“Lastenia ha sido todo para mí”

POR ROCÍO BORRÁS

En septiembre de 1966, el cierre del Ingenio Lastenia decretado por Juan Carlos Onganía asfixió a un pueblo que no supo cómo protestar. A través de los recuerdos de Julio Olmos, hijo de obreros azucareros, se reconstruye el dolor del éxodo, la lucha contra la contaminación de una fundición de plomo y la silenciosa resiliencia de una comunidad que se niega a desaparecer. 

El aire huele a melaza, pero el ruido de las máquinas que debería ensordecer al pueblo no está. Es una mañana de septiembre de 1966, plena zafra en Lastenia, a ocho kilómetros de la capital tucumana. Un canillita de la familia Roldán pedalea apurado, frena en seco su bicicleta en una esquina y le grita a un vecino madrugador que acaba de asomarse a la vereda:

-¡Don Pereira, ya está tomado el ingenio!

Ese fue el fin. Un final sin disparos ni estruendos, ejecutado por el candado militar del dictador Juan Carlos Onganía.

A sesenta años de aquella mañana, Julio Olmos, hijo de obreros azucareros y exconcejal, viaja al pasado desde el living de su casa. Recuerda el letargo, la sumisión inexplicable. “Lastenia es un pueblo muy atípico. Es como si le dieran un mazazo y se queda quieto ahí”, dice. Ni cuando se quedaron sin agua, ni cuando cortaron el transporte, ni cuando cerraron el trapiche hubo revueltas. El silencio de Lastenia fue su herida más honda. 

1960

Antes del mazazo, el ingenio era un “Estado paralelo y benefactor”. La vida orbitaba alrededor de sus chimeneas. El padre de Julio, Alberto Amadeo Olmos, no era un obrero más. Cobraba un extra por una tarea de vértigo: trepar los ladrillos de la inmensa chimenea principal para cambiar los focos rojos que advertían a los helicópteros en la noche. Su madre cocinaba en el lujoso chalet de la administración bajo las órdenes estrictas de la señora Isabel Castro.

Luz, agua, atención médica. Todo era provisto por la Compañía. Pero el verdadero pulso del pueblo latía en el Club Social y Deportivo. Los fines de semana, los obreros azucareros llegaban de pantalón de vestir y zapatos lustrados para bailar en la pista redonda. Tenían una pileta olímpica tan majestuosa que el mismísimo equipo tucumano de natación viajaba hasta allí para entrenar de cara a los torneos nacionales.

De un día para el otro, todo eso desapareció.

La indignación del desempleo empujó al éxodo. Muchos, como Alberto Olmos en 1969, armaron un bolso y partieron hacia Buenos Aires. Otros fueron arriados por el cínico “Operativo Tucumán”, que reubicó a los azucareros como camilleros en los hospitales Padilla y Avellaneda o como peones abriendo rutas.

El dolor del cierre tuvo su clímax humillante en una cancha de fútbol. El equipo de Lastenia viajó a jugar el clásico contra el ingenio San Juan, una fábrica que había logrado salvarse de la guillotina de Onganía. Cuando los once jugadores de Lastenia pisaron el pasto, no hubo silbidos. Hubo algo peor. Los hinchas rivales abrieron bolsas de arpillera y les tiraron pedazos de pan.

-Significaba que eran unos muertos de hambre. Los de Lastenia, que se habían quedado sin ingenio. -recuerda Julio hoy.

1970

Años 70. Las chimeneas apagadas encuentran una segunda y tóxica vida. El inmenso predio es arrendado y convertido en una fundición de plomo. Lo que parecía un alivio laboral, apenas para un centenar de empleados, se volvió un veneno invisible.

El plomo fundido despide gases. El sulfuro de azufre vuela, hace una parábola térmica y cae mansamente en un radio de 400 metros a la redonda. Afecta especialmente la zona que va hacia Pacará. A los vecinos la piel se les torna de un color grisáceo pálido, un síntoma inequívoco del saturnismo.

Los dueños de la planta saben lo que hacen. Cuando hay inspecciones, boicotean los peritajes tapando los medidores con papel aluminio. Hasta que investigadores de la Universidad deciden esconder los testigos de medición dentro de las casas de los vecinos. La trampa queda al descubierto y el Sistema Provincial de Salud (Siprosa) exige el cierre inmediato de la planta.

Es 1978. El dictamen final cae en manos del Concejo Deliberante local, donde Julio Olmos tiene una banca.

La tensión se respira en la oficina. El presidente del cuerpo le da una orden al portero: -Cerrá la puerta con llave. Que no entre nadie.

Adentro están los doce concejales y el administrador de la fundición, un hombre de apellido Murillo. Trae un maletín grueso, pesado. Murillo, acorralado por el informe sanitario, se pone rojo de ira. -Esto no es lo que yo he tratado con el intendente y cinco concejales- dispara.

Nadie dice nada. No da nombres. El “Curita” Martín, uno de los ediles, clava los ojos en Julio. Julio le sostiene la mirada y niega con la cabeza. No hay trato.

Desesperado, Murillo toma el maletín y lo abre. Lo vuelca a medias, a propósito, para que el cuero ceda y todos vean los fajos. Son 5.000 pesos de la época para cada uno. El precio exacto por dejar que Lastenia siga respirando plomo.

Nadie agarra el dinero. Murillo cierra el maletín de golpe, pide a los gritos que le abran la puerta y pega un portazo. La fundición es clausurada.

Ese mismo impulso de resistencia silenciosa pero firme llevó a un grupo de vecinos a luchar durante una década para conseguir en 1987 la creación de la Escuela Técnica local, rescatando un expediente olvidado en los cajones de los ministerios porteños y llegando a alquilar el primer edificio con dinero de sus propios bolsillos. El propio Julio Olmos firmó aquel primer contrato de alquiler y lo pagó durante seis meses para que las clases pudieran comenzar.

2000

Las ruinas hoy son otra cosa. En el año 2000, una escribana llamada Beatriz Tula compró el terreno para hacer un loteo, pero al caminar entre los hierros retorcidos sintió que el esqueleto del ingenio le hablaba. Lo invirtió todo en crear el Ingenio de las Artes. Transformó el pabellón de los solteros y los salones inmensos en galerías para escultores y talleres de danza.

Cada 22 de agosto, el silencio del pueblo se rompe. Los vecinos de Lastenia salen a la calle en la “Marcha de las Antorchas”, caminando en la noche para abrazar la memoria de su historia mutilada.

Julio ya no es aquel niño que los sábados pescaba mojarritas en el canal por donde escurría la melaza. Ahora es un hombre que pelea por la municipalización de su tierra, para que Lastenia deje de depender administrativamente de la municipalidad y maneje su propio presupuesto.

“Lastenia ha sido todo para mí”, dice con aire de nostalgia. 

Casi sesenta años después del mazazo, el trapiche sigue dormido. Pero el pueblo de los muertos de hambre, el que escupió el plomo y fundó su propia escuela, por fin está aprendiendo a hablar.

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