La identidad normalina no entra en el presupuesto educativo ni en el reglamento ministerial

POR MILAGROS PEREYRA, CARLA RAMEAU & LARA SOTELO

La Escuela Normal de Tucumán es una institución que, desde hace 20 años, se caracteriza por no permanecer en silencio frente a las problemáticas que atraviesan a la comunidad educativa, destacando de esta manera uno de sus rasgos más importantes: la participación estudiantil. Los estudiantes fueron los protagonistas de numerosas manifestaciones, en las que reclamaban por mejoras edilicias, condiciones dignas para estudiar y la defensa de la educación pública. Éstas han sido parte de su historia pasada y reciente. Las protestas que ocurrieron en el 2007, 2019 y este año, no son hechos aislados, sino que cada una de ellas son demostraciones de la identidad normalina.

El payaso malvado del pasado vuelve a aparecer

En 2007, la comunidad educativa de la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi atravesó uno de los momentos más significativos de su historia. Ese año, desde el Ministerio de Educación se impulsó una reestructuración institucional que proponía dividir los cuatro niveles educativos de la escuela y eliminar la figura del rector, históricamente encargada de articular y dar unidad a todo el sistema.

La propuesta generó una rápida reacción entre los estudiantes. Según recuerda quien entonces era secretaria general del Centro de Estudiantes, Alejandra Guasch, “la oposición surgió desde el primer momento”. Los alumnos conocían un antecedente que para ellos funcionaba como una advertencia: la experiencia de la Escuela Normal de Córdoba, que había atravesado un proceso similar y cuyo edificio terminó convirtiéndose en el actual Patio Olmos, uno de los centros comerciales más emblemáticos de la ciudad.

Con ese antecedente presente, los estudiantes comenzaron a organizarse. Asambleas, reuniones y jornadas de debate marcaron aquellos meses de movilización, mientras el rechazo a la reestructuración se hacía cada vez más visible dentro de la comunidad educativa. El conflicto no sólo se expresó en las calles y en los espacios de discusión, sino que también encontró una manera de manifestarse a través del arte. Como cada año, se realizó el tradicional concurso de murales, cuya inauguración tuvo lugar durante la Semana de la Normal. Sin embargo, en 2007 la obra elegida reflejó el clima de tensión que atravesaba la institución: el mural mostraba a un enorme payaso de aspecto monstruoso y amenazante que intentaba cortar una cadena de muñecas de papel unidas entre sí. Cada una representaba a uno de los niveles educativos de la institución. La elección de la temática circense no fue casual: para muchos estudiantes, todo el proceso de reestructuración parecía un verdadero circo. El payaso simbolizaba a la entonces ministra de Educación, Susana Montaldo, principal impulsora de la medida. No es un hecho menor remarcar que dicha ministra es la misma que semanas atrás estuvo enfrentada a la comunidad normalina, debido a sus medidas de reestructuración, como las de hace 20 años atrás.

La inauguración del mural estuvo acompañada por un pronunciamiento estudiantil. 

 En representación del Centro de Estudiantes, Alejandra, tomó la palabra frente a la comunidad educativa y expresó: “Es darnos ánimo, encender los fueguitos, recuperar los ideales, tener siempre encendidas las luces del circo de la vida”.

La resistencia no quedó limitada a los pasillos de la escuela. Las movilizaciones crecieron y se trasladaron al espacio público. Las sentadas realizadas en la peatonal y en Plaza Independencia convocaron a cientos de estudiantes que reclamaban la continuidad del modelo institucional que caracterizaba a la Normal. La magnitud de la protesta terminó dando resultados.

El Ministerio de Educación desistió de avanzar con la reestructuración y el proyecto quedó sin efecto.

 2019 y la irrupción del movimiento amarillo

“La esencia de ser una escuela ‘superior en lenguas vivas’ fue lo que siempre distinguió a la Normal del resto”. Así es como describe Asael Vega a la escuela Normal, como una ex alumna que creció caminando por los pasillos, de la mano del portugués, su idioma escogido para ser aprendido durante 6 años. “Cursar portugués durante toda mi secundaria fue una experiencia fascinante”.

Pero no todo fue fácil, existe un reclamo que marcó la ruptura en este camino del idioma: la institución consta de siete divisiones por años, tres para inglés, tres de francés, y una restante para portugués, en su defecto eran la minoría. Para cada uno, la escuela debe contar con dos docentes a cargo. Portugués solo tenía uno, que se complementaba con profesoras de francés que sabían portugués y en horas nombradas para su materia brindaban de su ayuda. 

Esta minoría se fue viendo cada vez más afectada, sin espacios para estudiar, sin ser escuchada ni tenida en cuenta. “Los reclamos venían de antes, pero en 2019 la situación se hizo insostenible”. Alli fue que se creó, junto a todo el alumnado de portugués, lo que Asael llamó el movimiento amarillo: “todos debíamos llevar, además del delantal, algo amarillo para distinguirnos como apoyo al pedido”. El objetivo de este movimiento fue tener horas pertenecientes al idioma portugués y que desde el ministerio se nombraran cargos para profesores recibidos. “Teníamos una sola profesora, que con la cantidad de alumnos no daba a basto”.

El reclamo se basó en una sentada pacífica, en los patios de la institución, donde una marea amarilla los distinguía y reforzaba el apoyo a la causa. Pasaron varias horas levantando sus convicciones. Se hicieron escuchar a través de cánticos, discursos, y reflexiones de lo que implicaba que la única institución pública trilingüe, pierda uno de sus pilares, dejando a la luz la ruptura del lema ‘superior en Lenguas vivas. 

Por supuesto que previo a esto, los alumnos se encargaron de notificar reiteradas veces al ministro de educación a cargo en aquel momento, Juan Pablo Lichtmajer. “Intentábamos hablar con él para convocar reuniones que nunca se dieron” planteó Asael. Varias notas fueron enviadas hacia la legislatura, con la esperanza de ser respondidas y llegar a una reunión con el ministro. Pero las notas nunca volvieron.

Los alumnos además tuvieron una cuenta de redes sociales para visibilizar esta problemática; su principal objetivo fue captar la atención de funcionarios públicos para que estos dieran cuenta de su situación y pudiesen accionar para resolverla.

Luego de las instancias de reclamos, la solución que se les brindó a los alumnos fue destinar a portugués solo un profesor, dejando el pedido de horas exclusivas para el idioma sin resolver. Lamentablemente, y luego de dos años de lo sucedido, el idioma portugués desapareció de la institución como materia propia de idiomas y pasó a brindarse como un taller extracurricular. 

 El sentimiento de muchos ex alumnos fue de melancolía hacia tantos momentos vividos: “Cuando aprendemos un idioma, no solo aprendemos a comunicarnos: su estudio te obliga a sumergirte en toda la cultura que lo rodea”.  Sin lugar a duda, todo aquel que pasa por la Normal, queda atravesado de por vida por el amor a su escuela.  A la mirada de hoy en día, Asael, con un fuerte sentimiento afirmó que “desafortunadamente, todo lo que está pasando hoy es la suma de muchas situaciones lamentables que empezaron años atrás y que hoy se pueden visibilizar. Cuando sacaron el portugués fue el comienzo del desmembramiento de nuestra institución.”

Ecos de una lucha que llegan al presente

 La Escuela Normal se ha mantenido a base del presupuesto provincial desde el comienzo, contando con innumerables levantamientos estudiantiles con el objetivo de solucionar los problemas que el Ministerio de Educación provocaba.

 El 19 de mayo, desde las siete de la mañana, alumnos de la escuela salieron otra vez a las calles para hacer escuchar sus necesidades. Los alumnos, decidieron llevar a cabo una sentada pacífica para mostrar su lucha sostenida en contra del desmejoramiento edilicio, la falta de asistencia psicopedagógica y la baja de horas de idiomas, una problemática recurrente desde hace ya un tiempo.

 El alumnado recurrió a salir a plena peatonal, a las puertas del establecimiento, a vista de todo aquel que pasara por el centro de la ciudad, dado que desde hace tiempo el centro de estudiantes como vocero de toda la comunidad normalina, se habría encargado reiteradas veces de enviar notas a las autoridades tanto hacia el ministerio de educación como del colegio, con la intención de conseguir una reunión para comunicar sus necesidades. Sin embargo, los chicos no tuvieron respuesta alguna. 

 En estas situaciones el centro de estudiantes cumple un rol fundamental: “La Normal tiene un centro de estudiantes con participación activa dentro y fuera de la institución. No están acostumbrados a quedarse callados, tienen convicciones muy fuertes y un estatuto interno muy organizado cuya función principal es velar por los derechos de los estudiantes”. Así es como describe una ex alumna de la institución su paso por el Centro de Estudiantes, que marcó en ella otra forma de afrontar la vida. 

 A horas de la movilización, la visita de la reconocida ministra de Educación, Susana Montaldo, generó revuelo y tensiones entre padres y estudiantes. En este complejo escenario, los alumnos se mostraron reacios a consentir los cambios propuestos para el nuevo plan de estudios, los cuales implican, entre muchas otras pautas, el dejar a la escuela sin su tan característico rasgo de las “Lenguas Vivas”. Se trata, en otras palabras, de acortar horas de idiomas para configurarlas como talleres extracurriculares, como le sucedió anteriormente a Portugués.

 De este modo, y aunque el revuelo terminó horas después, el evento concluyó en una serie de testimonios tomados por varios medios de comunicación en donde los alumnos, algo agobiados, siguieron levantando la voz para exponer sus reclamos ante las autoridades exigiendo respuestas

 Actualmente, las circunstancias políticas, tanto nacionales como provinciales, han contribuido al deterioro de la educación pública. El proyecto del Gobierno Nacional para 2026 se habría basado en bajar la inversión en educación pública a un 0,75%, lo que representa un cambio estructural que afecta el presente y futuro de millones de estudiantes, docentes y de la sociedad argentina en su conjunto. Además, el duro contexto por el que está pasando la comunidad universitaria luego del incumplimiento de la Ley de   Financiamiento Universitario por parte del Gobierno, hace pensar que la estabilidad del modelo de educación pública sostenido en el país por más de 100 años, planea ser erradicado.

“Solo un normalino puede entenderlo”

 El sentimiento de pertenencia es algo que se ubica como segundo nombre a cada alumno que haya pasado por las Escuelas Normales: “soy tal y fui a la normal”. Parte de algo que corre por las venas del ser “Normalino”, el gentilicio elegido con orgullo por estudiantes y egresados, representa mucho más que una referencia a la escuela. Es una forma de sentirse parte de algo más grande, donde se comparten historias, valores y recuerdos. Ser normalino no se limita a asistir a una institución educativa: es un sentimiento de pertenencia que se lleva con orgullo y que acompaña a quienes forman parte de ella día a día.

 En ella se forma una comunidad o, como prefieren llamarlo sus integrantes, una familia. Una donde todos son parte de un solo corazón, no existe distinción. No importa la edad, la promoción o el año en que hayan egresado. Basta con escuchar un “yo fui a  la Normal” para que aparezcan anécdotas compartidas, recuerdos en común y una sensación inmediata de cercanía. 

Los une el sentimiento de amor hacia su escuela. Es por eso que cada vez que la misma se ve atacada, no solo se hiere a la institución, sino a cada uno de ellos que se unen en un grito colectivo para defender su hogar. 

 “La Normal nos forma como personas, nos inculca valores y nos forma como ciudadanos de bien. Nos enseña a no quedarnos callados, a levantar la voz, a no conformarnos” Consideró Asael al recordar su paso por la escuela. A ella la marcó para siempre, no solo en su educación, sino en su estilo de vida, de defender sus derechos, de mencionar aquello que incomoda, y sobre todo el disgusto por las injusticias. Finalmente Asael lo define de la siguiente manera: “Sólo quienes tuvimos el privilegio de pertenecer a la comunidad normalina podemos entenderlo”.

 Ese fuerte sentimiento de pertenecer es lo que hace que cada una de todas las movilizaciones que ha generado la escuela normal a lo largo de su historia, no sólo sean en honra al establecimiento, sino y por sobre todo, a la educación pública, porque cada alumno que lleva su delantal blanco todos los días, celebra en él, su educación; la pública, gratuita y de calidad.

La resistencia usa delantal blanco

La situación actual de la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi abre una discusión que trasciende las paredes de la institución. Los reclamos por mejores condiciones edilicias, la defensa de las “Lenguas vivas” y la exigencia de respuestas por parte de las autoridades no son conflictos nuevos ni aislados. Por el contrario, forman parte de una historia que se repite y que parece atravesar a distintas generaciones de estudiantes.

 Desde la resistencia a la reestructuración de 2007 hasta las movilizaciones por la permanencia del portugués en 2019, la comunidad normalina ha demostrado una capacidad constante de organización y defensa de aquello que considera propio. En ese sentido, la protesta actual no representa una excepción, sino la continuidad de una identidad construida a partir del compromiso con la educación pública.

 Sin embargo, el contexto en el que ocurre esta movilización invita a ampliar la mirada. Mientras las universidades públicas de todo el país denuncian problemas de financiamiento y las instituciones educativas enfrentan crecientes dificultades para sostenerse, surge una pregunta que atraviesa no sólo a la Normal, sino a toda la sociedad: ¿qué lugar ocupa hoy la educación pública dentro del proyecto de país que se pretende construir?

 La historia de la Escuela Normal ofrece una respuesta posible. Cada vez que la institución se vio amenazada, fueron sus estudiantes quienes levantaron la voz. No por nostalgia ni por costumbre, sino porque entendieron que defender su escuela era también defender una idea de educación: pública, gratuita, inclusiva y de calidad.

 Por eso las movilizaciones normalinas continúan repitiéndose a lo largo del tiempo. No porque los problemas sean los mismos, sino porque permanece intacta la convicción de quienes creen que la educación pública merece ser cuidada. Y mientras existan estudiantes dispuestos a ponerse el guardapolvo blanco y salir a reclamar por ella, la historia de la Escuela Normal seguirá siendo, también, una historia de resistencia.

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