Cierre de comedores y desaparición forzada en Tucumán*

POR RUBÉN KOTLER

Las consecuencias represivas de las luchas estudiantiles en Tucumán durante el último gobierno militar

La década de 1966 a 1976 marcó el auge y apogeo de las luchas de los sectores populares en toda la República Argentina contra el avance de regimens ultra liberales. El golpe militar que depuso al gobierno constitucional de Arturo Illia e impuso como presidente de facto a Juan Carlos Onganía el 28 de Junio de 1966 acentuó de manera decidida las contradicciones de clase en todo el país y en algunas provincias, como en Tucumán, se desarrolló de manera notable. La dictadura que depuso a Illia, buscó implementar un programa económico ultraliberal afectando, en Tucumán, sobre todo a los trabajadores del azúcar, principal industria de la provincia y a un sector importante de la clase media, decididamente a los estudiantes universitarios, a partir de algunas políticas atentatorias de la autonomía universitaria. En el presente capítulo me centraré en las luchas del movimiento estudiantil desde la férrea defensa del comedor Universitario y sus posteriors implicancias en la dictadura instaurada el 24 de marzo de 1976, que golpeó de manera particular a quienes habían resistido durante la década precedente. No abordaré aquí a la afectación que sufrieron los trabajadores del azúcar ni su consecuente respuesta obrera, tema abordado en otros trabajos pero que caminan de la mano en el periodo.

La provincia de Tucumán fue una de las más afectadas dentro del conjunto del país por las políticas económicas, sociales y culturales llevadas adelante de manera dictatorial por el onganiato. La comunidad universitaria en general y el estudiantado en particular, fueron atacados de conjunto con la intervención de la dictadura a la totalidad de universidades nacionales del país, entre las que se encontraba la Universidad Nacional de Tucumán – UNT – El objetivo del presente trabajo es entonces centrarme, en un primer momento, en el ataque y defensa del Comedor Universitario, como uno de los espacios que se dieron los estudiantes tucumanos en defensa de sus derechos conculcados por la dictadura de 1966. Junto a los trabajadores que defendían el no cierre de las fábricas azucareras, los estudiantes se movilizaron en tres momentos claves que determinaron los levantamientos populares: un primer momento paralelo al ya reconocido Cordobazo, fue un primer Tucumanazo en mayo de 1969, a los ciclos de protesta re-abiertos en noviembre de 1970, hasta el llamado Quintazo de 1972. En un Segundo momento el capítulo buscará establecer la relaciones causales entre la resistencia estudiantil y los embates de la última dictadura que implicaron, entre otras medidas represivas el cierre del comedor y la persecución, secuestro y desaparición de dirigentes y militantes estudiantiles.

Parto de la hipótesis que en Tucumán, si bien el movimiento estudiantil se organizó en torno a la defensa del Comedor y a otros derechos que estaban siendo conculcados, implicó un movimiento meramente reformista, en un marco en el que se dio, de conjunto, entre el estudiantado y el movimiento obrero organizado, una situación prerrevolucionaria durante el período de 1966 – 1976. Durante la década en estudio confluyeron en la lucha de calles sectores obreros y estudiantiles, tanto en el espacio urbano como en el rural, sobre todo en regiones donde los ingenios cerrados provocaron una importante desestructuración social. La situación provincial siempre preocupó a la nación y sus medidas en materia de política económica, social y cultural, afectaron principalmente a estos dos sectores lo que determinó la salida a la calle para enfrentar al régimen y a sus representantes locales en el gobierno provincial y en la universidad, con un alto nivel de conciencia que fueron ganando en esos años. Esas luchas que por momentos tuvo su conquista como la reapertura de nuevas sedes del comedor, trajo aparejado con el tiempo, un ensañamiento hacia la militancia estudiantil – y obrera – durante la última dictadura militar instaurada en 1976, como continuidad de la anterior.

La Resistencia estudiantil entre 1969 y 1972

Con motivo de la muerte de dos estudiantes, en la provincia de Corrientes primero, Juan José Cabral, asesinado el 15 de mayo, y otro en la ciudad de Rosario después, Adolfo Bello, asesinado por las fuerzas de la represión el 16 de ese mismo mes tras diferentes manifestaciones, los estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT de ahora en más) se solidarizaban por estos asesinatos. Además, los estudiantes tucumanos sumaban su propia agenda de reivindicaciones locales, centradas a priori, en la cuestión del sostenimiento del Comedor Universitario.

Carlos “el Chino” Moya, de la corriente trotskista el Partido Socialista de los Trabajadores, recuerda:

“El caso del año ’69 cumplimos un rol muy, muy importante, que generaba el pequeño núcleo que estaba (…) porque somos prácticamente la única corriente que si no recuerdo mal, saca un volante tras la muerte de…, no sé si muere Cabral no me acuerdo, igual saltó después una serie de acontecimientos golpeando simultáneamente con Córdoba y Rosario en el año 1969. Sacamos un volante anti dictadura de Onganía, convocamos a levantar las clases, y empiezan a haber ya las primeras luchas con la montada, la policía, algunas mínimas barricadas ya en el año ’69”.

Carlos Zamorano, entonces dirigente estudiantil y militante del Partido Comunista, explicaba las causas locales:

“También había los motivos autonómicos de Tucumán, el programa propio de los tucumanos parea redimir lo que nos estaba haciendo la dictadura, hay que mencionar la ley 16912 que nos dejaba sin representación en la universidad, la intervención de la política federal en la universidad, todas esas cosas insoportables para un sector de la masa que eran los activos, entonces en el año 69 se sale a la lucha”.

Vemos en los relatos citados que existía un vínculo entre lo que sucedía en otras provincias o ciudades del país con las afectaciones del gobierno dictatorial en la propia provincia de Tucumán. Las protestas callejeras por parte de los estudiantes promediando el mes de mayo de 1969 iban en aumento, incluso en los días previos al 29 de Mayo, día en que se producen los enfrentamientos más violentos en la ciudad Córdoba. El 28 de mayo el Estado Nacional sancionaba una ley por medio de la cual entraban en vigor los Consejos de Guerra Especiales. En Tucumán los estudiantes habían ocupado 30 manzanas, lo que determinaba el carácter de las manifestaciones en el momento más álgido de la lucha.  Ala protesta rural de los trabajadores de los ingenios que habían sido cerrados, los estudiantes replicaban las protestas con la toma de la ciudad capital erigiendo barricadas.

El Comedor se convirtió entonces en uno de los bastiones de la demanda estudiantil local. Aunque se impugnaba la intervención militar en su totalidad el estudiantado bregaba por la defensa de sus intereses. La inquietud que aún hoy nos persigue es la manera en cómo se originaron los primeros movimientos en torno a la defense del Comedor. Uno de los líderes estudiantiles fue José “el Macho” Luna, quien ingresó en la Carrera de Ciencias Económicas el mismo año 1969. Luna provenía de una familia de trabajadores cuyos orígenes se ubicaban en localidad de Famaillá, en el sur de la provincia e hizo su experiencia como trabajador en el ingenio Nueva Baviera. Por su condición de clase, la cuestión azucarera estaba en él muy presente. Como muchos otros estudiantes de escasos recursos provenientes de otras provincias vecinas o de ciudades de la periferia de Tucumán e incluso de países vecinos, la posibilidad de alimentarse en el Comedor le permitía acceder a los estudios superiores en una carrera universitaria. Sobre los orígenes de la coordinadora de lucha del Comedor como espacio de lucha del estudiantado tucumano, Luna recuerda con detalle la conformación del mismo y los lazos de solidaridad que se iban allí entretejiendo:

José Luna: “Cuando ingreso en la Universidad, en 1969 y en el ingreso al comedor es que comienzo a interesarme y ver lo que era la vida en la Universidad, a descubrir los temas que se discutían, a leer muchísimo, cada cosa que decían, a enterarme (…) Después logro, porque venía del ingenio, que me acepten en el Comedor, el Comedor de la calle Muñecas al 200 y puedo comer ahí, porque era complicado al mediodía, había que buscar dónde comer, era un lugar que al comienzo costaba, porque eran carteles de campeonato de truco, peñas, todo ese tipo de actividades, ahí no había discusión política jamás…

Pregunta: ¿Ahí no había todavía discusión política en el comedor?

JL: “Ahí íbamos solamente a comer y el Comedor estaba dirigido por una comisión nombrada por el Rector que en ese momento era el Rector Paz, más conocido como el “Incapaz”, aunque en realidad era muy incapaz, era una persona que prácticamente no resolvía nada, un tipo, el Rector, resabio de la oligarquía de Tucumán (…) entonces esa comisión del Rector comía adentro del Comedor, comían platos especiales, mientras nosotros comíamos en el Comedor, hacíamos la cola, comíamos la comida común, y nosotros los veíamos cómo los atendían de manera especial, un jujeño era el presidente de esa comisión…

P: En algún momento se politiza el comedor, ¿Cuándo sentís que se da esa politización?

JL: El problema se da que esa misma comisión o por unos artículos de prensa, empieza a decir lo de siempre, “no hay presupuesto para educación, el Comedor corre peligro de posibilidades de cierre”, empieza a escasear la comida, empiezan a dar menos calidad de comida, empiezan a dar mala calidad de comida.

P: Todo esto promediando el 69…

JL: “Claro, todo esto previo al Cordobazo. Entonces nosotros, yo no sabía qué hacer, yo lo conocía al “otro” que se sentaba a comer conmigo ese día o al otro día, no nos conocíamos, porque el Comedor no estaba organizado por agrupaciones políticas sino por centros regionales, al Comedor lo manejaban básicamente el Centro Santiagueño, el Centro Salteño y el Centro Jujeño, que eran los centros regionales grandes, y en menor incidencia estaban los catamarqueños, los riojanos y los tucumanos eran la minoría, nosotros, los del interior, teníamos un peso “muy chico”, casi nada, entonces yo, nuevo, tampoco tenía experiencia de cosas, pero cuando empiezan a decir estas cosas, no se nos ocurre otra cosa que empezar a hacer pasar papelitos a mano: “Tenemos que hacer algo por el Comedor”, “nos están dando mala comida”, entonces hacíamos papelitos pequeños a manos e íbamos un ratito antes y los dejábamos en cada sitio para que los vean cuando vayan a comer. Después encontré que otro compañero, un riojano, le pareció bien, también, y después un santiagueño que decía “está bien que se preocupen” y así. Entonces fuimos armando un pequeño núcleo por ese problema y dentro de esa realidad hasta que llegó un momento en que decían que lo iban a cerrar al Comedor o que lo iban a privatizar, lo de siempre (…). Cuando vemos que eso se venía sacamos un papel que decía “queremos una asamblea” y ahí se suman todos los centros regionales: “Sí, sí, estamos de acuerdo con la asamblea, estamos de acuerdo con la asamblea”. El único Comedor que tenía entonces la Universidad (en 1969) era el de la calle Muñecas con 500 compañeros. Entonces se hace la asamblea en el primer semestre del año 1969, obviamente que los Centros Regionales para esta primera asamblea, se mueven con todo su potencial, porque ellos nucleaban a estas cuatro provincias que te digo, y la presencia en la asamblea fue masiva, estábamos los 500 comensales ahí porque iban a cerrar el comedor. Y era “muy” importante el tema de la comida para todos. Entonces entramos a la asamblea y a ésta la presidía la comisión del Rector. El primer punto era que “nosotros no tenemos porque tener una comisión del Rector, que la comisión del Rector tiene que renunciar y que la asamblea iba a elegir una comisión nuestra, elegida por los estudiantes, por los comensales”. ¡El resultado fue 500 a cero! (…) Ahí surge la idea que teníamos que elegir una comisión y que tenía que ser lo más democrática posible, entonces pusimos los nombres en una pizarra y cada comensal tenía que pasar y marcar cinco nombres y un sector me propone a mí. Yo no tenía ninguna oportunidad de salir ya que los tucumanos éramos una minoría absoluta pero los santiagueños me ofrecen el lugar de su Centro, porque la idea era que saliera un representante de cada Centro Regional y es así como yo saco 485 votos, el más votado de todos, también salió Lucio Yazle, salió Marcos Zeitune y Gerardo Arias que fue la primera Comisión del Comedor que sale y comienza a luchar para que no cierren el comedor. Y ahí comenzamos con los típicos volantes, las marchas por el centro, la búsqueda de la solidaridad con los compañeros, tenemos reuniones muy profundas con los trabajadores no docentes (de la Universidad), la FATUN – Federación Argentina de Trabajadores de las Universidades Nacionales – (…) Nuestra primera alianza con el movimiento obrero aquí en la capital fue con los No Docentes, eso nos sirve para que le planteemos al resto de los estudiantes que era necesaria la alianza obrero estudiantil y se forma una coordinadora obrero estudiantil aprobada por todos y esa coordinadora ya si tiene relación con otros sectores.” (…)

El relato de José Luna remite a una experiencia individual al mismo tiempo que colectiva, en la organización del movimiento estudiantil que sentó las bases para el desafío que dicho movimiento le plantearía a la dictadura durante esos años. Aunque la dinámica de la confrontación quedó saldada con la promesa del no cierre del Comedor, la lucha se mantuvo con una intensidad inferior hasta el mes de noviembre de 1970, cuando nuevamente estallaría la rebelión del estudiantado en las calles tucumanas.

Los sucesos de noviembre de 1970 marcaron un nuevo punto clave en el ciclo de protestas del movimiento estudiantil. Durante los últimos días del mes de octubre y los primeros del mes de noviembre, los estudiantes participaron de diferentes actos de protestas, mucho de los cuales tuvieron por espacio la sede del Comedor en calle Muñecas al 200, en pleno centro de la ciudad. En esos días era frecuente la instalación de ollas populares y, en más de una oportunidad, la toma de la calle como modo de protesta ya habitual en la organización. Otra forma de manifestación frecuente fueron los actos relámpagos, que consistían en reuniones celebradas en diferentes puntos estratégicos de la ciudad, donde uno o más oradores eran subidos a los hombros de otros compañeros, pronunciaban un breve pero encendido discurso, arrojando volantes a los transeúntes y en muy poco tiempo disolvían la manifestación, procurando desconcentrarse antes de la actuación represiva de la policía.

Los puntos de reclamo del movimiento estudiantil tenían que ver con un comedor bajo control y administración de los estudiantes, por un mayor presupuesto para educación, el aumento de las plazas en el Comedor y su no privatización, la instalación de nuevas residencias, el apoyo a los reclamos de los trabajadores no docentes, entre otras demandas. Las consignas propiamente políticas apuntaban contra la dictadura militar, la unidad obrero – estudiantil, y por la libertad de los presos políticos y la vigencia de las libertades públicas. Sobre las causas que motivaron la salida de los estudiantes a la calle en aquel noviembre de 1970, Carlos Moya recuerda:

“Esta lucha que se inicia por la apertura del comedor, decuplica la cantidad, después de un triunfo se va a 3500 plazas, de 300 a 3500, tuvieron que concesionar cuatro grandes restaurantes para abastecer esta nueva población del comedor y después construyeron un comedor en la quinta agronómica, había un quonset en el centro, cerca de la universidad central. Digamos lo que parecía un imposible se logra, pero no solamente eso, se conmueve prácticamente toda la población, cae un gobernador, que es el gobernador Imabud y se acelera la caída de Levingston”.

El martes 10 de noviembre una asamblea estudiantil decidió almorzar en la calle con ollas populares frente a las instalaciones del Comedor Universitario. Durante todo el día se sucedieron los cruces verbales entre los dirigentes estudiantiles y la policía que pedía el desalojo de la vía pública. Al mismo tiempo comenzaron a levantarse las primeras barricadas y por consiguiente los primeros enfrentamientos entre las fuerzas populares y las fuerzas del régimen. El conflicto se fue expandiendo por todo el centro de la ciudad, llegando incluso hasta la Casa de Gobierno, donde se produjeron algunos enfrentamientos. Los choques entre una y otra fuerza fueron en aumento y la violencia del primer día se repitió el miércoles 11, paralizándose la actividad comercial, y deteniendo la policía a algunos dirigentes estudiantiles. Los estudiantes lograron durante esas dos primeras jornadas ocupar y controlar prácticamente 90 manzanas de la ciudad y la represión se tuvo que manifestar de manera mucho más virulenta para quebrantar a las fuerzas del estudiantado. Un dato no menor y que conviene destacar aquí, es que el encargado del operativo represivo en Tucumán durante los sucesos de noviembre fue el entonces Coronel Jorge Rafael Videla, uno de los Comandantes en Jefe que encabezó el golpe que derrocó a Isabel Martínez de Perón constituyéndose en presidente de facto el 24 de marzo de 1976.

La fisonomía de la ciudad en aquellos días estuvo dada por las barricadas que pusieron en jaque a las fuerzas del régimen. Carlos Zamorano recuerda con gran exactitud la manera en cómo se organizaban:

“Las puebladas se sostenían mucho tiempo por las barricadas. A tal o cual distancia de cuadra se establecía una barricada. No se puede establecer una barricada sin la ayuda del pueblo, si el pueblo está en desacuerdo con el movimiento, no va a tener elementos físicos como maderas, tablas, botellas, cubiertas de automotor, lo que fuera necesario para establecer una barricada que obligara a las fuerzas represivas, por más que viniera con carros o lo que fuese, demorar menos de 5 minutos en superar esa barricada, y en 5 minutos uno se va a otro barrio, no hay ningún problema, entonces el avance de la columna es cada 100 metros,  con una honda alguien que sea tirador derriba la bomba gigante del alumbrado de la esquina con un disparo y se va avanzando. Como la superficie de la calle es,  no sé si cabe la expresión ‘’comba’’ entonces se va rompiendo en el camino con un palo el sistema del tránsito del agua de tal manera que queda  determinado un chorro de cuatro metros de altura permanente y la calle está mojada sobre todo en las canaletas lindantes con ambas veredas, de tal manera que cuando arrojan la granada de gas, basta empujarla con el pie y se ahoga, a la izquierda o a la derecha, mientras avanza la manifestación, a veces llevando bolsas de recortes de metal para cargar la honda, a veces arrojando piedras simplemente con la mano (…) En aquella época incluso había cortes de ruta pero eran para traer a la policía hacia esos lugares porque había sitios de donde pedían a los que operaban en otras barricadas que atraigan con provocación a la policía para que se tenga que ir de determinado lugar. De esa manera se hacían los Tucumanazos. En el caso de persecución muchísimos hogares abrían las puertas para que el perseguido pueda entrar, en esos tiempos se arrojaban granadas de gases de los fusiles lanzagranadas, parecido al tiempo de hoy, pero se disparaba contra los cuerpos de las personas, casi no hay memoria de que alguien haya quedado de pie, después de recibir el disparo en el cuerpo”.

Si bien en las primeras horas de la protesta el foco estuvo centrado en el conflicto estudiantil y la protesta llevada a cabo frente al Comedor, el movimiento obrero habría de plegarse durante el correr de las horas. Marcos Taire, periodista y militante del Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS) hace su propia evaluación:

“Yo creo que había mezclado de todo un poco, había clase media, pero también, mirá, estoy tratando de recordar en este momento, pero por ejemplo hubo cortes de ruta en dos o tres lugares… tuvieron participación las comisiones de los ingenios que habían sido cerrados, es decir, hubo participación variada, se puede decir, participación popular en todos sus espectros, tanto de clases medias como de trabajadores. Y me parece que la dictadura de ese momento se asustó mucho y la prueba de esto es que enviaron un contingente represivo fenomenal para lo que era ese momento, para lo que eran esas manifestaciones”.

En el balance este segundo Tucumanazo, encabezado por estudiantes y obreros, cargó con las fuerzas del régimen a nivel provincial, repercutió en el ámbito nacional, ya que la policía local no bastó para contener las manifestaciones, por lo que tuvo que intervenir el ejército tal como lo he mencionado, fue reemplazado el jefe de la Policía, el Rector de la Universidad y en diciembre de 1970 fue también reemplazado el propio gobernador interventor Carlos Imbaud, designando el entonces presidente defacto, Levingston a Oscar Sarrulle como el sucesor en el ejecutivo provincial. Asimismo implicó una serie de conquistas como ser la ampliación en las plazas del Comedor y la instalación, por parte de la UNT, de dos sedes nuevas para albergar una mayor cantidad de comensales, consiguió frenar la implementación de una nueva ley universitaria que propulsaba, entre otras cuestiones, los exámenes de ingreso o que obligaba al estudiantado al uso de la corbata.

Si bien el período que va desde el segundo Tucumanazo al llamado Quintazo estuvo enmarcado por sucesos políticos y sociales de trascendencia, como ser la asunción de Lanusse como presidente de facto en reemplazo del general (R) Levingston, el llamado segundo Cordobazo y otros sucesos de similar trascendencia, la conflictividad en la provincia de Tucumán no disminuyó y durante este estos meses también se registraron enfrentamientos entre los sectores populares y las fuerzas del régimen. Si el primer y el segundo Tucumanazo marcaron un punto de inflexión en la lucha en el campo popular, el llamado Quintazo no fue menos importante en el movimiento estudiantil. Se denominó Quintazo a los enfrentamientos ocurridos en torno al predio universitario de la Quinta Agronómica ubicado en Avenida Roca al 1800, en la periferia de la ciudad capital durante el mes de junio de 1972.

Carlos Zamorano recordaba:

“(…) en junio de ese año ’72, había un grave problema, creo recordar, con el comedor universitario, pero en el sentido de las luchas por las plazas del comedor universitario, y tuvo epicentro en una quinta que era la facultad de Agronomía y zootecnia, supongo, que en el año 1950 ya Perón tuvo la gran idea de que ciertas facultades tenían que estar lejos de los centros urbanos, porque eran factor real o potencial de perturbación entonces fue a parar en la periferia de la ciudad, en los suburbios de la ciudad, y estaba la quinta agronómica que fue el epicentro de grandes luchas con el infortunio de que ahí fue asesinado de un disparo de granada de gases lacrimógenos el estudiante Víctor Villalba.”

Nuevamente el reclamo de los estudiantes ganaba la calle y otra vez el recuerdo de los sucesos de noviembre de 1970 estaba presente. El valor de la experiencia del estudiantado tucumano en los años que precedieron al Quintazo, hizo que el movimiento estuviera mucho más preparado, con consignas mucho más claras y con las estrategias y acciones más aceitadas. Entre el 21 y el 27 de junio de 1972, volvían a enfrentarse con violencia las fuerzas populares y la policía. Esta vez el enfrentamiento tuvo un saldo trágico para el movimiento estudiantil con el asesinato, a manos de la policía, de Víctor Villalba el 24 de junio. Víctor Villalba era un estudiante de 20 años, estudiaba en la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnologías y era oriundo de la provincia de Salta.

El estrecho vínculo entre la clase obrera y los estudiantes también se puso de manifiesto de manifiesto durante los sucesos del Quintazo. Marcos Taire recuerda una asamblea realizada en aquel entonces en la sede de la FOTIA (Kotler 2014 – Crenzel 1997), convocada por la CGT, para repudiar la represión y la muerte del estudiante salteño:

“Se hizo en el Salón de Actos de la FOTIA; ellos no calcularon que nosotros estábamos muy vinculados con el movimiento estudiantil y cuando empezó el plenario como a las 10 u 11 de la noche, llegó una enorme caravana de dirigentes y militantes estudiantiles que se apostaron como barra alrededor del lugar donde se estaba haciendo el plenario, entonces cuando nosotros propusimos, yo lo hice personalmente, que se hiciera un paro activo en repudio al crimen de Villalba y a la represión indiscriminada que se estaba desatando contra el pueblo tucumano, al ver que había dos o tres gremios que apoyaban, que estaba esa barra que cantaba a favor de la realización del paro no le quedó otra cosa que aceptarlo y se hizo”.

Sobre los enfrentamientos producidos, la crónica del diario Clarín del día 24 junio destacaba que “los estallidos mantuvieron en tensión casi todo el día a la población de la capital. El Tucumanazo de 1970 volvió a aflorar en el recuerdo de los tucumanos.”

 Como vemos acá, el matutino porteño recordaba lo acontecido dos años antes y destacaba el “aflorar del recuerdo”, a lo que habría que haber agregado entonces el renovado conflicto y la manifestación de una crisis abierta mucho antes de ese período. Asimismo, recuperamos la idea de la experiencia en la construcción de una conciencia en el movimiento estudiantil que se gestó, sin lugar a dudas, en las jornadas de mayo del 69 y noviembre del 70. Si bien el Quintazo volvió a poner en discusión el conflicto estudiantil, no es menos cierto que la problemática obrera seguía siendo también un eje importante para la movilización. Las causas que habían originado las movilizaciones eran las mismas que habían desatado los episodios del segundo Tucumanazo dos años antes, del mismo modo que los acontecimientos del Quintazo de junio de 1972, cargaron contra las autoridades locales del régimen. El 27 de junio las autoridades universitarias presentaron su renuncia. La cantidad de 700 detenidos según informaba el citado diario Clarín, era el reflejo de la profunda conflictividad de esos días.

El esquema represivo interno de la UNT en 1976

Los años que siguieron al final de la dictadura inaugurada en 1966, el interregno democrático abierto en 1973 y la profundización de las tensiones en pugna, hicieron que en los meses previos al denominado Operativo Independencia, se pusiera en marcha un mecanismo represivo paraestatal comandado por la Triple A y que comenzaran las primeras desapariciones forzadas de personas. El Sistema de repression se fue aceitando mucho más con la implementación del Operativo Independencia, sobre el cual no profundizaré y del que hay ya una buena producción académica. Cuando los dictadores asaltaron por última vez el poder en Argentina, el 24 de marzo de 1976, el genocidio en la República ya estaba en marcha desde hacía mucho y significó una continuidad del que le precedió en 1966, vino a dar por tierra todo intento de rebelión obrera o estudiantil no sólo con la represión a estos dos sectores principalmente, sino con la ejecución de políticas que claramente buscaban cerrar el círculo abierto una década atrás. El objetivo de “aniquilar a la subversión” no sólo implicó la eliminación física de aquellos que optaron por la vía armada para llegar a la revolución socialista, sino la eliminación de todo aquel militante vinculado a las luchas de los “azos” y que pusieron en jaque al proyecto ultra liberal inaugurado por el onganiato.

En las Universidades públicas, intervenidas nuevamente por el poder dictatorial, se llevó a cabo un mecanismo de prohibiciones, intrusiones y persecuciones, que tuvo entre sus blancos, a todos los miembros de la comunidad universitaria, entre docentes, no docentes y al mismo estudiantado que había resistido, durante la década anterior, los avasallamientos a la autonomía universitaria. También constan en los registros de detenidos y desaparecidos miembros del estamento de los egresados, engrosando aún más, la lista de perseguidos de la comunidad universitaria. La comisión de derechos humanos erigida en el ámbito de la Universidad en los primeros años de la transición, consiguió establecer los mecanismo de control, persecución y ejecución de las acciones represivas.

En los días previos al golpe se creó en el ámbito del rectorado el “Servicio de Seguridad y Vigilancia” – SSV – coordinado por Ismael Haouache “reconocido por su militancia en grupos antisemitas y de provocación democráticos”. Dicha oficina de seguridad funcionó hasta el 29 de diciembre de 1983, momento en el que la Federación Universitaria de Tucumán, la FUT, la clausuró. Según un informe elaborado por una Comisión de Derechos Humanos creada en el ámbito de la UNT en los primeros años de la transición, el SSV realizó tareas de “detección y fichaje de estudiantes con algún tipo de militancia política, participó activamente de la represión parapolicial” e incluso portaban armas “entregadas desde el rectorado (a cargo del delegado militar, el Coronel Eugenio Barroso)”. Al mismo tiempo en el marco de la propia Universidad, algunas dependencias cumplieron el papel de unidades represivas, como el caso del predio de la entonces Escuela de Educación Física que entre marzo y mayo de 1976, funcionó como Centro Clandestino de Detención (CCD).

El informe de la Comisión de DDHH incluso esbozó una caracterización de quiénes fueron los represaliados en el marco de la UNT: “…dirigentes de base, es decir delegados de curso delegados por el comedor universitario”, y citan el caso emblemático del Cuerpo de Delegados de la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia, cuyos integrantes fueron secuestrados y desaparecidos entre 1975 y 1976.

Sobre la intervención del SSV durante todo el periodo dictatorial, el informe sostiene que desde 1977 y hasta 1983 “realizó algunos operativos, se dedicó a recibir datos que le suministraban las autoridades de cada Facultad con los cuales se iban confeccionando fichas con los antecedentes de cada uno de los integrantes de la Universidad. Las informaciones recogidas en el ámbito del rectorado eran entonces enviadas a las distintas instancias de inteligencia del gobierno dictatorial.

Cierre del comedor y desaparición de estudiantes

El 2 de abril de 1976, es decir a días de haberse producido el último golpe militar, se suspendía “el funcionamiento del comedor universitario dependiente del Servicio de Residencias y Comedores”. La resolución 55-76, firmada por el Delegado Militar Interventor, el Coronel Eugenio A. Barroso, expresaba, entre otras razones para su clausura del Comedor (…) “ha constituido desde su creación un organismo conflictivo y deficitario”. En este punto podríamos suponer que la razón central de su cierre tenía que ver con cuestiones de índole netamente presupuestarias. Sin embargo, en otro de sus considerandos explicaba la resolución

« que la gran afluencia indiscriminada no sólo de estudiantes, sino también de elementos extraños al comedor universitario, desvirtuaron por completo los objetivos para los cuales fue creado, encareciendo enormemente el costo de los servicios; Que asimismo, llegó a convertirse en centro de reuniones de todo tipo, donde los temas netamente estudiantiles estaban ausentes en la mayor parte de los casos; Que las reuniones de carácter político y de tipo partidista fueron deteriorando la imagen de la Universidad y creando focos de agitación, llegándose a extremos de provocar la destrucción de elementos que los usuarios tenían el deber de conservar; Que el  desorden imperante también se reflejaba en la propia administración, reduciéndole las posibilidades de control y facilitando el mal manejo del organismo, lo que se traducía en pérdidas millonarias en perjuicio del Estado; Que tal desorden no se circunscribía al ámbito del comedor solamente sino que alcanzaba a otras dependencias universitarias, con la comisión de verdaderos actos de vandalismo, provocando la destrucción de muebles, útiles, etc, de laboratorios y cátedras, hechos que son del dominio público y que daba cuenta la crónica diaria.»

Para los interventores militares el motivo central de la clausura no tenía que ver solamente con una cuestión de déficit económico, sino y sobre todo, con las actividades políticas que se desarrollaban allí.

Sobre la persecución política que sufrieron los miembros de la comunidad universitaria con la nueva intervención militar, volvemos al caso del Cuerpo de Delegados de la facultad de Bioquímica, Química y Farmacia. Entre los estudiantes detenidos ilegalmente se encontraba Juan Carreras, secuestrado el 16 de septiembre de 1976 e identificado sus restos en el Pozo de Vargas en Agosto de 2016. Juan era oriundo de la localidad catamarqueña de Belén y había militado en el Frente Antiimperialista por el Socialismo, el FAS, vinculado al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Juan, si bien no había participado de los Tucumanazos, se había vinculado a las tareas de otorgamiento de las becas en el comedor. Imbuido sí por los Tucumanazos, su militancia no se circunscribía sólo al comedor sino que era delegado estudiantil en su carrera. Juan había sido buscado unos meses antes de su secuestro en la pensión donde vivía siendo finalmente detenido desde dentro de una de las sedes de la Facultad a la salida de un examen final. La hermana de Juan, Felicidad Carrera, cuenta detalladamente el momento del secuestro del estudiante:

Felicidad: “Bueno, lo del secuestro de Juan, él está acá por que viene cuatro días antes del 16, 11 o 12 de septiembre… a Juan el 2 de mayo del ’76 lo buscan en esta casa que te digo de Chacabuco 445, él no estaba, estaba durmiendo en la casa de una abuela, le roban todo lo de valor que tenía.

Pregunta: ¿Usted sabía de esta…?

F: No, yo me entero al otro día.

P: ¿Nunca le sugirió que se fuera?

F: Hasta ese momento, nunca.

P: Pero cuando usted se entera, ¿no le advierte?

F: Cuando lo buscan le roban hasta los despertadores viejos, lo llevo hasta la casa de mi tío que vivía en la calle Lavalle 650 (a la vuelta de la Chacabuco), y ahí estábamos en la gran duda si decir que vaya o acompañarlo y presentarse en alguna dependencia del Ejército o la policía, porque los changos[1] no sabían si había sido del Ejército o de la policía los que habían allanado, los que han asaltado esa noche la casa. Mi tío decía que era mejor que no lo encuentren, al fin no se presentó y yo lo llevo a Catamarca, a Belén, digamos a los 2 o 3 días. Me acuerdo que en el ómnibus iban 2 personas que yo siempre pienso que eran personas que nos iban siguiendo o por lo menos algo sabían del asunto, o capaz no, porque la paranoia te hace ver cosas irreales. Bueno, llegamos a Belén el 5 o 6 de mayo y él se queda, él le ayudaba a mi tío en la farmacia y le gustaba mucho cazar; entonces salían en el invierno a cazar, con un grupo de amigos y unas personas grandes. Y en septiembre, cuando el censo ese que se hace en la universidad, también era la duda: ¿viene o no viene? Pero no fue una discusión, no, viene. Además, por ahí me contaron cuando yo estaba acá en ese momento, que por ahí unos de la familia decían: “¿pero para qué se va a ir?”; y él decía: “yo me tengo que ir a censar porque quiero rendir el 16”. Entonces justo fue ahí, el censo, no sé cuántos días antes, y el examen el 16. Él busca a un amigo que también rendía esa materia, que estaría más preparado, que es Enrique Sánchez, también un desaparecido de bioquímica, lo llama para que le dé una mano porque rendían fisiología, el titular de la cátedra era el profesor Francisco Barbieri, una eminencia reconocida a nivel mundial. El día antes, yo vivía en un departamento, Enrique va y le estaba explicando cosas y quedan, esa conversación la escuche yo, que le dice: “bueno, mañana nos encontramos en la esquina de la facultad”. Se va Enrique y yo lo acompaño a tomar el ómnibus 10 que se iba a la casa de mi abuela, de manera que él cuando va a rendir el día 16, él llegó a esa esquina y Enrique no estaba, no sé, pero estoy segura que fue así. Enrique no estaba porque lo habían llevado los militantes…

P: ¿Y qué pasó?

F: Y, ahí pasa lo peor, lo más macabro, una de las cosas más terribles, a la siesta. Porque rendían a la tarde; suponte que el examen habría sido a las 4 o 5 de la tarde, como todos los amigos y compañeros de casa de Juan vivían ahí, uno de ellos, casualmente, Belicho,[2] salían caminando por la vereda entre la casa y la facultad, mira un auto estacionado casi frente a la facultad, un Peugeot blanco, y lo ve a Enrique Sánchez que lo conocía porque frecuentaba la casa y lo saluda, y él [por Enrique] no contestaba, entonces se dice: “qué le pasa a este”, y ha pensado: “lo he saludado y a gatas[3] me ha mirado”. Por supuesto que con el tiempo nos enteramos que hicieron que Enrique lo entregue a Juan, desde qué hora y cuántas horas estuvo en ese auto no sé, de manera que Juan entró a la facultad sin duda, sorprendido porque no lo vio a Enrique, yo pienso que ya la tenía rendida a esa materia. Y bueno, era la materia que se rendía escrita y en ese momento el titular de la cátedra no era el Dr. Barbieri, era la Dra. Brauckman, con quien tuve a posteriori algunas conversaciones. Uno de los ayudantes era de apellido Del Río, bioquímico, que yo no sé si vive acá, pero yo hablé con él. […] Y bueno, el relato que te voy a hacer ahora es el contado por la Dra. Brauckman y por el muchacho Del Río. Era en el primer piso, estaban terminando casi de rendir cuando se acercan 3 o 4 personas, preguntaron si estaba rindiendo Juan Carreras, la Dra. dijo que los vio e inmediatamente pensó todo, y dijo sí, dice que ella, mientras, hablaba con los otros ayudantes, y empezaron a pensar: ¿cómo lo sacamos de acá? La pared es muy alta, no va a poder salir…

P: ¿Eso fue en la [calle] Chacabuco?

F: Sí, en la Chacabuco. “Si lo sacamos por la ventana de atrás de alguna forma lo van a ver”, dice que ella es como que ha perdido el conocimiento con respecto a todo lo que ha ocurrido entre ese instante que preguntan por él y el momento en que ella se entera; que fue abajo, que se lo llevan, eso fue terrible. Además dice que la inquietud de Juan desde el momento que siente que lo nombran hasta que entrega el examen era terrible, a tal punto que le va mal en el examen porque dice que… vos sabés que no lo he querido ver, en un momento no me acuerdo quién me lo quiso mostrar al examen, en la facultad, dice que a partir del momento que él escucha que lo buscan ya son rayas las que él escribe, claro, él ya no escribe nada por el temor que él tenía. Eso también me contó un compañero que estaba a la par de él rindiendo, Nadim Neme, que tiene un negocio acá a la vuelta…

P: ¿Había mucha gente rindiendo?

F: Eran muchos los que estaban rindiendo, eran varios (…) Juan fue el último en entregar la hoja, claro, no la quería entregar porque no se quería ir, porque él sabía que lo estaban esperando. A Juan lo agarran en la puerta del aula de donde había rendido, bajan las escaleras y cuando iban en el hall saliendo, nadie sabe decir si eran 2 o 3, con camperas, que nadie sabe decir si llevaban armas o no, claro, porque además nadie los miraba puntualmente a ellos[a los secuestradores], pero se encontraron en el hall con el profesor Francisco Barbieri-murió con un Alzheimer terrible hará como 10 años-, Juan lo mira al profesor y le dice: “profesor haga algo para que no me lleven”. Por supuesto que este hombre no pudo hacer nada y él me contó después: “lo que le ha pasado a Carreras marca un antes y un después en mi vida, porque yo no podía hacer nada, no sabía qué hacer, yo he tenido pesadillas después de eso, he tenido grandes culpas porque creo que algo podría haber hecho. Pero bueno, no he hecho nada”, decía él. Bueno, lo sacan y lo suben al Peugeot ese y nunca más, cuando…”

La desaparición de Juan se dio en un marco represivo mucho más amplio y que como dije abarcó a toda la comunidad universitaria. Lo emblemático de este caso es que muestra la perfecta planificación del esquema represivo organizado desde dentro y fuera de la UNT. Las informaciones que dentro de la propia Universidad elaboraban los dictadores por medio del SSV desde las autoridades mismas, quienes además revestían carácter military, servían para la intervención directa de un operativo. Cuando los grupos de tareas buscaron a Juan Carreras en los meses previos a su secuestro, los represores sabían exactamente a quién buscaban, sus círculos de amistades, sus redes de militancia y socialización, entre otras cuestiones. Asimismo queda demostrado con el caso de los estudiantes del Cuerpo de Delegados de la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia, que las tareas de coordinación y ejecución de la represión fueron planificadas durante los años previos al último asalto del poder de los militares y que el blanco elegido no fue azaroso, siendo militantes o dirigentes estudiantiles involucrados en las luchas por la defense de sus derechos, en concreto y para el caso que nos ocupa, la defense irrestricta del Comedor. Por si no quedaban claros los objetivos de la dictadura no solo se cerraron los canales de expression de la militancia estudiantil sino que hicieron desaparecer a sus dirigentes para, finalmente, cumplir con el objetivo de “aniquilamiento de la subversion”.

Palabras finales

Las evidencias del sistema represivo dictatorial de los 70 se hicieron visibles con los descubrimientos materiales que poco a poco vieron la luz en Tucumán. Uno de los principales hallazgos fue sin dudas el llamado Pozo de Vargas, un profundo pozo de aguas descubierto en una antigua finca propiedad de la familia Vargas en la periferia de la ciudad capital y que fue utilizado durante la última dictadura militar como enterramiento común. En algunos casos se conoce de militantes arrojados allí incluso con vida. Uno de los restos identificados fue el de Juan Carreras, restituido a su familia en 2016 en una ceremonia que “devolvió” a Juan a su Belén natal. La urna funeraria fue depositada en el nicho familiar en el cementerio de Belén. Desde entonces Felicidad pudo comenzar a elaborar el duelo. Lo más significativo es que si bien la negación del horror de los 60/70 fue incluso política de Estado en Tucumán, las evidencias que salieron a la luz, dieron por tierra a las visiones negacionistas del terrorismo de Estado. Junto a los restos de Juan Carreras, fueron ya identificados a la fecha 113 cuerpos arrojados al Pozo de Vargas y quedan unos 40 restos de perfiles distintos por identificar, todos miembros de distintas corrientes políticas y organizaciones combativas del periodo estudiado. Otros testimonios, como el de José Luna narran sus experiencias en el exilio, otros ex militantes hablan de un exilio interior que los ha llevado a distintas experiencias de vida no menos traumáticas. En todo caso, lo que aún resta por indagar son las trayectorias de quienes, una vez finalizada la última dictadura militar, volvieron al activismo o bien se recluyeron de la vida pública. Las conexiones entre la lucha obrero estudiantil durante el onganiato tuvo su correlato represivo durante los años de la transición, incluso en el ascenso de fuerzas políticas que representaban aquel sistema represivo, como el bussismo reconvertido en democrático.

Si bien en los últimos años han aparecido distintas investigaciones que dieron cuenta de los nexos entre una dictadura y otra, y entre las luchas populares y sus consecuentes respuestas represivas estatales y paraestatales, aún quedan pendiente de pesquisar los vínculos, las continuidades y las rupturas entre las luchas en los procesos denominados AZOS y el genocidio que terminó con una generación de militantes y dirigentes obreros y estudiantiles.

*El presente artículo forma parte del libro: 1969. Repensando el ciclo de protestas. Compilado por Mónica Gordillo. 2019, Clacso / UNC

Descarga del libro:

https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/bitstream/CLACSO/15510/1/Repensando-el-ciclo-de-protestas.pdf


[1]Chango es un modismo norteño que significa muchacho.

[2]Belicho es la forma en que llaman a los oriundos de Belén.

[3]A gatas es una expresión que indica apenas o con dificultad.

Resolución del cierre de los comedores del 2 de abril de 1976 por parte de la intervención militar en la Universidad Nacional de Tucumán

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