POR AYELÉN MARIEL AGUILAR
El ex Ingenio San Pablo es Monumento Histórico Nacional desde 1941. Ochenta y cinco años después, buena parte de los vecinos del pueblo que creció a su alrededor todavía no había pisado el predio —entre ellos, Rodrigo Moreno, que hasta hace poco nunca había entrado pese a que ahí trabajaron su papá, sus dos abuelos y su bisabuelo. Hoy, Rodrigo es el organizador de la Ruta del Azúcar, el circuito de visitas guiadas que desde hace cinco meses recorre el predio y que ya llevó a cientos de vecinos a hacer, por primera vez, lo mismo que hizo él.
Rodrigo Moreno es director del Área de Cultura y Turismo de la Comuna de San Pablo. Desde ese lugar impulsó el circuito, que recorre las chimeneas del complejo, sus grúas oxidadas, el Parque Carlos Taiz y las lagunas que muchos vecinos ni siquiera sabían que existían. El predio, hoy sede de la Universidad San Pablo-T, fue durante casi dos siglos el corazón productivo y social del pueblo.
Esa historia se remonta a 1832, cuando el francés Jean Nougués plantó los primeros surcos de caña de azúcar en la provincia. Para 1880, sus hijos ya habían modernizado la fábrica hasta convertirla en una de las más relevantes de Tucumán. Considerada la primera industria pesada de Sudamérica, la actividad azucarera fue durante décadas la columna vertebral del desarrollo provincial —y San Pablo, el pueblo que creció a su alrededor. En el predio todavía puede verse El Chalet, la residencia de la familia fundadora que recibió a personalidades como Domingo Faustino Sarmiento, Theodore Roosevelt y el Príncipe Humberto de Saboya, además de un jardín botánico diseñado por el paisajista francés Carlos Thays, una capilla dedicada a Nuestra Señora del Carmen y los vestigios del ferrocarril que conectaba al ingenio con el resto de la provincia. Desde 2007, el predio es sede de la Universidad San Pablo-T, la primera universidad privada laica del noroeste argentino.

Esa historia tan grande, sin embargo, es la que Rodrigo dice que casi nadie en San Pablo conoce de verdad: “Siento que los vecinos conocen la historia, pero muy general, como muy grande en el árbol”, explica. A él mismo le pasó. Recién a los 30 años entró por primera vez al ingenio, a pesar de que la historia familiar lo atravesaba de punta a punta. Fue, cuenta, “conectar la teoría con la práctica”. Ver con sus propios ojos lo que hasta entonces sólo eran nombres e historias sueltas. La gente de San Pablo, agrega, tiene apenas “un conocimiento muy vago” de lo que hay dentro del predio, de cómo funcionaba, de todo el potencial que guarda. Basta caminar el circuito y toparse con las dos lagunas del parque para escuchar la misma reacción de sorpresa: que eso estuviera ahí, en su propio pueblo, y nadie lo supiera.
De esa misma necesidad —la de convertir el relato heredado en experiencia propia— nació la Ruta del Azúcar. Rodrigo cuenta que su papá trabajó en el ingenio, también sus dos abuelos y su bisabuelo materno, y que él creció rodeado de esas historias sin poder nunca entrar a comprobarlas. Cuando empezó a buscar esa respuesta para sí mismo, se encontró con que otros vecinos —hijos, nietos y sobrinos de ex trabajadores— cargaban la misma pregunta sin responder. De ahí surgió el circuito: un recorrido de 1,3 kilómetros con cartelería autoguiada que combina naturaleza, arquitectura e historia, y que también puede hacerse en caminatas guiadas que la comuna organiza de forma periódica.
Las reacciones cambian según quién visita el lugar. Los vecinos con algún vínculo familiar con el ingenio son los que más se emocionan: muchos lloran al ver, por fin, lo que sus abuelos les contaban de chicos. Los visitantes de afuera —de Córdoba, Buenos Aires, Rosario, Santiago, Catamarca, e incluso turistas llegados de Italia y Estados Unidos— se sorprenden por la dimensión del lugar. La demanda, según Rodrigo, se reparte casi por igual entre gente de San Pablo y visitantes de otros puntos del país y del mundo.
Sobre si el ingenio tiene hoy la visibilidad que merece como patrimonio, Rodrigo no duda: todavía no. “Para mí es importante saber de dónde venimos”. “San Pablo se comienza a gestar alrededor de este ingenio”, sentencia. Parte de esa deuda tiene que ver con quién decide, hoy, qué se conserva y cómo: el predio es propiedad de la Universidad San Pablo-T, que —según Rodrigo— preserva gran parte del lugar de manera correcta, aunque reconoce que a él personalmente le gustaría que algunos sectores se cuidaran de otra forma. “Es un lugar privado y ellos van a hacer lo que les corresponda”, admite.
Desde que arrancó el circuito, el propio predio cambió: hay más limpieza, más cuidado, más gente trabajando en los sectores por donde pasa el recorrido. Esa primera impresión también le importa a la comuna, que trabajan puertas afuera del ingenio para que quien llegue a San Pablo se encuentre con un pueblo prolijo y cuidado. El respaldo económico más fuerte llegó del Ente Tucumán Turismo, que financió con cinco millones de pesos toda la cartelería de la Ruta del Azúcar: 37 carteles distribuidos a lo largo del recorrido, que describen edificios históricos, piezas de maquinaria y elementos del paisaje diseñado por Thays. Lo que falta, según Rodrigo, es más difusión y un espacio físico que funcione como oficina de turismo, para que la propuesta se conozca más allá de quienes ya la buscan. A futuro hay ideas dando vueltas —iluminar uno de los túneles del ingenio, avanzar hacia un museo azucarero— aunque todas dependen de recursos que, por ahora, no están garantizados.
Para Rodrigo, de todos modos, el sentido de este proyecto excede la cartelería y los convenios institucionales. “El ingenio, para mí personalmente, representa lo que soy”, sentencia. Si sus dos abuelos no hubiesen trabajado ahí, sus padres nunca se habrían conocido y él nunca habría nacido. “Soy un hijo del ingenio, más allá de que nunca pude trabajar ni nada dentro”. San Pablo, en ese sentido, todavía tiene una vuelta pendiente: la de reencontrarse con la fábrica que lo hizo pueblo, no como recuerdo heredado, sino como lugar propio, caminado y comprendido.