Huellas de 1966, la historia en un mural

POR RUBÉN KOTLER

Barrio sur de la ciudad de San Miguel de Tucumán, guarda rincones emblemáticos con huellas de la historia reciente de la provincia. Si bien algunos edificios están en vías de extinción, como el ex cine Metro, en la intersección de las calles 9 de Julio y General Paz. A tan solo una cuadra del ex cine se encuentra el histórico edificio de la FOTIA. El emblemático edificio tiene en una de sus paredes colindantes, un mural que recupera la historia de las luchas obreras de los trabajadores del azúcar. Un poco más allá, caminando por la calle Congreso de Tucumán, en la esquina con la calle Lavalle, nos topamos con la Escuela Congreso de Tucumán y en sus muros, con un mural del artista César Carrizo.

Originalmente el establecimiento educativo fue hace muchos años una de las escuelas técnicas de la provincia. Hoy es la Escuela Congreso de Tucumán. Algunos colegas hicieron de este local educativo, un proyecto que preserva la memoria no solo de la provincia, sino específicamente del barrio sur. Hace unos años, producto de un concurso nacional, el artista tucumano César Carrizo, plasmó en el muro que rodea a la escuela por calle Lavalle, fragmentos de la historia tucumana. Arranca en 1966, con el golpe de Onganía, el cierre de los ingenios azucareros y la resistencia obrero-estudiantil conocida como los Tucumanazos. Reconozco que cada vez que paso por esa esquina, me detengo a mirar una y otra vez el mural. Deformación profesional que le llaman. La historia de aquel golpe, de la que hoy se cumplen 60 años, atraviesa una parte importante de mi formación como historiador. Y saber que esta huella, que ojalá se preserve en el tiempo, relata aquellos tristes episodios que nos constituyen como sociedad, es saber que aún existe una cadena de transmisión de la memoria que circula por las calles tucumanas. 

El mural en sí narra episodios de nuestra historia que parten del golpe ejecutado el 28 de junio de 1966 contra el entonces presidente constitucionalmente elegido, Arturo Illia. Illia, en el mural se parece a Illia en la vida real. Sin embargo, los rasgos del militar que representa al dictador Onganía, salvo por el bigote, no se parece demasiado a aquel represor. Claro, es la imagen de un militar golpista que también podría ser otro dictador represor, Jorge Videla. A fin de cuentas, la historia de los Tucumanazos estuvo atravesada también por la represión que comandó Videla en noviembre de 1970. 

El relato narrativo del mural tiene muy presente la cronología que siguió al golpe de 1966: cierre de 11 ingenios azucareros e intervención en las universidades nacionales del país. Encabeza esta información la imagen de la luchas obreras encabezadas por Hilda Guerrero de Molina, trabajadora del ingenio Santa Lucía, asesinada el 12 de enero de 1967 tras una de las tantas protestas en los pueblos tucumanos. 

El salto histórico, que omite al primer Tucumanazo en mayo de 1969, nos traslada, desde la mirada del artistas plástico, al 10 de noviembre de 1970, cuando estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán, organizaron una olla popular y tomaron 90 manzanas de la ciudad con barricadas para impedir el cierre de comedores y residencias universitarias. Se ve en la imagen el retrato de uno de los militantes de aquellas jornadas, Héctor Marteau, dirigente estudiantil detenido en aquellas jornadas junto a otras decenas de estudiantes. Detenidos que, al finalizar las jornadas de lucha de noviembre de 1970, fueron liberados. Cierra el mural con este primer capítulo en la historia reciente, una muy breve reseña de los hechos ocurridos, extracto del documental “El Tucumanazo” de Diego Heluani y de quien escribe esta nota. En la imagen el primer plano de trabajadores y estudiantes en una de las tantas manifestaciones portando banderas argentinas. 

Desde finales de los 90 se multiplicaron las producciones que remiten a los Tucumanazos como lo fue el pionero libro del sociólogo porteño Emilio Crenzel. Desde siempre, el campo de la sociología produjo una gran cantidad de estudios sobre el periodo. Tucumán ardía en los años 60 y ardió en los años posteriores con la preocupación central por comprender esa memoria pendular que zigzagueó entre la reivindicación y el rechazo de aquellas luchas. Libros, documentales, trabajos académicos, marcas territoriales de la memoria – como el presente mural – son algunas de las tantas producciones que nos recuerdan que si hoy una parte de la provincia se encuentra sumida en la miseria y la pobreza, el golpe de 1966, tiene mucho por explicarnos. 

Un deseo final: ojalá el mural de Carrizo sea preservado. La pintura comienza a saltarse y una pared deteriorada, constituyen un peligro de borramiento de la memoria visual y de una historia que debe seguir escrita en las paredes de nuestra ciudad. Como ejercicio de la memoria pero como advertencia de los daños que provocan ciertos regímenes impuestos a fuerza de balas y represión.

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