“Salimos sin nada”: el último día del Rey del kepe en el Mercado del Norte

POR CARLA RAMEAU 

El Mercado del Norte fue mucho más que un lugar donde comprar y vender. Fue un espacio de encuentro, de historias y de recuerdos que durante generaciones formó parte de la vida de los tucumanos. Entre sus pasillos se cruzaban trabajadores, familias, amigos, puesteros y vecinos; allí convivían distintas realidades, pero todos compartían algo: sentirse parte de ese lugar.

 Uno de los puestos más emblemáticos fue el histórico Rey del Kepe,  con tantas historias como años. La primera y más importante comenzaba allá por 1951, cuando Nicolás Elías, recientemente llegado de Israel, escapando de la guerra, decidió venir a Tucumán para cambiar su suerte. Comenzó emprendiendo con unos parientes, y luego de unos meses al sentirse un poco  más asentado en la ciudad,  fue cuando decidió poner uno de los primeros puestos en este gran y emblemático edificio de la época. “El Rey del Kepe”, vendiendo comida tradicional árabe, principalmente kaftas y kepes. Tenía su receta sagrada, que nunca la oculto,al que se la pedía se la explicaba a detalle,  por que al sabor característico que era elegido por muchos tucumanos, solo se lo daban sus manos. 

 Con el tiempo fue aprendiendo más del negocio, y tomándole cariño al lugar que lo acogió cuando no tenía a nadie más. Tal fue el rol de Nicolas en el mercado que,  poco a poco se formaron comisionados, y a él le gustaba estar al frente, proponiendo reformas, servicios de mantenimiento y limpieza. Unos de sus grandes propósitos fue iniciar un proyecto de inversión en cada local, para así reformarlos con una estética parecida, donde todos  puedan tener sus puestos en  mejores e iguales condiciones. La  decisión debía ser de toda la comunidad en conjunto, sin embargo existieron algunas objeciones que impidieron poder llevar a cabo la propuesta. 

 Hoy, su hija Graciela Elías, nos cuenta su historia. Comienza destacando que el  puesto tuvo mucho éxito. Era el único puesto de su rubro y ante esa situación, le recomendaron registrar su marca para ser el único en ofrecer esos productos. Sin embargo Nicolás decidió no hacerlo. Según recuerda Graciela, su respuesta fue contundente: “No, si soy egoísta, no me irá bien en la vida”. Y desde que abrió sus puertas, hasta sus últimos días, jamás le faltó trabajo.

 Ella recuerda haber crecido entre los pasillos del mercado, al que considera su segundo hogar.

“Ir al mercado era toda una alegría, porque había de todo y estaba al alcance de todos. Recuerdo las roscas gigantes de churros, las largas filas de personas esperando”.

Describe que la jornada comenzaba muy temprano.”Desde las 7 hasta las 9 de la mañana ingresaban los proveedores a cada puesto, llevando las mercaderías y los productos necesarios para que a las 9, las puertas pudieran abrirse al público”

Graciela habla  especialmente de los puestos de comida llenos al mediodía. En aquel entonces, según cuenta, no existía competencia entre los puesteros: “el mercado funcionaba como una verdadera comunidad de hermandad”. Si a uno le faltaba un pan o un tomate, simplemente recurría al puesto de al lado y allí se lo daban. No había problema con compartir”.

 “Muchas veces solo abríamos al mediodía, porque ya vendíamos todo para ese momento. Los  clientes al salir de trabajar se acercaban  y almorzaban allí. Eran banqueros y médicos que trabajaban alrededor, también los trabajadores ambulantes no faltaban. Todo el mundo comió en el mercado, no existía diferencia social que marcase una sola línea de clientes, todos comían aquí”.

 El mercado desde sus inicios siempre  se caracterizó por sus precios accesibles. “Era económico, porque podíamos vender comida a precios populares. Sí se pagaban impuestos necesarios y un reducido bono de alquiler. Sobre todo, eso nos permitía vender a esos precios, y así venía la gente a comprar aquí”.

En 1995 falleció Nicolas, el gran precursor de este imperio del kepe, pero su esposa y sus hijas quedaron al mando para continuar con su legado. La señora Gabina, su esposa, pasó al frente del negocio y continuó durante 26 años más. Incluso a los 89 años todavía se la podía ver atendiendo el puesto.

Pero, los años comenzaron a pesar sobre las espaldas de Gavina y ya no era la misma mujer que tiempo atrás vendía codo a codo con su marido. Pero aun así, nunca dejó de asistir. “Con 89 años se levantaba todos los días para ir mañana y tarde” rememora su hija. Para ella, el mercado era mucho más que un trabajo.

Graciela lo resume de una manera que permite dimensionar el vínculo de su madre con aquel lugar: “El mercado lo era todo para mi madre. No vivía por el mercado, vivía para el mercado. Era su hogar, su familia, su lugar”, sentencia.

 Sin embargo, fue en marzo de 2021, cuando la Municipalidad de Tucumán llegó para cerrar sus puertas, sin que los puesteros supieran hasta cuándo.  El cierre se produjo dos meses después de que “El Rey del Kepe” cumpliera 70 años manteniendo viva su tradición.

“Hoy agradezco, de cierta forma, que mi madre, con su edad, no haya podido terminar de entender lo que pasó con el mercado en su momento.  “Le hubiera hecho tan mal entender esto”. Doña Gabina no lo sintió pero “yo sí sentí ese cimbronazo. Fue un cambio brutal en mi vida. Me remontó a mi infancia, adolescencia y adultez” afirmó con tristeza.  

 Con un inmenso dolor, Graciela describió ese día: “recuerdo que salimos sin nada, sin poder comprender qué pasaba. Vi llorar a muchos”.

Los puesteros sabían que el edificio ya no estaba en buenas condiciones edilicias. “Lo veíamos todos los días y por eso sabíamos que ya no estaba en buenas condiciones, pero jamás nos dieron previo aviso de que lo iban a cerrar de esa manera” comentó Graciela

A pesar de ello, todavía existía la esperanza de volver. “Muchos puesteros preguntamos si, a la hora de que se volviera a abrir, íbamos a tener prioridad para alquilar dentro”. La respuesta fue simple y contundente: ¡No!”.

Fue entonces cuando Graciela comprendió que “la historia se había cerrado”. Ya no iba a poder volver a ese lugar como lo había conocido, ni tampoco reconocerlo de la misma manera.

Sin embargo, entre la tristeza y la pérdida, quedó algo que la marcó para toda la vida. “El mercado, para mí, es sinónimo de cultura de trabajo”. Allí aprendió que todo en la vida se consigue con esfuerzo y sacrificio. Una enseñanza que, según cuenta, constituye uno de los mejores ejemplos que sus padres pudieron dejarle.

El Mercado del Norte cerró sus puertas, pero no cerró la historia de quienes hicieron de aquel lugar su hogar. Porque aunque sus pasillos ya no sean los mismos, en la memoria de Graciela y de tantos tucumanos todavía permanecen sus voces, sus aromas, sus comidas y, sobre todo, una forma de entender el trabajo, la familia y la vida.

 La secuela de una destrucción 

Todo tucumano que haya caminado por el centro de la ciudad conoce y sabe lo que fue el gran mercado del Norte; Transitó por sus pasillos y compró en alguno de sus puestos  Se destacaba por sus puestos de verduras, carnes, pescados y todo tipo de alimentos. En este mercado la diversidad de identidades y culturas se desprendían de las personas que eran cotidianas; desde la señora que compraba de pasada para llevar a cocinar en su casa, hasta las familias que degustaban las típicas pizzas. Esto marcaba la esencia del lugar, realmente algo significativo para el tucumano. 

 Actualmente, los ciudadanos no solo extrañan las típicas comidas que ofrecía el lugar, sino también las costumbres propias del lugar. Las tardes de invierno haciendo largas filas para comprar churros junto con un chocolate caliente; las familias, compañeros o amigos que llegaban en busca de compartir un rico sánguche de milanesa acompañado de una Mirinda manzana; En las siestas de verano, refugiarse del insistente sol bajo las galerías para tomar una achilata que refrescara, o simplemente comprar de pasada un panchuque que saciara el hambre. 

Son pequeñas escenas cotidianas que, con el paso del tiempo, se transformaron en recuerdos que forman parte de la de la memoria y la identidad colectiva de San Miguel de Tucumán

Por eso, una de las frases que mayor indignación generó entre quienes defendían la identidad del mercado fue la del ex intendente, German Alfaro: “El mercado será un lugar donde ya no se venderán panchuques”. El panchuque, una comida profundamente asociada a la identidad tucumana, no es solamente un alimento: también representa una forma de encontrarse, de consumir y de habitar el  espacio. Su desplazamiento fue interpretado por muchos como el desplazamiento de una parte de la propia identidad.  Ahora el alimento que pareciera “digno de vender” son los croissant, (un estilo de medialuna francesa) que es totalmente extranjera a la esencia original.

Su transformación entonces no significó solamente cambiar un edificio. Significó cambiar una parte de la historia de Tucumán. Con el cierre del mercado y la llegada de un nuevo espacio comercial, también se fueron perdiendo aquellas prácticas cotidianas que le daban vida: los puestos, las comidas populares, los encuentros y hasta esos pequeños momentos que quedaron guardados en la memoria de quienes alguna vez caminaron por sus pasillos.

Hoy, un centro comercial ocupa el lugar donde antes existía una parte de la identidad tucumana. Un espacio transformado y pensado desde otra lógica, pero que difícilmente pueda reemplazar todo aquello que significaba el mercado para quienes lo vivieron.

Porque un lugar no está hecho solamente de paredes. Está hecho de las personas que lo habitan, de las historias que  suceden y de los recuerdos que permanecen cuando ya no queda nada de aquello que conocimos.

El Mercado del Norte cerró sus puertas y toda su cultura con él, pero la historia permanece en la memoria de los puesteros, de los compradores y de todos aquellos tucumanos que todavía recuerdan sus aromas, sus comidas, sus voces y sus encuentros.

Las personas que dieron lugar a esta obra deben ser conscientes que, si bien construyeron un  edificio que ahora marcará un nuevo camino para la sociedad tucumana, han destruido parte de la identidad cultural y de las prácticas significativas de su pasado.      

 Porque como afirmó Graciela, el Mercado fue propio de todos los tucumanos, y ese 7 de marzo de 2021 fue que se “cerró la historia” pero esto sólo detuvo su crecimiento en el tiempo, porque su legado continúa en el recuerdo y anhelo del pueblo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *