POR BENJAMÍN VARGAS
En un nuevo aniversario del golpe de 1966, conocemos la historia de José Arturo Carranza, trabajador que vivió en carne propia el cierre de los ingenios.
Este año 2026 se cumplen nada menos que sesenta años del cierre de los ingenios azucareros en Tucumán. En aquel momento, se había concretado un golpe de Estado que derrocó al presidente Arturo Illia en favor de una dictadura militar, con el general Juan Carlos Onganía al mando del Poder Ejecutivo nacional, que impulsaba un régimen de “equilibrio económico” basado en un fuerte ajuste, congelación de salarios y cierre de fábricas e industria nacional en favor de empresas extranjeras y de la importación masiva de productos.
En Tucumán, la producción y exportación de azúcar era lo que movía gran parte de la economía en la provincia, y daba empleo a muchísimas personas directa o indirectamente. José Arturo Carranza fue uno de esos trabajadores. Comenzó a trabajar en la industria azucarera a la corta edad de siete años: “Comencé trabajando en los cercos, cosechando la caña de azúcar. Mi abuelo y mi tío me llevaban en principio para no quedarme solo en casa, pero ahí empecé a trabajar, que para mí era como un juego de apilar cañas”.
Carranza cuenta que vivía junto a sus padres, abuelos y hermanos en un conventillo junto con varias familias de obreros que también trabajaban en el cerco y en el ingenio, y la rutina laboral era dura: “A la edad de doce o trece años, nos levantábamos a las tres de la mañana a cosechar la caña y cargarla en los carros para que la llevaran a los ingenios. Por tanda cargábamos entre treinta y cuarenta kilos de caña y terminábamos siempre a las seis o siete de la tarde”. Al volver a casa, recuerda había que compartir el agua para limpiarse y muchas veces la comida escaseaba, por lo que la mayoría de días la cena era un mate cocido: “Si quedaba del mediodía, comíamos algo, sino era un mate cocido hasta el otro día, o hasta que nos pagaran, que en ese tiempo nos pagaban con vales de comida”.
También recuerda que al durar solo tres meses la época de cosecha, familias completas iban a trabajar a la zafra, como padres, madre, hijos e hijas. A pesar de lo dura que era la vida laboral de trabajar en la industria del azúcar, Carranza se mantuvo en el rubro durante años, pasando de ser cosechero de caña a conductor de camiones. Pero todo cambió el 22 de agosto de 1966. Para entonces, varios ingenios de producción de azúcar sufrían graves problemas de arrastre, potenciados por la sobreproducción de la zafra de ese año, y varios de ellos contaban con deudas con el Estado nacional y provincial. Este fue el argumento del gobierno de Onganía para decretar la intervención de siete ingenios tucumanos. El ministro de Economía, Néstor Salimei, afirmó que esos ingenios ya no podían subsistir y que los intervendrían para que “ningún obrero quedase sin trabajo y sin sueldo”. Sin embargo, el gobierno nunca cumplió su palabra, y en lugar de ello, implementó un plan de diversificación productiva llamado “Operativo Tucumán”, un plan económico que provocó el cierre de once ingenios azucareros en total entre 1966 y 1968. El cierre masivo provocó que cerca de 50 mil personas se quedaran sin empleo, además de la migración masiva de más de 200 mil hacia los sitios urbanos de la provincia o directamente tuvieron que ir a buscar suerte en otras provincias.
Carranza recuerda, entre lágrimas, el día que se anunció la medida del cierre de los ingenios: “Fue algo muy triste. Los ingenios eran parte de la vida de mucha gente que sabíamos que con eso se iban a ir. Acá se luchó mucho para que no se cierren, imaginate que fue muy duro para alguien que solo sabía cortar caña. Muchas familias tuvieron que vender sus fincas ya que con el cierre de los ingenios no había a quien venderle la caña. La gente lloraba, porque sentían que les habían quitado lo poco que tenían”. Cuenta también que tuvo que irse a buscar suerte en Buenos Aires: “Yo tenía dieciocho años recién cumplidos. Me fui un año a trabajar en la cosecha de choclo en Pergamino. Cuando llegué me mandaron con tres personas más a una habitación 4×4 sin camas, por lo que agarramos un montón de paja del campo y la tiramos al piso para no dormir en el frío del suelo. Estuve ahí un año y volví”, recuerda y agrega: “tuve la suerte que a mí me fue dentro de todo bien, tuve trabajo pago, pero hay gente a la que no le fue bien. Gente que se fue de Tucumán y terminó volviendo porque no encontraba trabajo en otro lado, eso fue muy duro”.
Este es solo uno de los muchos testimonios de lo que fue el cierre de los ingenios azucareros en la provincia, la considerada tragedia social y económica más grande de la historia tucumana, impulsora del tucumanazo de 1969 y 1972 que reconfiguró para siempre el tejido social de la provincia, dejando una herida que seis décadas después aún no ha cicatrizado completamente.