POR CAMILA NARVAJA & MARTÍN MEDINA
Gaspar Ramírez formó parte del equipo que desarrolló un satélite validado bajo estándares de la NASA. Su recorrido desde la educación pública hasta una misión internacional refleja el potencial de la ciencia argentina, el trabajo de las universidades nacionales y el valor estratégico de la inversión en tecnología.
Desde un aula del Instituto Técnico de la UNT hasta una misión vinculada al programa Artemis de la NASA (la agencia aeroespacial de Estados Unidos), la historia de Gaspar Ramírez resume el recorrido de muchos jóvenes argentinos que encontraron en la universidad pública una puerta hacia la ciencia y la tecnología de primer nivel.
“De chico me gustaba la ingeniería y el aeromodelismo. Hice el secundario en el Técnico, y después decidí estudiar Ingeniería Aeronáutica en La Plata”, cuenta Gaspar.
Hoy, como estudiante de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Ramírez forma parte del equipo del Centro Tecnológico Aeroespacial (CTA) que participó en el desarrollo de ATENEA, un pequeño satélite argentino seleccionado por la NASA en una convocatoria en la que participaron más de 50 países. El proyecto se convirtió en un hito para la ingeniería nacional: el satélite logró funcionar correctamente en el espacio y validar tecnología desarrollada en universidades públicas argentinas.
Un proyecto argentino en una misión internacional
El proyecto nació cuando la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), conocida muchas veces como la “NASA argentina”, fue seleccionada para participar de una misión internacional vinculada al programa Artemis ll, en la misión de la NASA que buscaba volver a llevar astronautas a la Luna.
El Centro Tecnológico Aeroespacial de la UNLP fue convocado debido a su experiencia en el desarrollo de satélites de pequeño tamaño. Allí, un equipo reducido de menos de diez personas trabajó contrarreloj para fabricar la estructura y realizar la integración del satélite.
Ramírez tuvo un rol clave dentro del proceso. “Me encargué de fabricar la estructura y otros componentes del satélite. Trabajé junto al diseñador en el desarrollo fino, en la compra de materiales, herramientas y también en la programación de las máquinas de control numérico para fabricar las piezas”, explicó.
Además, participó del diseño de integración, una etapa que define cómo ensamblar todos los sistemas del satélite. “Es como armar un rompecabezas”, resume.
El trabajo fue articulado entre distintas instituciones públicas. Participaron la UNLP, la Universidad de Buenos Aires (UBA), la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y distintos laboratorios especializados. El proyecto también contó con el respaldo del sistema científico argentino y de organismos vinculados a la investigación tecnológica.
Ocho meses para lograr lo imposible
Uno de los mayores desafíos fue el tiempo. Mientras que este tipo de desarrollos suelen demandar años, el equipo argentino tuvo apenas ocho meses para completar el satélite.
“Fue una carrera a contrarreloj. No podíamos fallar porque cualquier problema podía significar la cancelación del proyecto”, recuerda Ramírez.
La misión tenía un objetivo concreto: enviar el satélite a una órbita lejana para medir radiación, probar sistemas de telecomunicaciones y analizar el comportamiento del equipamiento en un entorno extremo. Aunque la vida útil prevista era de apenas 20 horas, el satélite logró cumplir con todos los objetivos establecidos. El momento más esperado llegó cuando, tras el lanzamiento, el dispositivo logró desplegarse y comunicarse correctamente.
“Ahí llegó la felicidad total. Supimos que funcionaba”, cuenta.
Según nos explica el equipo argentino logró captar desde la Tierra las señales emitidas por el satélite —de un tamaño similar al de una caja de zapatos— mientras operaba a unos 70.000 kilómetros de distancia.
Ciencia pública y talento argentino
Para Gaspar, el proyecto demuestra el potencial de la educación pública y del sistema científico nacional, “la universidad pública es fundamental. Tiene una calidad de enseñanza enorme y brinda herramientas increíbles. Poder participar en la construcción de un satélite que iba a llegar a la NASA es algo que en otro contexto sería extremadamente caro”.
El logro adquiere todavía más relevancia en un contexto de incertidumbre para el financiamiento científico y tecnológico en Argentina. Durante los últimos años, distintos sectores vinculados a la investigación, las universidades y organismos como el CONICET advirtieron sobre la reducción de recursos destinados al desarrollo científico. En ese escenario, experiencias como la del satélite argentino muestran el impacto concreto que tienen la inversión pública, la formación universitaria y la articulación entre ciencia y tecnología.
“Siento que la carrera aeroespacial en Argentina está un poco estancada por la falta de financiamiento. Hace algunos años hubo un boom de desarrollo y creación de empresas, pero hoy el sector atraviesa dificultades”, reconoce.
Un mensaje para las nuevas generaciones
A pesar de las dificultades, Gaspar insiste en la importancia de seguir apostando a la formación y al conocimiento. “A los chicos les digo que estudien y se muevan. No hace falta limitarse pensando que solo existe una carrera o una ciudad. Hay muchas formas de llegar al sector espacial”, afirma.
Incluso remarca que no es necesario ser ingeniero aeroespacial para trabajar en esta industria. “Nuestro jefe, Facundo Paskevich, es ingeniero mecánico. Lo importante es formarse y buscar oportunidades”, explica.
Hoy, mientras continúa trabajando en nuevos proyectos dentro del CTA, Gaspar todavía intenta dimensionar lo que significó participar de una misión espacial vinculada a la NASA. “A veces no termino de caer en la cuenta de que yo hice parte de lo que está ahí arriba. Que hubo decisiones mías en una misión de Artemis. Es algo muy raro y emocionante”.
Una historia que también habla de Tucumán
La historia de Gaspar Ramírez no representa solamente un logro personal. También pone en evidencia lo que pueden generar la educación pública, las universidades nacionales y el sistema científico argentino cuando existen oportunidades, formación y acompañamiento estatal.
Desde Tucumán, su recorrido refleja el camino de muchos jóvenes que encuentran en la escuela y en la universidad pública la posibilidad de acceder a espacios que, de otra manera, serían imposibles. Y detrás de eso hubo años de formación, trabajo técnico y equipos argentinos capaces de integrarse a uno de los escenarios científicos más exigentes del mundo.
El satélite ATENEA no fue solamente un avance científico. Fue también la demostración de que, incluso en escenarios adversos, la ciencia argentina sigue siendo capaz de generar desarrollos de nivel internacional. Y de que detrás de cada lanzamiento, cada investigación y cada innovación, hay jóvenes que se formaron en aulas públicas y decidieron apostar por hacer ciencia en Argentina.




