POR ROCÍO BORRAS & MILAGROS PEREYRA
La noche del sábado 22 de agosto, el viento frío que soplaba, acompañó la llegada de cientos de vecinos, hijos y nietos de trabajadores azucareros al predio del ex-Ingenio Lastenia, hoy convertido en el Ingenio de las Artes. Con las antorchas encendidas, los participantes recorrieron la Avenida Eva Perón en una marcha que cerró las actividades por el 60° aniversario del cierre de los ingenios tucumanos.
La Marcha de las Antorchas fue el cierre de un programa de tres días que comenzó el jueves 20 y continuó el viernes 21 con talleres comunitarios y el Encuentro Nacional de Poetas.
Seis décadas atrás, en 1966, la dictadura de Juan Carlos Onganía dispuso el cierre de once ingenios tucumanos mediante el decreto-ley 16.926. La medida provocó la pérdida de miles de puestos de trabajo y obligó a numerosas familias a abandonar sus pueblos en busca de nuevas posibilidades laborales. El impacto no fue solamente económico: modificó la vida cotidiana y la estructura social de las comunidades que habían crecido alrededor de los ingenios.
Entre las personas que participaron de la marcha estaba Miriam Alejandra Medina, docente y vecina de Lastenia. Para ella, el ingenio forma parte de su historia familiar. Su padre comenzó de niño trabajando en el surco y luego pasó a las oficinas del ingenio. Allí conoció a su madre, que junto a su abuela preparaba comida para los obreros.
Aquel 22 de agosto de 1966, en plena madrugada, la policía golpeó a la puerta de los Medina para ordenar la intervención militar. Su padre tuvo que presentarse inmediatamente en el predio.
“Mi mamá siempre contaba que fue un momento muy duro, de mucha angustia, muy tenso”, relata Miriam, evocando el vacío de quedar de pronto sin sustento y con hijos pequeños.
Una historia de amor en la oficina del ingenio
Aunque hoy luce remodelada, la vivienda de Miriam es una de las antiguas casas del ingenio que su padre llegó a adquirir antes de la crisis. Allí crecieron cuatro hermanos. Ante la llegada del telegrama de despido, su madre comenzó a buscar distintas alternativas para generar ingresos. Primero elaboraba paragüitas de azúcar para vender en las escuelas; después comenzó a hacer facturas y, con el tiempo, abrió un almacén en la propia vivienda.
“Ella hacía paragüitas de azúcar para vender en las escuelas, después hacía facturas, y después iba comprando más cositas… y puso un negocio”, cuenta Miriam.
Lamentablemente, el cese de actividades de la fábrica terminó destruyendo el comercio local. Debido a que la madre de Miriam acostumbraba fiar a los trabajadores y, cuando la fábrica cerró, muchos de ellos quedaron sin trabajo. Otros tuvieron que migrar a distintas provincias y no pudieron saldar sus deudas.
“Cerró el ingenio y mucha gente no le pagó. Y muchos otros que también se fueron y migraron a otras provincias tampoco le pagaron. Así que quedó en la nada otra vez. Otra vez empezar de cero”.
Su padre decidió quedarse en Tucumán y comenzó a trabajar en distintos lugares para sostener a la familia. Pasó por la Compañía Azucarera Nacional S.A. (CONASA), la fábrica El Fabuloso y el Expreso Rivadavia, realizando tareas administrativas. Su madre continuó aportando al hogar mediante la elaboración y venta de empanadas y tamales.
La poesía también recuerda

La memoria de los ingenios también estuvo presente en el programa de actividades a través del arte. El viernes 21, el antiguo predio de Lastenia recibió el Encuentro Nacional de Poetas, que reunió a reconocidos escritores y poetas junto a artistas y músicos de la provincia.
Participaron, entre otros, Natalia Acosta, Florencia Mettola, Ezequiel Nacusse, Guillermo Siles, Mario Melnik, Guadalupe Valdez Fenik, Denise León, Inés Aráoz y Ricardo Cabral.
Uno de los momentos destacados de la jornada fue la participación de Rita Segato, antropóloga, escritora y poeta, quien presentó El camino de regreso, su primer libro de poesía. La obra reúne poemas escritos a lo largo de varias décadas y aborda temas vinculados al desarraigo, el destierro, la memoria y el regreso.
Su presencia se vinculó con el sentido de las actividades realizadas en Lastenia. En una comunidad atravesada por el cierre de un ingenio y por la migración de numerosas familias, la poesía permitió abordar desde otro lenguaje cuestiones como la pérdida, el territorio, la identidad y el desarraigo.
De esta manera, el encuentro de poetas se sumó a los testimonios, los archivos comunitarios y la propia marcha como otra forma de construir memoria sobre lo ocurrido con los ingenios tucumanos.
El despojo en carne viva
Lules, Santa Ana y la última sirena
El impacto de las clausuras resonó a lo largo de toda la geografía azucarera tucumana, no se limitaron sólo a Latenia. La marcha del sábado no fue una conmemoración local; representó el luto colectivo de una provincia herida por el cierre masivo de sus industrias.
En el caso del Ingenio Santa Lucía, Ramón Antonio Frasca, de 66 años, recuerda el lugar que ocupaba la fábrica en la vida cotidiana del pueblo.. El ingenio era el corazón del pueblo: garantiza acceso a la salud, promovía el deporte y daba ritmo a la vida comunitaria. Pero en 1966, el final llegó disfrazado de rutina.
“Cuando se decretó el cierre definitivo fue cuando sonó la última sirena. Decían que era como siempre, la sirena que anunciaba el fin de la cosecha y que volvería la próxima. Pero esta vez nunca más volvió”
La desaparición de la actividad azucarera forzó a miles de trabajadores a la incertidumbre y al éxodo.
Desde Lules, Federico Gómez Reino recuerda el cierre del Ingenio Mercedes cuando tenía apenas tres años. Su padre participó de una movilización a pie hacia la capital provincial junto a cientos de trabajadores que protestaban contra el cierre.
A sus 63 años, Federico marchó por primera vez este sábado.
Por su parte, el cierre del Ingenio Santa Ana transformó profundamente el mapa social y territorial, según relata Fabio Díaz, productor cañero de tercera generación. La interrupción de la actividad desintegró el entramado de 17 colonias agrícolas circundantes, provocando la desaparición gradual de los pequeños productores independientes y acelerando la concentración de la tierra en manos de propietarios ajenos a la comunidad. Frente a este escenario, Fabio concibe la movilización como un ejercicio activo de memoria para entender el presente y reivindicar la historia obrera.
El archivo personal contra el olvido
En Lastenia, la recuperación de la memoria también se desarrolla a través del Archivo Comunitario, una iniciativa impulsada por jóvenes y profesionales de la localidad.
El fotógrafo Emilio Nazy, junto a los estudiantes Araceli y Gonzalo, comenzó a recopilar documentos, fotografías y relatos familiares directamente de los vecinos.
“Durante mi investigación histórica lo que me faltaba era encontrar las historias personales, individuales, no tanto el archivo periodístico oficial”, explica Emilio.
Para Gonzalo, estudiante de Psicología y nieto de trabajadores del ingenio, el proyecto tiene además una dimensión personal:
“Es una forma de hacer una reparación histórica de mi propia identidad y un modo de enseñarle al pueblo a mirar atrás para aprender a re simbolizar las ruinas, demostrando que no es un espacio muerto, sino transformable”.
El archivo busca conservar justamente aquello que puede perderse con el paso del tiempo: las experiencias de quienes vivieron el cierre y las transformaciones que produjo en sus familias.
Las antorchas de latas y la disputa por el rito
El predio del ex-ingenio se conoce hoy como el Ingenio de las Artes, un espacio recuperado por la escribana Beatriz Tula, quien en el año 2000 compró las ruinas abandonadas para transformarlas en un espacio cultural.
Sin embargo, para las familias fundadoras del barrio, el fuego que hoy ilumina el predio ha perdido parte de su pureza original. Miriam Medina recuerda con precisión el origen de la marcha, lejos del protocolo municipal y la cartelería partidaria. Fue una iniciativa vecinal, nacida de reuniones de mates los sábados en las que se compartían anécdotas para enriquecer la historia local.
“Muchas de las antorchas que están ahí las hicimos nosotros, a pulmón”, relata Miriam. “Colocábamos latitas de desodorante vacías, nos poníamos a desarmarlas y a sacarles la pintura, preparábamos las cañas… Eran las primeras antorchas”
La mística de aquellas jornadas, donde los vecinos mayores que ya no están aportaban sus vivencias en una ronda comunitaria, se desdibujó cuando la estructura estatal de la Municipalidad se apropió del evento.
“Cuando vimos una cuestión política de por medio, dimos un paso al costado. Queríamos que se mantenga algo sin intereses, donde lo único que nos moviera fuera revalorizar el recuerdo vivo de nuestros padres”. El retiro de las familias fundadoras expone una tensión constante en el Tucumán de la post desindustrialización: quién es el dueño del dolor colectivo y cómo se gestiona la nostalgia de una tragedia social.
La herencia del silencio
En el umbral de su casa de Lastenia, Miriam Medina reflexiona sobre la necesidad de escuchar a los mayores antes de que sus historias desaparezcan.
“A diferencia de otros lugares, nosotros no tenemos la costumbre de valorar a los ancianos. Cuando nos comienzan a contar cosas, nos aburre o no le prestamos atención… Y eso hace que se vayan perdiendo historias”.
Para quienes participaron de las jornadas, mantener viva esa memoria no significa solamente recordar el cierre de los ingenios. También implica reconocer qué ocurrió con quienes dependían de ellos y qué consecuencias tuvo la decisión tomada durante la dictadura de Onganía.
Ramón Antonio Frasca observa las chimeneas que todavía forman parte del paisaje de los antiguos ingenios y plantea esa necesidad desde la experiencia de quienes crecieron alrededor de la actividad azucarera:
“Si nosotros dejamos que nos pasen por encima y no tenemos memoria, ¿dónde quedan nuestros principios? Los chicos en la escuela tienen que saber quiénes somos, qué significan esos monumentos y esas chimeneas, de quién son y cómo se construyó nuestra historia”.
Sesenta años después, el cierre de los ingenios continúa teniendo consecuencias visibles en las comunidades que alguna vez dependieron de ellos. Las historias reunidas durante estas jornadas muestran que aquella decisión tomada durante la dictadura de Juan Carlos Onganía no significó solamente el cierre de fábricas: implicó la pérdida de fuentes de trabajo, la migración de familias y la transformación de pueblos enteros. Volver sobre esas historias es también discutir cómo se recuerda a quienes fueron afectados y qué lugar ocupa hoy esa memoria en Tucumán.

