Le pedimos a la escuela que sea el lugar donde todo sale bien, cuando afuera todo sale mal*

POR EVA FONTDEVILA**

En las últimas semanas se habló mucho sobre adolescentes, en contexto de amenazas anónimas en escuelas. Muchas instituciones de Tucumán se llenaron de policías, se prohibió en algunos casos asistir a clase con mochila y se requisaron las pertenencias de los niños a la entrada.  Hasta se llegó a aprehender a un padre para ejemplificar. Algunos sobreactúan la represión. Vuelve la fantasía de que la amenaza de cárcel frenará la ola. Es posible que dure  un tiempo. Pero el desafío está en el largo plazo y algo quedó claro: los adultos estamos perdidos, no sabemos qué hacer.

Muchos especialistas, operadores del sistema judicial y educativo sugieren que en realidad lo que hace falta es prevención y un abordaje más integral. Algunos se regodearon recordando que el Congreso Nacional definió la baja de la edad de punibilidad y se imaginaron encerrando a chicos y chicas. Pero ese regimen aún no rige. Y tampoco vale para cualquier transgresión.  El juez penal de adolescentes Federico Moeykens escribió una idea convocante: “No se trata de educar bajo el miedo, sino de construir criterio. Un adolescente informado no solo se protege a sí mismo, sino que aprende a respetar los derechos de los demás.” Y agregó que “Como sociedad, el desafío es que la justicia llegue antes en forma de información que en forma de sanción. La prevención es, y siempre será, el camino más efectivo”.

Los chicos deben saber que sus actos tienen consecuencias. Que si algo hace daño o desestabiliza, el argumento de “fue en broma” no es válido. Y que lo que ocurre en el mundo digital tiene huellas en el mundo presencial. Pero no necesariamente responsabilizar es encerrar.

Hace algo más de un mes en San Cristóbal, Santa Fe, un adolescente llevó una escopeta a la escuela. Disparó, mató a otro niño de 13 años e hirió a varios. O sea, en vez de pasar de las amenazas a los actos, pasamos de los actos a la amenazas.

La pregunta es ¿cómo llega un adolescente a cometer un acto tan violento?, ¿qué nos pasó como adultos, como sociedad para que no se haya podido prevenir? ¿qué nos quieren decir los chicos? Los adultos, claramente, no somos referentes para los adolescentes. Hace tiempo que vienen mostrando una salud mental fragil, los niveles de suicidio son angustiantes, y esto es transversal a los sectores sociales. No estamos llegando a su mundo.

Múltiples focos de atención

Sabemos que hay al menos dos frentes urgentes: la familia y la escuela. Es ahí donde los chicos están. Pero también en las redes y en los medios de comunicación.

Por un lado, necesitamos que en los hogares se pueda conversar. Pero ¿Cómo conversan familias estalladas, multi empleadas, agotadas de tratar de llegar a fin de mes? ¿Cómo conversan sobre el mundo digital si no tienen tiempo ni energía?

Urge dejar de subestimar su mundo, dejar de agredirlos con la nostalgia sobre nuestra crianza en la calle, con la bicicleta y la payana…Escuchar, crear contextos seguros para el diálogo y no solo aplaudir las medidas represivas. 

Gabriel Brener, docente, investigador, especialista en educación planteó las cosas de modo claro: “Esto es una alarma, y la alarma tiene que ver con que cuando los pibes escribern va en serio, no vengan,  lo que nos esta demostrando es la alarma que nos están haciendo de una vida sin sentido, sin proyecto y ponen al descubierto a los adultos que estamos mirando para otro lado. Vos podes itnervenir con las fuerzas de seguridad, lo que realmente hay que hacer es trabajar en los colegios, desde un lugar de escucha genuina; es difícil pensar que los chicos van a modificar esto por sí mismos cuando hay un mundo adulto que descuida a sus más viejos, y al mismo tiempo se hace el distraído y parece no sentirse interpelado por los más jóvenes”

La política, lo público y la violencia

Lo que los chicos ven todos los días en casa, escuela, calle, medios, redes sociales, es que naturalizamos un mundo adulto violento; la política es terreno de operaciones, carpetazos y aprietes, golpes e insultos; y sin embargo esperamos que los chicos sean ejemplo de conducta.

Clara Barbosa, presidenta del Centro de Estudiantes del colegio Carlos Pellegrini, invitada al programa de Fernando Borronilo dijo claramente: “¿Qué vemos en las redes sociales? Un presidente que sale a revolear una motosierra, que promueve la libre portacion de armas en camapaña, que se refiere a los periodistas como ensobrados y a los pibes y pibas con síndrome de down como mogólicos, ver todo eso en las redes sociales promueve la violencia en los jóvenes y necesitamos evitar esas situaciones”.

En Argentina y el mundo la política está absolutamente judicializada, los adultos no sabemos conversar para resolver conflictos, la arena institucional está llena de enfrentamientos personales, agresiones, castigo y persecución al que piensa distinto. El presidente cierra la sala de prensa de la Casa Rosada por priemra vez en 43 años de democracia. Se insulta y denigra desde el poder pero pretendemos que en la escuela pase lo contrario.

¿Qué podemos esperar de la escuela en este tema?

La escuela es central en nuestra cultura y es orgullo nacional. Pero también es donde estallan todos los conflictos. Muchas veces las familias esperan que allí se pongan límites que son difíciles en la casa; o que se enseñen cosas que no nos animamos a hablar; o incluso que NO se enseñen cosas que pensamos que son soberanía de la familia.

A la escuela se le exige calidad académica, que sea inclusiva en situaciones de neuro divergencias, dificultades de aprendizaje, discapacidad, entre otras situaciones. También se exige que enseñe educación vial, educación ambiental, RCP, alimentación saludable, cuidado de la salud bucal, inteligencia artificial, moral, valores,  y al mismo tiempo que detecten riesgos, abusos, violencia, que haga seguimiento, que estimule a los chicos a ser emprendedores. En esa proliferación de exigencias navegan los docentes, directivos, padres, profesionales de salud mental y trabajo social, y los propios chicos.

Hay una mirada muy fuerte sobre la escuela, lo cual habla de que la sociedad argentina tiene mucho orgullo de su sistema de educación, porque de hecho somos un país que en ese sentido llevamos  décadas de muy bajo analfabetismo, porque construimos en la escuela un lugar sagrado.

Sin embargo, le estamos pidiendo a la escuela que sea un lugar donde todo sale bien, cuando afuera de la escuela todo sale mal. La realidad es que están llegando los chicos y las chicas en situaciones de mucha afectación de salud mental. 

Esa alerta es un llamado para toda la sociedad a pensar qué está pasando con los niños, con los adolescentes. Por un lado, hay mucha presión sobre los jóvenes, y por otro lado, muchas dificultades de los adultos para hacernos cargo de todo lo que les pasa. Es muy complejo que un docente pueda detectar todo lo que les está sucediendo.

Primero, las condiciones en las que se estudia, por situaciones edilicias, de cantidad de chicos, por lo salarial,  las condiciones en las que trabajan los docentes. Un docente de Buenos Aires contó en una entrevista radial que trabaja en dos escuelas del conurbano bonaerese y que mientras va de una escuela a la otra conduce su auto con la aplicación de Uber para completar el salario con viajes que lo llevan geográficamente hacia la otra escuela. 

Es evidente que un docente cuando está yendo a la escuela tiene que estar pensando qué va a enseñar, tiene que estar relajado, tranquilo. Si hay docentes detonados, familias detonadas, chicos y chicas detonadas, es muy difícil que no emerjan estas situaciones de violencia.

Es muy shockeante que estos hechos sucedan en una escuela, tal vez más shockeante que si sucediera en una plaza o en un estadio de fútbol, porque la escuela es el lugar en el que esperamos que salga todo bien y se formen ciudadanos. Ese era el mito original de la escuela pública en la Argentina.

Bullying y redes 

Cuando estos hechos traumáticos ocurren, nos desesperamos por encontrar el culpable. Hay un reflejo de buscar si el agresor antes fue víctima de acoso o maltrato. Luego sale indagar si pertenecía a redes de la internet profunda o jugaba juegos violentos en red.

A pesar de que en muchas familias se habla con mayor apertura sobre temas reprimidos, aún hay un montón de chicos y chicas que no encuentran la manera de contar lo que les pasa. Hay más apertura, incluso de los docentes, de los directivos para escuchar situaciones, pero también hay un nivel de complejidad mayor a lo que era la vida social unas décadas atrás. 

Si bien es cierto que las generaciones anteriores habitábamos más la calle, hoy vivimos en un mundo más complejo. Por ejemplo, todo el mundo tecnológico, pero no solo por el hecho de que los chicos y las chicas están encerrados en sus habitaciones y nosotros no sabemos muy bien qué están haciendo, porque además es mucho trabajo para los padres. 

El mundo adulto, por un lado, les está diciendo a los chicos que ser exitoso es tener plata, que apostar es mejor que ganar el dinero  trabajando, teniendo un salario en blanco, teniendo un empleo estable; esas categorías no funcionan porque la gente no encuentra trabajos estables y la especulación es superviviencia. Todo el mundo tiene que estar especulando permanentemente con hacer una diferencia con la plata, poniéndola en una billetera virtual y en la otra. 

Los chicos escuchan esa realidad, la viven. Tienen un nivel de demanda alto sobre tener determinado celular, por ejemplo. Necesitan tener datos, necesitan pertenecer a ciertas redes. No son ajenos los datos de que sube la tasa en el deudamiento de las familias que no pueden ni pagar la tarjeta, ni las cuotas. Tampoco está escindido del hecho de que al llegar a casa nos cueste mucho sentarnos con un hijo a entender Roblox. Los adultos en el mejor de los casos tratan de comprender el mundo en el que se mueven los chicos, pero es complejo, es mucho trabajo, es mucha presión emocional tanto para los chicos como para los grandes. 

Entonces, no hay un culpable de que un chico vaya armado a la escuela, pero que vaya armado es grave como emergente social, más allá de culparlo a uno, o de la fantasía morbosa que se hacen algunos de “hay que encerrarlo, tiene que pagar por esto”. Ninguna resolución punitiva va a solucionarlo. Puede ser que algún chico reflexione y diga “uy, bueno, hacer esto puede tener consecuencias”, pero realmente está bastante demostrado cuando las cosas colapsan no hay una herramienta que las resuelva. Muchos adultos se quedan tranquilos pensando que hay una frontera imaginaria, entre nosotros y ellos. Entonces yo me siento normal, me siento que soy honesto, que no soy delincuente, y del otro lado está él que es el delincuente, que es el vago, el que no produce, el que tiene que ser encerrado.

Lo que hay que hacer es fortalecer los espacios de diálogo familiar, y en las escuelas los equipos que se ocupan de estas cuestiones tienen que tener muchos recursos, porque no se hace solamente con voluntarismo, no es que tiene que ser el profe piola que tenga ganas de escucharlo, sino que tiene que haber una estructura que lo respalde. Pero eso requiere que la provincia también tenga un presupuesto adecuado y que no sea extorsionada permanentemente por el gobierno nacional. Tiene que ser una provincia o un país donde haya empleo estable para los padres, donde un joven de 18 años, sale de la escuela, en el mejor de los casos, y dice, ¿qué voy a hacer yo de mi vida? Si es más rentable poner plata en una billetera virtual que tener un trabajo porque me cuesta encontrarlo. A veces las soluciones que parecen simples no dan respuesta para temas tan complicados.

*Publicamos este artículo en colaboración con la Agencia ANITA

**Eva Fontdevila es docente en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Tucumán y directora de la misma carrera.

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