, el acceso a la información digital se intensificó y muchos hábitos cambiaron de forma definitiva. Lo que antes era una alternativa pasó a ser la principal forma de consumo de noticias. Los pocos jóvenes que se acercan al kiosco son, casi todos, estudiantes de comunicación o periodismo. Los demás se informan por el celular, desde casa, sin necesidad de salir a buscarlo.
Juan lee todo lo que puede. Le encanta estar informado, actualizarse, aprender. Es una contradicción que él mismo nota: el diariero que más lee es el que ve, día a día, cómo la gente deja de hacerlo.
Adaptación y cambios para sostener el trabajo
Además de la caída en las ventas, los diarieros enfrentan otras dificultades. Según Juan, un kiosco céntrico de San Miguel podría vender entre 150 y 400 diarios por día en los años noventa y dos mil, alcanzando ventas semanales de hasta 1.500 ejemplares los jueves. Hoy se venden alrededor de 100 por semana. En los últimos años, algunas editoriales comenzaron a enviar revistas con hasta dos semanas de atraso. Al llegar con información vieja, los ejemplares pierden valor y los compradores los abandonan. Para colmo, los kioscos no pueden devolverlos, mientras que los supermercados los reciben a tiempo y en mejores condiciones. “Hay días en los que no se vende casi nada”, afirma Juan.
A esto se suma la situación económica. La gente elige, y a veces un diario pierde frente a otras prioridades más urgentes. “Total se informan por el celular”, dice Juan, con una mezcla de comprensión y resignación.
En ese contexto, la adaptación llegó en forma de nuevos productos: libros de colección, revistas de entretenimiento, sudokus, crucigramas, útiles escolares. Lo que antes era un kiosco de diarios hoy es un puesto diversificado por necesidad. “No podés sustentarte solo con los diarios”, sostiene. Su jornada se extiende de seis de la mañana a nueve de la noche, de corrido, porque es él quien sostiene el hogar.
Un oficio en riesgo
A la vuelta del kiosco de Juan, entre las calles 24 de Septiembre y Laprida, había otro puesto de diarios. El hombre que lo atendía falleció y nadie pudo continuar: no había heredero que quisiera o pudiera hacerse cargo. El kiosco cerró. Juan calcula que en toda la capital tucumana quedan alrededor de diez kioscos de diarios. Alrededor de Plaza Independencia sobreviven tres: dos atendidos por hombres mayores y uno por un hijo que tomó el relevo de su padre fallecido. La excepción que confirma la regla.
El caso de Juan resume bien el problema. Ninguna de sus tres hijas continuará con el oficio. “Mi generación va a terminar aquí”, dice. Y no lo dice con amargura, sino con la claridad de quien conoce bien la historia que está viviendo.
“Este trabajo me dio todo”, agrega. Y casi como una convicción: “Yo voy a seguir mientras pueda”. Quizás se convierta en el último diariero.