POR ARIEL OSATINSKY*
En las 12 mediciones de la desocupación realizadas entre 1974 y 1979 en la Encuesta Permanente de Hogares (EPH-INDEC), el Gran Tucumán-Tafí Viejo se ubica ocho veces entre los cuatro aglomerados con mayores valores. En las 20 mediciones de la década de 1980, el aglomerado tucumano tuvo la mayor tasa de desocupación 11 veces, y estuvo entre los tres aglomerados con mayor desempleo en el país en 18 ocasiones. Por aquellos años, mientras la desocupación se situaba en valores menores al 10% en casi todos los aglomerados del país, en el Gran Tucumán-Tafí Viejo tenía características estructurales alcanzando niveles cercanos o superiores a dicho porcentaje.
No se puede comprender tal deterioro laboral sin tener en cuenta el impacto que tuvo en el mercado de trabajo provincial el cierre de 11 de los 27 los ingenios azucareros en la segunda mitad de la década de 1960, acontecimiento que afectó profundamente la economía tucumana por el significativo peso que tenía la agroindustria azucarera en la estructura productiva, provocando un crecimiento de la desocupación, que perduró en el tiempo.
Crisis y cierre de ingenios azucareros tucumanos en los años 60
Desde fines del siglo XIX, la actividad azucarera se fue transformando en la más importante de la economía tucumana, beneficiada por diversas acciones del gobierno nacional. Siendo una producción destinada al consumo del mercado interno, gran parte de la actividad económica provincial pasó con los años a depender de esta, y ello, a su vez, implicó que tanto el sector agrícola como la industria manufacturera tuviesen un peso destacado en la estructura productiva de Tucumán (Osatinsky y Paolasso, 2012). Ambas actividades explicaban en 1953 el 30% y 23% del Producto Bruto Geográfico de Tucumán respectivamente (Datos del CFI), es decir, más de la mitad de los bienes y servicios producidos en la provincia.
En el marco de la segunda fase de la industrialización sustitutiva de importaciones, los diferentes gobiernos promovieron políticas económicas que se tradujeron un mayor uso de capital y tecnología en detrimento de la mano de obra. Con la justificación de lograr mayor eficiencia y productividad, se buscó una mayor concentración y centralización de la producción que perjudicó a pequeños y medianos productores y empresas (Rapoport, 2000; Ferrer, 2008). En la actividad azucarera, fueron años en los que los recursos del gobierno nacional se orientaron sobre todo a beneficiar a los ingenios y cañeros más concentrados (Healey, 2003).
En ese nuevo contexto, en los primeros años de la década de 1960 la producción de azúcar creció rápidamente, aunque de manera oscilante (véase Boneo et. al., 1973; Bolsi y Pucci 1997), hasta alcanzar una cosecha record en 1965. En aquel año se produjeron 1.200.000 toneladas de azúcar para un mercado interno que consumía 800.000. La sobreproducción de azúcar, acompañada de bajos precios y de la imposibilidad de exportar los excedentes, generó una coyuntura crítica para la actividad más importante de la provincia (Boneo et. al, 1973; Bolsi, y Pucci, 1997).
En ese marco, el gobierno de Onganía propició como solución la sobrevivencia solamente de aquellos sectores más concentrados. En 1966 impuso una limitación general a la producción de azúcar del 70% respecto a lo producido en 1965, y estableció estrictos cupos, eliminando del mercado legal de caña a todas aquellas explotaciones menores a 3 hectáreas (Osatinsky, 2012). A ello se sumó el cierre entre 1966 y 1968 de 11 de los 27 ingenios azucareros de la provincia, la prohibición de instalar nuevas fábricas azucareras o de ampliar la capacidad productiva de las ya existentes, y la eliminación del crédito estatal para los emprendimientos agrícolas o industriales vinculados al azúcar (Boneo et. al., 1973). Estas medidas ocasionaron un descenso importante de la superficie sembrada con caña de azúcar, de su precio, del número de explotaciones cañeras, de la producción de azúcar, y del número de trabajadores vinculados a la agroindustria (Osatinsky y Paolasso, 2012).
La desaparición de 11 ingenios fue la expresión de un proceso de concentración y centralización de la propiedad, reflejado ello en el incremento de la participación de los ingenios de Jujuy y Salta en la producción total de azúcar, y en las mayores porciones del mercado que acapararon los ingenios tucumanos que permanecieron en actividad. Fruto de la crisis, la participación de los sectores agropecuarios e industrial en la economía provincial se redujo significativamente, siendo 34% y 36% en 1968 y 1970 respectivamente.
El cierre de los ingenios y el agravamiento de los problemas de empleo
La crisis azucarera y el cierre de los ingenios agravaron los problemas de empleo que la población ocupada en la principal actividad provincial sufría ya antes de 1966. En efecto, entre 1948 y 1966, hubo en los ingenios una reducción de los trabajadores de fábrica (de 20.800 a 17.800) y de surco (de 22.000 a 12.900) (Murmis y Waisman, 1969). A su vez, los trabajadores empleados en el sector cañero disminuyeron de 119.025 a 96.307 entre 1955 y 1965 (Canitrot y Sommer, 1972). También el empleo permanente en la actividad perdió peso relativo. Estos cambios estuvieron asociados al uso, de un modo incipiente, del tractor, a la mecanización en los surcos, y a una progresiva tecnificación y reequipamiento de las fábricas (Gutiérrez y Parolo, 2017, Nassif, 2016; Osatinsky y Paolasso, 2012).
La situación se agravó en 1966-1968. El cierre de 11 ingenios eliminó 12.544 puestos de trabajo, a lo que se agrega la reducción de 6.327 empleos perdidos en los 16 ingenios que continuaron funcionando (Boneo et al., 1973). De ese total de 18.871 puestos de trabajo eliminados, la mitad aproximadamente eran obreros de fábrica (Canitrot y Sommer, 1972; Gutiérrez y Parolo, 2017), mientras que el resto eran trabajadores de surcos pertenecientes a los ingenios. Entre 1968 y 1970 tuvo lugar una nueva reducción de 1.322 empleos en los ingenios que continuaron en actividad (Crenzel, 1997).
A su vez, la caída que tuvo la superficie con caña de azúcar produjo una reducción de más de 20.000 obreros de surcos que dependían laboralmente de los cañeros (Canitrot y Sommer, 1972).
La crisis de la agroindustria azucarera ocasionó la pérdida de más de 40.000 puestos de trabajo, cifra que probablemente fue mayor si se tiene en cuenta el declive que se produjo en otras actividades económicas ligadas de manera directa o indirecta a la producción azucarera (Osatinsky, 2020).
Debido a la crisis azucarera, la desocupación en San Miguel de Tucumán creció más de 5 puntos en tan solo dos años (oct/66-oct/68), llegando a afectar a 12,7% de la población activa, y conservando un elevado valor en los siguientes años (Tabla 1). En los departamentos tucumanos en donde estaban ubicados los ingenios que cerraron, la desocupación alcanzó valores superiores a los de la capital provincial en octubre de 1968.
Tabla 1. Tasa de Desocupación en S. M. de Tucumán (1966-1970)
| abr-66 | 9,5 |
| oct-66 | 7,4 |
| abr-67 | 10,3 |
| oct-67 | 10,2 |
| abr-68 | 10,8 |
| oct-68 | 12,7 |
| abr-69 | 12,4 |
| oct-69 | 11,4 |
| abr-70 | 10,9 |
| oct-70 | 10,4 |
| abr-71 | 11,7 |
| oct-71 | 12,2 |
| abr-72 | 14,1 |
| oct-72 | 11,7 |
Fuente: INDEC, 1974: 96.
El deterioro laboral señalado se tradujo en una importante migración de miles de trabajadores (Ortiz de D´arterio, 1997). Mientras que en 1960 había en la provincia 773.972 personas, diez años después el total de habitantes había caído a 765.962 (Censos de Población de 1960 y 1970). Teniendo presente que la población estimada para el año 1970 era de 932.431 personas, se puede afirmar que más de 160.000 tucumanos tuvieron que migrar fruto del cierre de los ingenios.
El proceso de concentración y centralización de la producción que experimentó la agroindustria azucarera agravó la incapacidad de la estructura productiva de Tucumán de contener, mediante un desarrollo, a la población de la provincia. Un porcentaje importante de la población tuvo que migrar ante la imposibilidad de encontrar demanda para su fuerza de trabajo.
* Ariel Osatinsky es Docente de la Facultad de Filosofía y Letras; investigador del CONICET