POR PEDRO ARTURO GÓMEZ
Allá y aquí: del pasado a la actualidad
La expresión “batalla cultural” se remonta a la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX, época en la que la palabra alemana correspondiente a ese concepto, Kulturkampf, hacía referencia al enfrentamiento que hubo entre el canciller alemán Otto von Bismarck y la iglesia católica germana, entre 1871 y 1878. Luego, ya en el siglo XX, la expresión se globaliza desde Estados Unidos. Primero durante la Guerra Fría y después en la década del noventa, cuando comienza un cuestionamiento del Estado de bienestar que llega hasta la actualidad. El autor norteamericano James Davison Hunter reflota el fenómeno en su libro publicado en 1991, Guerras Culturales: la lucha por definir América, donde habla de cómo la política y la cultura norteamericanas fueron transformándose a través de temas polarizantes como la inmigración, el aborto, la separación iglesia-estado, y el matrimonio igualitario, entre otros. En 1992, en su discurso durante una convención del partido republicano, el político conservador Pat Buchanan declaró: “Existe en nuestro país una guerra que es por el alma de nuestra América. Es una guerra cultural, tan fundamental para el tipo de nación que algún día seremos como lo fue la propia Guerra Fría”. Buchanan caracterizó el conflicto como una alternativa entre el bien y del mal, pero después de la caída del bloque soviético, el significante “mal” y otros colindantes como “amenaza” podían aplicarse con mayor radio de flotación, para recaer sobre las feministas, los sectores LGBTQ+ o cualquiera que defendiera un papel activo o regulador del Estado. Era la antesala de la guerra anti-woke.
En 2015, la ONU lanza una agenda 2030 consensuada entre los 193 países integrantes, con una serie de objetivos para enfrentar las desigualdades sociales y de género, el cambio climático, el hambre y la pobreza. Como reacción, las ultraderechas se lanzaron en una cruzada que demoniza esta iniciativa, minimizando el problema de la desigualdad, a través de la viralización de teorías conspirativas propagadoras de un negacionismo climático y del ataque contra la denominada “ideología de género”, a la que caracterizan por una supuesta función de socavar la estructura de la familia tradicional y fomentar el aborto bajo la apariencia de derechos reproductivos. La actual batalla cultural toma formas y contenidos más nítidos y definidos.
Es así que -por un lado- la batalla cultural puede describirse como una instancia particular del constante conflicto entre los valores conservadores y los progresistas. Pero más en detalle, según el campo de batalla argentino, se trata de una pelea “moral”, así planteada por los especímenes locales del anarco capitalismo: un régimen que gobierna para “los argentinos de bien”, con “las fuerzas del cielo” de su lado, donde la justicia queda subordinada a la eficiencia. “Lo que es eficiente no puede ser injusto”, afirmó Milei en su reciente exposición en la Fundación Faro, el think tank ultraderechista con manejo muy turbio de sus fondos, reducto del quizás intelectual Agustín Laje, autor –precisamente- del libro La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha. En esa misma ocasión, Milei volvió a insistir en la “moral como política de Estado”, una noción de moralidad que no se asocia al comportamiento privado, a las normas cívicas cotidianas ni a la ética pública convencional, sino una moralidad estrictamente ideológica, según la cual “moral” es aquello que se alinea con la visión del mundo y escala de valores del régimen libertario.
De metáfora y trincheras
Volviendo a la frase misma de “batalla cultural”, ciertas metáforas tinte militar aplicadas a las contiendas políticas proceden de los Cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci. Éste es el caso, por ejemplo, del concepto de “guerra de posiciones”, un cierto tipo de lucha política con menos de estallido revolucionario y más maceración de valores, creencias e ideas, que permitirían a un bloque histórico constituirse como hegemónico, mediante la configuración de ciertos valores sectoriales –de una clase o de una alianza de clases– como parte del sentido común.
Sobre la base de esta ligazón con la idea de hegemonía, puede replantearse la noción de batalla cultural: ¿no sería ese combate la instancia previa de la triunfante hegemonía? Es decir, si hay hegemonía es porque hubo batallas victoriosas, por ejemplo, las que se realizaron al amparo de instituciones, como las de la educación, la industria del espectáculo, o el periodismo. Pero hace falta recordar que la hegemonía tiene una doble faz: conflicto y conciliación, una conciliación que al establecerse se manifiesta como sentido común.
Es cierto –según la advertencia de la socióloga María Pía López- que la contienda política pensada bélicamente nos posiciona como soldados y estrategas, caber en una trinchera o en una facción. En sus extremos, este posicionamiento demanda renunciar a la crítica dirigida al conjunto en el que se está incluido, tal que se sea imposible la acusación de disparar fuego amigo. No obstante, el antagonismo es el plano necesario de lo político, pero esa confrontación de debería derivar necesariamente en bandos o facciones, aunque los clivajes resulten inevitables. Pese a estas alertas, tampoco hace falta cobrarle peaje al lenguaje figurado con tonalidades bélicas aplicado a las tensiones y conflictos propios de la dimensión política de la realidad social. Podemos hablar de las identidades como “campo de batalla”, por ejemplo, sin que me le haga demasiado ruido a las sensibilidades pacifistas. Como sea, la contienda en el terreno discursivo (que no podría ser sino ideológico y político), sobre todo el discurso público, implica necesariamente posicionamientos y estrategias.
Es cierto, también, que en la batalla hay un nosotros y un ellos, definidos con alguna claridad. En los últimos tiempos, esa diferenciación no proviene de una determinación económica –como la noción de clases o la distinción entre pueblo y oligarquía– sino de una pertenencia simbólica a un linaje u otro del pensamiento y la cultura, o –en el peor de los casos- un linaje moral. Ante esto, hace falta denunciar el empobrecimiento que todo linaje padece cuando no se engarza con las disidencias o lima la criticidad de lo que incluye.
La misma idea de batalla cultural suele derivar en la banalización de los oponentes, al leerlos en sus aristas más burdas, subrayando las trincheras desde las cuales se arrojan proyectiles verbales como “kukas”, “ensobrados” y “casta”. Esto conlleva un encierro en el reduccionismo que desplaza la discusión, imponiendo la descalificación y la repetición hasta la náusea del slogan; de ahí el raquitismo intelectual de quienes empuñan ese reduccionismo como armamento orgulloso de sí mismo. Como antídoto, es necesario insistir en una politización –de las prácticas, de las ideas, de las narraciones– que no incurra en la caída dentro de trincheras, de modo que ningún proyectil sustituya el ejercicio, profundamente político, de discernir el momento, interpretar la época y procurar el desciframiento de sus fenómenos.
La permanencia constitutiva
Por otro lado, “batalla cultural” es un sintagma que sugiere que la cultura es una suerte de uniformidad armónica y unitaria, donde cada tanto emerge la “anomalía” de un conflicto de intereses, puesto de manifiesto de manera simbólica e ideológica. Pero no hay tal ocasional o circunstancial “batalla cultural”, sino que la cultura es, por definición, un campo de batalla perpetuo, donde -al revés- son los momentos de aparente “paz” los que deben considerarse “anomalías”. Esos momentos son el producto de la “hegemonía” de un determinado pensamiento vigente, que siempre pretende presentar la realidad (social, cultural, política) como reconciliada, o al menos potencialmente reconciliable.
Las grandes teorías sociológicas y políticas, desde Platón hasta hoy, se dividen entre las que piensan la sociedad y la política como “articuladas” por la lógica del conflicto o la de la conciliación. Por supuesto que en toda sociedad hay etapas de conciliación (entre clases) o de pactos (entre adversarios antagónicos); pero la tensión y el conflicto son estructurales. Cuando un intelectual como Mijaíl Bajtín habla de “dialogismo”, no se refiere a ninguna “transparencia comunicativa” al estilo de un Habermas, sino –más bien al contrario– a un diálogo conflictivo entre “acentos” sociales contrapuestos, en el que cada bloque intenta alcanzar un triunfo “hegemónico” que consiste en el ocultamiento del conflicto, mediante la absorción de la palabra adversaria.
Tal como señala Eduardo Grüner, si la sociedad aceptara –supongamos- que el centro de la “batalla cultural” está ocupado, no por el conflicto entre las clases, sino por dos contendientes llamados “Estado” y “Mercado”, como si en la sociedad capitalista el Estado nada tuviera que ver –y más aún, fuera el antagonista “irreconciliable”– con los resortes del poder económico, si una sociedad creyera esto, estaríamos ante el reinado de la hegemonía.
Una nota al pie de la batalla cultural en el campo (hiper)mediático
Obviamente los enfrentamientos culturales existieron siempre y a menudo fueron violentos o cruentos, pero lo que distingue a la actual batalla cultural es la existencia de los medios masivos tradicionales en convivencia hipermediatizada con los dispositivos comunicacionales de la era digital. Los territorios a conquistar siguen siendo los relatos que conforman el sentido común; sin embargo, la contienda ha recrudecido con la aparición de las redes sociales y plataformas, usadas tanto por prosumidores comunes y silvestres, como por los gobernantes y dueños del poder más influyentes del escenario público. Estos nuevos medios y circuitos privilegian las expresiones hipertrofiadas, estimulan el arrebato iracundo y celebran las afirmaciones tajantes, allí donde las cuestiones y problemas se trazan en términos de polarizaciones dicotómicas.
Todo esto crea una atmósfera sociocultural tóxica que exige radicalizar las posiciones, erradicando la moderación y los recursos argumentativos, de modo que los que piensan diferente se convierten en enemigos irreconciliables. La novedad en este escenario es que las ultraderechas encontraron que su prédica podía ser popular y que sus exponentes pueden encarnar la rebeldía, atributo que tradicionalmente era propio de los progresistas y de la izquierda: hoy se pintan como rockeros, hacen cosplay y están en la vanguardia tecnológica.
En este contexto, el ingreso del periodismo a la “batalla cultural” tiene hoy en Argentina su formulación explícita en el slogan “no odiamos lo suficiente al periodismo”. Esta consigna no sólo fija un posicionamiento adversativo brutal con respecto al sector periodístico crítico, sino que expresa a la vez el sentido de un belicismo que convoca al odio hacia ese sector, marcando una ruptura con el reconocimiento del papel cultural del periodismo en el sistema democrático. Pero también el periodismo –o cierto periodismo- ha sido infectado por esa lógica de la ira explotada por las ultraderechas, porque es una lógica favorecida por el algoritmo, de modo que –entre los males actuales que lo aquejan- el periodismo también se ha convertido hoy en siervo del algoritmo.
A cuestas con este escenario comunicacional, en cualquiera de los campos de lucha, para desentrañar la hegemonía y librar con lucidez las batallas que hace falta librar –sobre todo aquellas orientadas hacia alguna forma de emancipación- lo deseable es un debate que no lime la criticidad de lo que incluye. Los contendientes de una u otra orilla deberían estar dispuestos a hacer críticas sobre sus propios modos de construcción de hegemonía, dispuestos a escuchar las críticas a sus propios instrumentos y prácticas políticas. Pero, al mismo tiempo, hace falta tomarse en serio este actual estado de batalla cultural, porque nos ha sido explícitamente declarada y porque hay un lugar para nuestro necesario protagonismo en esta contienda, que es un capítulo más en las luchas por un estado de cosas más justo, más igualitario, más inclusivo. Y algo aún más elemental: la batalla cultural de hoy pone en juego la existencia de una humanidad sostenida en la recuperación y fortalecimiento de los valores humanistas fundamentales: empatía, respeto, honestidad, solidaridad, justicia y libertad con sentido comunitario.
Fuentes consultadas:
Grüner, Eduardo (2011): “¿Qué clase(s) de batalla es la ‘batalla cultural’?”. https://www.pagina12.com.ar/diario/debates/32-169889-2011-06-11.html
López, María Pía (2011): “Batallas y hegemonías”. https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-169110-2011-05-30.html