POR LEANDRO ESTEVEZ
Discusiones interminables por colores, ensayos después de clases, grupos de WhatsApp activos hasta la madrugada y cursos enteros intentando ponerse de acuerdo en algo que, para ellos, parece fundamental: cómo será el buzo que los identificará en su último año de secundaria.
En Catamarca, las presentaciones de buzos dejaron hace tiempo de ser solamente una moda adolescente. Con los años terminaron convirtiéndose en uno de los rituales más fuertes del cierre escolar. Porque detrás de las luces, las coreografías y el humo, aparece algo bastante más profundo: el final de una etapa marcada por la convivencia diaria, las amistades construidas dentro del aula y la sensación, todavía lejana pero cada vez más real, de que después del egreso muchas cosas empezarán a cambiar.
Los preparativos arrancan meses antes. Incluso antes de terminar el penúltimo año ya empiezan las conversaciones, las votaciones y también algunos desacuerdos. Aunque nadie lo diga demasiado, todos quieren que su curso destaque un poco más que el resto.
El primer gran desafío suele ser el diseño del buzo. Las dudas aparecen rápido: ¿con capucha o sin capucha?, ¿rayado o liso?, ¿números romanos o cardinales?, ¿con o sin el mapa de Catamarca? La bandera argentina, por supuesto, siempre tiene que estar en algún lado. El problema es decidir dónde. Y así comienzan debates que pasan de los recreos a los grupos de WhatsApp y siguen mucho después de salir de la escuela.
La elección de los colores merece un capítulo aparte. El buzo tiene que combinar con el uniforme, representar al curso y convencer a casi todos al mismo tiempo. No siempre es fácil. Hay discusiones, cambios de opinión y momentos donde parece imposible llegar a un acuerdo. Pero tarde o temprano terminan resolviéndolo. Tal vez ahí aparezcan algunas de las primeras demostraciones de madurez colectiva.
Sin darse cuenta, o tal vez sí, con esos debates y negociaciones los estudiantes ponen en marcha mucho más que la elección de la preciada prenda. El buzo se convierte en una primera declaración de identidad colectiva, en un proceso que potencia una de las características más profundas de la adolescencia: la construcción de la identidad, una etapa en la que cada experiencia compartida ayuda a definir quiénes son hoy y quiénes comenzarán a ser cuando el egreso marque el inicio de una nueva instancia en sus vidas.
Mientras tanto, también queda definida la persona encargada de diseñar la coreografía que el curso mostrará frente a cientos de personas. Familiares, amigos, amigos de amigos, ex parejas y simples curiosos terminan formando parte de una noche donde el ruido, los gritos y los aplausos parecen no tener límite.
Pero antes de llegar a ese momento, las plazas y espacios públicos empiezan a convertirse en improvisadas salas de ensayo. Parlantes apoyados sobre el piso, mochilas tiradas a un costado, botellas de agua y adolescentes repitiendo los mismos pasos una y otra vez forman parte de una postal que empieza a multiplicarse en distintos puntos de la ciudad.
No todos bailan con la misma seguridad. Algunos se sueltan rápido y otros intentan esconderse hasta último momento. Pero en las presentaciones de buzos hay poco espacio para la vergüenza. El grupo insiste, acompaña y empuja. Y al final, incluso los más tímidos terminan teniendo su momento dentro de la coreografía.
Como parte del suspenso, además, los estudiantes suelen aparecer primero con ropa vinculada a la temática elegida para la presentación y no directamente con el esperado buzo de egresados. Otro detalle que también genera discusiones, ideas descartadas y decisiones a último momento.
Visto desde afuera, todo esto puede parecer apenas una exageración adolescente o una cuestión poco trascendental. Pero detrás de cada detalle hay horas compartidas, organización, discusiones y también momentos donde chicos con realidades muy distintas terminan persiguiendo un mismo objetivo.
Y probablemente ahí esté lo más interesante de todo. En una generación donde gran parte de los vínculos pasan por una pantalla, la preparación del buzo termina funcionando como una excusa para volver a encontrarse cara a cara: ensayar, discutir, pasar tiempo juntos y compartir algo que, aunque parezca simple, termina volviéndose importante para todos.
Este año en particular, este tipo de acciones de los adolescentes se dan junto con episodios, como las pintadas amenazando con tiroteos en varios establecimientos educativos del país, que los pusieron en la mira generando discursos que tendieron a criminalizarlos y una efímera preocupación por las necesidades y realidades que atraviesan.
Sin minimizar estos hechos, muchas veces vinculados a desafíos virales tan efímeros como preocupantes y que pueden esconder malestares propios de esta etapa, reducir a toda una generación a esas conductas sería desconocer que la gran mayoría canaliza su necesidad de ser protagonista en experiencias positivas que fortalecen vínculos, consolidan el sentido de pertenencia y convierten la despedida del secundario en una celebración compartida.
Quizás por eso las presentaciones de buzos generan tanta intensidad emocional. Porque en el fondo no se trata solamente de mostrar una prenda o hacer una coreografía frente a cientos de personas. Se trata de un grupo de adolescentes intentando quedarse un rato más dentro de una etapa que ya empezó a despedirse.
Y ahí aparece la contradicción más fuerte de todas: justo cuando el curso parece más unido que nunca, también empieza a separarse. Después llegarán otros caminos, otras rutinas y otros vínculos. Pero por una noche, al menos, todos siguen siendo parte del mismo grupo.