Estudiar, enseñar y ser arquitecta en “tierra de hombres”

POR DEBY MONTIEL

La arquitectura fue vista por mucho tiempo como una carrera y profesión de hombres, para hombres. A las mujeres les ha tocado esforzarse el doble para demostrar sus saberes y ser tomadas en serio en un mundo lleno de prejuicios. En esta nota quien nos cuenta su experiencia es Celeste Díaz Marquesto; arquitecta y profesora en la Facultad de Arquitectura de la UNT donde también fue estudiante. Su recorrido revela las dificultades que deben atravesar desde las aulas al ejercicio de la profesión y como todavía hoy persisten desigualdades que atraviesan a las mujeres de la arquitectura.

La desigualdad en las aulas

Cuando Celeste ingresó a la carrera de Arquitectura, la mayoría de sus compañeras eran mujeres. Sin embargo, los varones parecían arrancar con ventaja: “muchos venían de colegios técnicos y ya tenían conocimientos de dibujo o construcción”. Esa brecha se acortaba con el tiempo, pero lo que no desaparecía eran los estereotipos.

“En algunas materias, como Construcciones, nos decían que las mujeres no deberíamos estar estudiando esta carrera, que mejor nos volveríamos a la casa a planchar”. En otras, directamente no nos explicaban porque ‘no íbamos a entender’”, recuerda. También en los talleres, espacio central de la carrera, más de una vez escuchó: “¿Por qué no estudias otra cosa?”.

Firmeza y carácter para construir respeto

En las obras le ha tocado tener que aprender a tomar distancia, a ser firme y poner límites.

“En general, los albañiles no te respetan mucho. A veces te hacen comentarios fuera de lugar, o mandan mensajes insinuantes”, admite.

Aunque no sufrió episodios graves, Celeste reconoce que es necesario poner distancia con los trabajadores, tener firmeza y carácter.

“Un varón puede dudar más y saber menos y, aun así, no recibe el mismo menosprecio. A nosotras nos exigen más seguridad para tomarnos en serio”.

Con los años, sin embargo, notó un cambio: “Con mi generación de arquitectas empezó a transformarse la mirada de los albañiles. Nos escuchaban más, entendían que nuestras indicaciones eran importantes”.

Acceder a buenos puestos sigue siendo un desafío

Si bien no recuerda haber perdido un proyecto concreto por su género, sí percibió un sesgo constante. “Ante los docentes siempre se preferían a los varones, aunque las mujeres éramos las que obteníamos mejores promedios y ganábamos los concursos”, afirma.

En el ejercicio profesional, la desigualdad continúa: los cargos de dirección de obra y los sueldos acordes a esas responsabilidades suelen estar reservados a varones. “Ese es uno de los grandes obstáculos para nosotras”, señala.

Los ámbitos de mayor poder y visibilidad continúan siendo esquivos. “No veo mujeres al frente de grandes empresas constructoras, ni liderando los colegios de arquitectos o emprendimientos inmobiliarios. Sí se nos busca más en roles técnicos, porque somos detallistas, pero líderes de firmas o estudios de arquitectura hay muy pocas”, advierte.

En la docencia persiste la desigualdad

Hoy, como docente, Celeste vuelve a enfrentar situaciones similares. “En mi taller solo somos dos mujeres con cargos bajos. En las decisiones importantes, la voz sigue siendo de los varones”, explica.

La desigualdad no solo se nota entre pares. También se traslada al aula: “Me ha pasado que los alumnos me presten menos atención a mí y escuchen más a un docente varón, aunque estemos diciendo lo mismo”.

Construir espacio, construir comunidad

Además de enseñar y ejercer, Celeste fue parte de organizaciones sociales donde pudo poner sus conocimientos al servicio de la comunidad. Trabajando con mujeres que incursionaron en el mundo de la albañilería, aprendiendo desde cero qué tipo de áridos se usan para cada trabajo de obra. “Con las compañeras mujeres levantamos merenderos en la plaza de un barrio e hicimos en conjunto con varones que no eran albañiles una canchita y veredas” Esa experiencia, dice, fue clave: “Poder materializar espacios colectivos me dio mucho crecimiento personal y profesional. La arquitectura no es solo diseñar edificios, también es un camino para generar comunidad”.

Ser valientes y confiar

Aun con todos los obstáculos, Celeste reconoce cambios en las nuevas generaciones. Los albañiles, cuenta, muestran mayor respeto, y cada vez más mujeres logran insertarse en direcciones técnicas dentro de empresas. Sin embargo, todavía falta un largo camino para que la arquitectura sea verdaderamente equitativa.

Su consejo para las jóvenes arquitectas es claro: “Que sean valientes, que confíen en lo que aprendieron en la facultad. Todo ese conocimiento sirve y se aplica en la práctica. Lo importante es pararse con seguridad y no dejar que nadie les haga sentir que no pertenecen”.

La historia de Celeste Díaz Marquesto sintetiza las distintas tensiones de una profesión que, aunque llena de mujeres en las aulas, sigue siendo conducida por varones en los espacios de mayor jerarquía. Su testimonio revela cómo ser arquitecta, estudiar y enseñar arquitectura implica, todavía hoy, no solo aprender a diseñar y construir edificios, sino también a abrir grietas en un sistema que no siempre las reconoce como protagonistas.

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