POR GABRIELA SALVATIERRA, CAMILA NARVAJA & MARTÍN MEDINA
Era una tarde de entrenamiento. Las jugadoras de All Boys acababan de llegar al club y se preparaban para comenzar la práctica. Martina Salazar, de 18 años, 4 años practicando voley, ojos chocolate, pelo largo castaño con mechas rubias,atado en un rodete, escuchaba las conversaciones habituales de sus compañeras mientras acomodaba sus cosas. Había esperado mucho tiempo para llegar a ese momento de su vida: competir oficialmente, compartir equipo con amigas y demostrar en la cancha todo lo que había aprendido durante años de entrenamiento.
Pero aquella tarde, en abril de 2026, algo cambió.
Mientras se preparaba para entrenar, escuchó a su entrenador discutir por mensajes con otra persona. La conversación parecía tensa. Cuando terminó, reunió al grupo y comunicó una noticia que cayó como un golpe inesperado: Martina no podría seguir jugando la Liga Cruzalteña.
La explicación era que existía un problema con sus datos personales. Personas vinculadas a la organización del torneo habían revisado información de sus registros digitales y cuestionaban su participación. Lo que había comenzado como una jornada deportiva terminó convirtiéndose en un conflicto que, para ella, poco tenía que ver con el vóley.
A sus 18 años, Martina es estudiante secundaria, vive en San Miguel de Tucumán y lleva casi cuatro años jugando al vóley. Fuera de la cancha se define como una persona tranquila. Le gusta el teatro, el maquillaje y compartir tiempo con sus amistades. Pero hay algo que ocupa un lugar especial en su vida: el deporte.
Su historia en el vóley comenzó en la escuela y en equipos barriales. Como muchas jugadoras, empezó aprendiendo los fundamentos más básicos: el pase, el saque, los movimientos dentro de la cancha. Con el tiempo fue descubriendo que aquello que había comenzado como una actividad recreativa se transformaba en un proyecto personal.
“Ya tenía planificado lo que iba a hacer al año siguiente, empezar seriamente el vóley”, recuerda.
Con los años comenzó a entrenar con mayor dedicación, a informarse sobre el deporte y a formarse como jugadora. Entre 2024 y 2025 decidió dar un paso más y sumarse a un club. Su objetivo era claro: primero aprender, después competir.
Lo logró.
Actualmente participa en torneos federados y juega tanto en All Boys como en La Plaza Vóley. En uno encuentra entrenamiento constante; en el otro, compañeras y oportunidades de competencia. Llegar a ese punto representaba una meta cumplida después de años de preparación.
Sin embargo, el camino no estuvo libre de obstáculos.
Antes de obtener su nuevo DNI, Martina ya había enfrentado dificultades para participar en competencias. Quería jugar una liga amateur junto a Alto Vóley, pero los trámites de actualización de su documentación complicaron la situación. Aun así, encontró otras oportunidades.
Un grupo de amigas la convocó para integrar un equipo llamado Golden Phoenix. Gracias a contactos con la organización pudieron competir sin inconvenientes. Llegaron hasta los cuartos de final y, según recuerda, nunca hubo cuestionamientos sobre su participación. Incluso una de sus compañeras atravesaba una situación similar.
Su nuevo DNI llegó en diciembre de 2025. Para Martina, aquel documento representaba mucho más que una actualización administrativa. Era la posibilidad de competir con normalidad y dejar atrás conflictos anteriores.
Por eso la situación que vivió meses después en la Liga Cruzalteña resultó especialmente dolorosa.
El conflicto comenzó durante una jornada de la categoría Sub 18. All Boys enfrentaba a Mutual Lastenia cuando algunos padres de jugadoras rivales cuestionaron su presencia en la cancha. Según relata Martina, los reclamos aparecieron después del partido, cuando ya había terminado de jugar.
“¿Por qué este hombre juega en esta categoría?”, recuerda que dijeron.
Hasta ese momento, nadie le había impedido competir. Había disputado encuentros con normalidad y no había recibido observaciones por parte de los árbitros ni de la organización. Sin embargo, tras aquella jornada comenzaron los cuestionamientos.
Martina sostiene que los reclamos continuaron fuera de la cancha y llegaron a las autoridades del torneo. Poco después recibió la noticia de que ya no podría participar.
Lo que más le llamó la atención fue que las explicaciones nunca llegaron directamente.
Intentó comunicarse con Daniel Reyes, organizador de la Liga Cruzalteña, para explicar su situación y ofrecer la documentación legal correspondiente emitida por organismos oficiales. Quería mostrar los papeles que acreditaban su identidad y aclarar cualquier duda administrativa.
Nunca obtuvo respuesta.
“Yo le mandé mensaje esa misma noche y nunca me contestó”, cuenta.
Según Martina, al principio las autoridades parecían comprender su situación. Con el paso de los días, esa postura cambió. En las explicaciones que recibió aparecieron referencias a su condición física y a sus capacidades deportivas, argumentos que para ella reforzaban los cuestionamientos realizados por algunos padres.
Por eso está convencida de que el problema excedió cualquier cuestión administrativa.
“Esto es más personal que legal”, afirma.
La situación le resultó especialmente difícil porque la Liga Cruzalteña representaba algo más que una competencia. Allí jugaba con amigas y compañeras que la habían convocado cuando supieron que ya tenía toda su documentación actualizada.
“Me dijeron: ‘Martina, te necesitamos’”, recuerda.
La exclusión significó perder la posibilidad de compartir la temporada con ellas.
Aun así, encontró apoyo dentro del deporte.
Su entrenador y sus compañeras la respaldaron desde el primer momento. También recibió muestras de acompañamiento de otros equipos, entre ellos Los Ralos, tanto en categorías juveniles como formativas. Las jugadoras de La Plaza Vóley incluso realizaron publicaciones en redes sociales expresando su apoyo.
Mientras tanto, Martina continuó compitiendo en federación, donde asegura que no ha tenido problemas. Allí las categorías presentan rangos de edad más amplios y su participación transcurre con normalidad.
Fuera de las canchas, comenzó además un proceso legal junto a un abogado vinculado a una organización de acompañamiento a familias trans.
La experiencia dejó marcas, pero no modificó sus objetivos.
Cuando le preguntan qué les diría a otras chicas trans que quieren comenzar a jugar, su respuesta combina prudencia y perseverancia: recomienda mantener la documentación al día, seguir entrenando y prepararse para competir cuando llegue el momento.
También asegura que, si algún día recibe disculpas de quienes tomaron la decisión de excluirla, podría volver a participar.
“Perdono, pero no olvido”, dice.
No lo plantea como una revancha personal. Lo dice porque la liga representaba algo importante para ella. Era la posibilidad de jugar junto a sus amigas, de seguir creciendo como deportista y de disfrutar un deporte que la acompaña desde hace años.
Martina continúa entrenando. Sigue jugando. Sigue compitiendo.
Porque después de todo, el vóley nunca fue solamente una cancha o un torneo. Fue el proyecto que construyó durante años, el espacio donde encontró amistades y el sueño que se propuso alcanzar cuando apenas estaba aprendiendo a dar sus primeros pases.
Y es justamente por eso que, aunque le hayan cerrado una puerta, todavía sigue buscando la próxima red del otro lado de la cancha. Cada punto de Martina vale doble.


