Lastenia: la historia de una fábrica hoy escenario de la cultura tucumana

POR ROCÍO BORRÁS

Al final de la avenida principal se encuentra lo que alguna vez fue el núcleo vital de la producción y de la vida social del pueblo de Lastenia. Ubicado a ocho kilómetros de San Miguel de Tucumán, el Ingenio Lastenia dio entidad a una comunidad que nació con el azúcar, murió por un decreto y, décadas después, resucitó gracias a Beatriz Tula que vió arte en sus ruinas.

132 años de historia al ritmo del trapiche

Fundado en 1834 por Juan de Dios y Baltazar Aguirre, la fábrica azucarera pasó por varias manos y fue cerrado por conflictos políticos, volviendo a refundarse en 1849 por un inmigrante francés de la familia Etchecopar. En 1871, la fábrica adoptó el nombre de “Lastenia” en homenaje a Lastenia Molina Cossio, esposa de uno de los dueños. Para 1901, Ernesto Tornquist, un empresario de renombre, lo adquirió para consolidarlo como un pilar industrial. 

Denominado La Banda, fue una fábrica pionera que albergó el primer trapiche de hierro de la región y, con la llegada del ferrocarril, el primero a vapor. Durante más de 130 años de actividad, el predio empleó a miles de trabajadores cualificados; entre personal jerárquico, mecánicos, maestros de azúcar, caldereros, herreros y carpinteros. También trabajaron allí cientos de peones y mujeres en tareas de envasado, cocina y limpieza, además del personal temporario durante la zafra. Hacia 1895, los registros indican que el ingenio empleaba a más de 1.100 personas simultáneamente (600 fijas y más de 550 transitorias).

La expansión productiva convocó a cientos de trabajadores. La Compañía Azucarera Tucumana construyó casas de material para los “permanentes”, para los empleados administrativos y “el pabellón” para los trabajadores temporarios solteros. También se construyó el Club Social y Deportivo, la capilla Nuestra Señora del Valle, el hospital, una escuela, un centro mutual, almacenes, fondas y el edificio del Sindicato de Obreros, actualmente el Centro de Jubilados de Lastenia. 

El Cerrojazo y el inicio del éxodo

El 22 de agosto de 1966, la dictadura encabezada por Juan Carlos Onganía firmó un decreto que ordenó el cierre de 11 de los 27 ingenios de la provincia, entre los cuales se encontraba el Ingenio Lastenia. El golpe social fue masivo porque la fábrica era el corazón del pueblo: no solo proporcionaba el sustento económico, sino que proveía luz, agua, atención médica en sus enfermerías y vida social en torno al barrio. Su desaparición física obligó a miles de personas a emigrar hacia Buenos Aires al perder su fuente de vida; quienes se quedaron buscaron trabajo en la ciudad de San Miguel de Tucumán.

De la caña al plomo

Con las chimeneas apagadas, el ingenio entró en un largo limbo. A partir de 1972, las instalaciones fueron reconvertidas y funcionaron durante muchos años como una fundición de plomo que ocupó menos de un centenar de trabajadores. Al mismo tiempo, esta actividad expuso a la población a elevados niveles de contaminación, motivo por el cual la planta fue clausurada en 1994.

A raíz de esto, las instalaciones fueron parcialmente saqueadas para extraer hierro y ladrillos; así, el imponente complejo sociocultural y productivo que había dado vida a la región se transformó en un espacio abandonado que, lentamente, se convirtió en ruinas.

El renacer cultural del Ingenio

El destino de Lastenia cambió de la forma más inesperada en el año 2000. Beatriz Tula, una escribana tucumana, compró el terreno abandonado sin siquiera haberlo visto previamente. Su plan original era pragmático y puramente comercial: quería lotear el predio para un emprendimiento inmobiliario.

Sin embargo, cuando visitó las ruinas, sintió que el lugar le hablaba. Abandonó el proyecto de loteo y decidió convertir el inmenso predio en una ciudad del arte, lo cual admite que fue “el peor negocio económico”.

Sin ayuda estatal, financió la restauración de los salones de más de 2.000 metros cuadrados. Beatriz comenzó un trabajo de hormiga que ya lleva más de dos décadas y en 2004, nació formalmente el Ingenio de las Artes. Ella invirtió la lógica histórica del lugar: lo que antes era una industria de producción material, hoy es una “industria del pensamiento, de la creatividad y de la música”. Para Beatriz, el viejo ingenio en su totalidad es su gran escultura.

Actualmente, las ruinas albergan exposiciones, encuentros nacionales de escultores y clases de danza. Además, es el epicentro de la emotiva Marcha de las Antorchas, donde cada 22 de agosto los vecinos caminan con antorchas en las manos para abrazar la memoria del pueblo y demostrar que la cultura logró sanar, en parte, el inmenso desgarro de 1966.

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