El arte como bandera: como niños de todo el país llenan la patria de color

POR FRANCISCO ITURRI, MILAGROS OVEJERO & ALEJO LINZEY SIR  

Una maestra creó un encuentro federal que llegó a reunir a 3.500 chicos de todo el país cada 9 de Julio. Sostenido por una red de voluntarios, el proyecto busca acercar a los niños a la historia argentina a través del arte. 

Cuando Celeste Bonnet recuerda la primera vez que visitó Tucumán, todavía se emociona. Había llegado desde Formosa en 1986, invitada por quien luego sería su esposo. La primera parada fue la Casa Histórica. Tenía 28 años, era docente desde los 16 y lo que vio la conmovió hasta las lágrimas.

“Déjame, me cayó la ficha de donde estoy”, recordó entre risas la frase que pronunció en aquella visita. “Toda la enseñanza que nos daban en la escuela, nuestra familia, mamá, papá, los abuelos, la imagen de la Casa Histórica de Tucumán que yo tenía en la cabeza, todo lo tenía enfrente”, se sinceró.

Aquella experiencia despertó una idea que tardaría casi dos décadas en concretarse. “Esto uno tiene que conocer de niño, no puede salir de la escuela primaria sin conocer nuestras raíces”, relató. Ese pensamiento quedó latente mientras desarrollaba su carrera como profesora de arte en un colegio privado, donde trabajó durante 18 años impulsando concursos, murales, encuentros artísticos y actividades culturales para niños y adolescentes. “Me gustaba que el niño se exprese y que el arte sea un medio de comunicación”, explicó. Sin embargo, sentía que todavía había un proyecto pendiente.

La oportunidad llegó en 2004. Con experiencia organizativa, contactos institucionales y una convicción inquebrantable, decidió poner en marcha un encuentro artístico que permitiera a los niños homenajear a la patria a través de la pintura. “La Gaceta me donó la bobina de papel y Alba me donó 38 tarros de témperas”, recordó. También contó con el apoyo de intendentes y delegados comunales que facilitaron la llegada de contingentes escolares de distintos puntos de la provincia. El 8 de julio de ese año, el Parque 9 de Julio fue escenario de una convocatoria que superó todas las expectativas.

“Ustedes no saben lo que era. Llegaban grupos de niños bajando de los ómnibus con tanta alegría para pintar en honor a la patria”, narró. “Eran los niños los protagonistas, sin banderías políticas, sin distinción de raza, religión o clase social. Fue hermoso”, agregó.

La iniciativa alcanzó cifras sorprendentes. Según Bonnet, la edición inaugural reunió a 3.500 niños y representantes de nueve provincias argentinas. Más tarde, en 2016, durante las celebraciones por el Bicentenario de la Independencia, participaron delegaciones de 11 provincias, desde Jujuy hasta Tierra del Fuego. “Los niños de la Antártida también participaron, pero mandaron sus trabajos porque no podían venir”, recordó.

A pesar de los reconocimientos obtenidos a nivel nacional, provincial y municipal, el proyecto nunca logró resolver una dificultad que se repite desde sus inicios: la falta de recursos económicos. “Esto es a pulmón”, afirmó. “Yo con mi jubilación utilizo mi tarjeta para viajar a las provincias donde tengo coordinadores, hacer muestras y entregar certificados”, explicó. La red que sostiene la iniciativa está integrada principalmente por profesores de arte de distintos puntos del país. “Somos un colectivo de voluntarios”, resumió.

Gracias a ese entramado, el encuentro logró sobrevivir a crisis económicas, dificultades logísticas e incluso a la pandemia.

Durante el aislamiento, el proyecto encontró una nueva forma de desarrollarse. Los trabajos comenzaron a enviarse de manera virtual y la convocatoria trascendió las fronteras nacionales. “Tuvimos trabajos de Italia, de Brasil, de Cuba y de todas las provincias”, contó. “Había una mamá en Nueva York que quería que su hijo participara y por supuesto que lo hizo”, recordó.

Una de las anécdotas que mejor refleja el espíritu del proyecto ocurrió durante los festejos del Bicentenario de 2016, cuando una delegación de Tierra del Fuego llegó a Tucumán para participar del encuentro. En un principio, los chicos tenían previsto alojarse en una vivienda alquilada frente a la Quinta Agronómica, gestionada con apoyo de autoridades de su provincia. Sin embargo, la complejidad logística la llevaron a abrirles las puertas de su propia casa. Lo que iba a ser una estadía breve terminó convirtiéndose en una convivencia de diez días. Habitaciones improvisadas, docentes acompañando a los estudiantes y coordinadores llegados de distintos puntos del país transformaron el hogar de la docente en una suerte de albergue comunitario.

Pero el recuerdo más profundo no quedó ligado a la organización, sino al descubrimiento que aquellos jóvenes fueguinos hicieron de Tucumán.

Invitados a pasar una jornada en una finca de San Andrés, entendieron porqué nos llaman el “jardín de la República”. “Descubrieron la alfombra verde de Tucumán, se revolcaban sobre el césped como pajaritos”. recordó. Los pequeños visitantes comían frutas directamente de los árboles, y compartían largas jornadas en las que no faltaron el locro, las empanadas y el asado. La escena preocupó a la docente, que observaba cómo mezclaban platos y sabores antes de un largo regreso al sur. Fue entonces cuando uno de los responsables de la delegación la tranquilizó con una frase que jamás olvidó: “Un empacho lo podemos curar; esta vivencia no se la quita nadie”.

“Para mí no es trabajo esto. Para mí es vocación, es un proyecto de vida”, aseguró. Y cuando piensa en el futuro, su deseo es tan simple como ambicioso: que la iniciativa la trascienda. “Para mí es un legado”, afirmó. “No hagan que el arte se muera. Hay capacidades desperdiciadas en la Argentina. Tenemos que hacer que todos los niños conozcan sus raíces y tengan espacios para expresarse”, concluyó.

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