El último pogo del mundo: Adiós al Indio Solari, la voz que fue refugio de generaciones

POR ALDANA TRIVIÑO & BENJAMÍN QUIROGA

La muerte de Carlos Alberto “Indio” Solari marca el final de una de las trayectorias más influyentes de la historia del rock argentino. A los 77 años, el cantante, compositor y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y posteriormente Los fundamentalistas del Aire acondicionado, dejó un legado que excede ampliamente el ámbito musical. Su figura se transformó, con el paso de las décadas, en un símbolo cultural capaz de reunir generaciones enteras alrededor de canciones, rituales y formas de entender el mundo. 

Con su deceso ocurre un fenómeno inverso al de la muerte común; hoy no se apaga una voz, se consagra definitivamente un mito. El Indio no tuvo simples oyentes; construyó una comunidad. No lideró sólo una banda; capitaneó uno de los movimientos de pertenencia más masivos que haya generado el rock argentino: el sentimiento ricotero

El artista detrás del Indio

Mucho antes de llenar estadios, el universo de Solari se encontraba entre la tinta, el óleo y páginas de literatura marginal. Su introducción al mundo artístico no se dio a través de partituras convencionales. Aunque creció rodeado de música y como tantos jóvenes de su generación, quedó fascinado por la irrupción de los Beatles, sus intereses parecían estar más cerca del arte y la literatura que de los escenarios. Su paso por el instituto de Bellas Artes fue tan intenso como breve: terminó expulsado, una experiencia que reflejaba su dificultad para adaptarse a las estructuras formales y su inclinación por los caminos alternativos.

Su desembarco en la escena cultural platense se produjo desde los márgenes creativos: primero como letrista, participando de proyectos que reunían a músicos, artistas visuales y cineastas independientes. El verdadero punto de inflexión llegó en el Pasaje Rodrigo, donde convergían músicos, cineastas, artesanos y artistas de distintas disciplinas. Fue allí donde conoció a Skay Beilinson, una alianza que no nació con la urgencia de formar una banda de rock tradicional, sino como una búsqueda artística compartida.

Antes de que Patricio Rey tuviera nombre propio, ese grupo de jóvenes canalizaba sus inquietudes en películas experimentales, happenings y proyectos multidisciplinarios. Es allí donde comenzaron a tomar forma las primeras composiciones y la complicidad creativa que años después daría origen a una de las bandas más importantes del país.

La construcción de una leyenda 

Junto a su compañero Skay y otros integrantes, el Indio dio forma a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que se desarrolló al margen de los grandes medios y de las lógicas tradicionales de la industria musical. Con una propuesta marcada por letras enigmáticas, referencias literarias y una fuerte impronta contracultural. Los Redondos levantaron un universo propio, donde el misterio, la autogestión y el vínculo con sus seguidores ocuparon un lugar central. 

A través de discos fundamentales como Gulp! (1985), Oktubre (1986) o Luzbelito (1996), el Indio puso su voz y su escritura al servicio de canciones para retratar las tensiones de una Argentina que transitaba la post-dictadura y el naufragio de los años noventa. Sus letras, cargadas de metáforas poéticas, referencias literarias y cinismo político, se transformaron en el código secreto de una juventud que no encontraba respuestas en los discursos oficiales. 

Con el paso del tiempo, aquellas canciones dejaron de pertenecer únicamente a los discos para convertirse en parte de la identidad de quienes las cantaban. No era extraño encontrar generaciones enteras apropiándose de versos, símbolos y consignas que encontraban en la obra del Indio una forma de nombrar aquello que muchas veces parecía imposible de decir.

El “ser ricotero” como refugio y pertenencia

“El futuro llegó hace rato”, cantaba el Indio. Décadas después, la frase sigue resonando en toda una comunidad. Su muerte puso en evidencia algo que sus seguidores sabían desde hace años: el ricoterismo ya no dependía únicamente de su presencia sobre un escenario.

Con el transcurso del tiempo, el fenómeno ricotero fue consolidándose como una cultura propia, con símbolos, códigos y rituales compartidos. Los recitales, conocidos como “misas ricoteras”, se transformaron en celebraciones colectivas donde miles de personas encontraban algo más que música: una experiencia capaz de reunir historias, trayectorias y generaciones distintas.

Es justamente en la idea de la misa ricotera donde puede encontrarse una de las claves del legado de Solari. Lo que comenzó en pequeños escenarios terminó convirtiéndose en verdaderas peregrinaciones multitudinarias hacia distintos puntos del país. Ciudades como Tandil, Olavarría, Junín o Mendoza se transformaban, por unas horas, en el punto de encuentro de miles de seguidores llegados desde distintos rincones de la Argentina.

Para muchos seguidores, las canciones del Indio acompañaron momentos decisivos de sus vidas. Sus letras atravesaron experiencias personales, sociales y generacionales, permitiendo que cada oyente encontrara interpretaciones y significados propios. En tiempos de incertidumbre, crisis o cambios, esa obra ofreció palabras y símbolos con los cuales identificarse.

El ser ricotero también trascendió edades, geografías y diferencias sociales. Para miles de personas, el viaje hacia cada recital era tan importante como el espectáculo mismo: representaba el encuentro con otros que compartían los mismos códigos, emociones y recuerdos. Incluso el histórico pogo de “Ji ji ji”, recordado como uno de los más multitudinarios del mundo, terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles del universo ricotero: miles de cuerpos saltando al mismo tiempo, unidos por una misma canción.

Esa identidad permanece viva incluso después de la separación de Los Redondos. Se expresa en reuniones de fanáticos, banderas llenas de polvo, tatuajes, redes sociales y en la transmisión de una pasión que pasa de padres a hijos. Lejos de diluirse con el tiempo, el ricoterismo continúa reinventándose y ocupando un lugar singular dentro de la cultura argentina.

El último pogo

Tras su retiro de los escenarios, Solari encontró nuevas formas de seguir creando. Incluso en los años en que la enfermedad lo obligó a alejarse del contacto directo con el público, continuó compartiendo canciones, relatos e ideas a través de proyectos como “El Mister y los Marsupiales Extintos”. Esa necesidad de crear nunca desapareció.

Su partida marca el final de una vida, pero no el cierre de la historia que ayudó a construir. Esa misma, seguirá viva en cada historia personal que alguna vez encontró refugio en su música, porque, como decía el propio Indio, “vivir cuesta vida“.

Y la misa debe continuar.

No creo que una canción cambie el mundo. Pero sí sé que una canción cambió mi mundo. Y si uno es un poco constructivista, como soy yo, que una canción cambie tu mundo, cambia el mundo“.

Hoy no hay escenario ni luces encendidas. El Indio nos enseñó que el dolor se cura cantando en grupo, que la dignidad artística no se negocia y que los desiertos se cruzan mejor si vamos todos juntos. Su cuerpo físico se ha despedido, pero el grito de guerra de generaciones enteras seguirá resonando en cada rincón donde suene un acorde distorsionado: ¡Solo te pido que se vuelvan a juntar! El Indio ya es eterno. Su público, huérfano pero orgulloso, mantendrá el fuego encendido para siempre.

Porque mientras haya alguien cantando sus canciones, recordando una ruta, desplegando una bandera ricotera gastada por los años, un recital o un abrazo en medio de una multitud, el último pogo del mundo seguirá esperando.

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