POR GUADALUPE SÁNCHEZ
En los últimos días corrieron muchos rumores y noticias reales. La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán se vio envuelta en un conflicto en donde un alumno, ayudante de cátedra y dirigente político del Centro de Estudiantes, utilizaba las cuentas de mail de las alumnas para tener acceso a sus datos. El fin de todo esto sería entrar a sus galerías de fotos. Quizás para encontrar imágenes íntimas y difundirlas, quizás para venderlas, quizás para operar perversamente. Nadie sabe exactamente para qué.
Las reacciones han sido diversas: enojo por parte de las alumnas, odio, asco, rechazo, discusiones, denuncias, peleas, entre muchas más. Este revuelo que está surgiendo en la facultad demuestra todas las problemáticas que persisten.
No sólo se trata de que un perverso accedía a nuestros datos; no sólo se trata de las incontables veces que vienen a mi mente los momentos en los que hice trámites en la sede de la Bolívar, el centro de estudiantes, y dejé allí mi Gmail. No sólo se trata que compañeras toquen la puerta del departamento de género y que les digan que vuelvan el miércoles siguiente porque ya estaban cerrando. Ni tampoco se trata de caminar de noche en la facultad y tener miedo que te pase algo dentro de un lugar en donde deberíamos estar resguardadas.
Se trata de un sistema que no funciona, de un sistema que no tiene los métodos para resguardarnos, para cuidarnos ni menos para acompañarnos. Todo se ha vuelto una cuestión política en la que “soy el representante de la universidad, pero solo estoy para volver a serlo y nunca dejar de serlo”.
No se trabaja en verdaderas reformas ni en prácticas preventivas porque implica un movimiento y una gestión, un verdadero trabajo. En lugar de tomar mate en la oficina las tres veces a la semana en las que se acude al supuesto sitio laboral.
Tampoco es una cuestión de tener que hacer fila en Mesa de Entradas para que te respondan lo mismo que a todos los alumnos: “volvé mañana”. Ningún trámite es inmediato, nada es de fácil acceso y ni hablar de recibir soluciones o respuestas.
Lo que está pasando en la Facultad de Filosofía y Letras no se limita a un hecho aislado, aunque la gravedad del caso de acoso de este sujeto hacia sus compañeras nos obligue a exigir respuestas inmediatas. Este drama es el síntoma de una institución que funciona mal desde su raíz. Y no se trata solo de una cuestión de presupuesto: señores, consulten cómo funcionaba la administración y el reparto de cargos hace diez años. La impunidad con la que se mueven algunos responde a un desmanejo estructural.
No es solo una cuestión de género. Es de todo lo que no funciona y de las cosas que no se cumplen. El problema no es la universidad pública en sí misma, sino cómo responde su administración y los propios resortes institucionales de la Facultad de Filosofía y Letras. Porque en vez de desarmar los discursos que hoy circulan desde el gobierno actual para desprestigiar a la educación pública, la inacción de la propia gestión y las cuestiones internas terminan alimentando esos relatos.
Un gran ejemplo es el perverso caso de un estudiante, ayudante y dirigente que se hacía llamar compañero, aliado y se colgaba una bandera de defensa de todos los tipos de derechos que al final terminó infringiendo todos y cada uno. No nos hagamos los bobos. La cuestión de la universidad no puede solo remontarse a las faltas de presupuesto. Siguen vigentes prácticas ante las que muchas veces elegimos hacer oídos sordos para no trabajar en las problemáticas.
Porque seguramente “La Bolívar”, el centro de estudiantes de la facultad, no tuvo la culpa, pero habrá cosas que, como representantes de toda una facultad, tendrá que revisar. También nosotras como mujeres que, en vez de adjudicar la única culpa al verdadero culpable, perdemos el tiempo en apuntar a las dirigentes mujeres. Y además, de cara a los representantes institucionales, notar que hay muchas fisuras, grietas y problemas que ni siquiera intentan, al menos, parchar.
Como estudiantes, docentes, trabajadores o simplemente audiencia, tenemos la responsabilidad de no quedarnos quietos ante estas situaciones. Es hora de actuar, de salir del lugar de comodidad, de exigir, convocar, insistir y luchar.
No sigamos alimentando discursos que nos desprestigian por el simple hecho de quedarnos quietos.