POR GABRIELA SALVATIERRA
En TriTri Bar, el pasado domingo 23 se realizó una nueva edición del Ciclo de Apreciación, esta vez dedicada al punk, con bandas en vivo, feria de discos y producciones gráficas. El encuentro tuvo como objetivo recaudar fondos para el Día del Fanzine y volvió a poner en el centro una pregunta: ¿qué lugar ocupa el arte hecho por fuera de los circuitos comerciales en una época dominada por las pantallas y la inmediatez?
La cultura independiente también se construye a pulmón. Se imprime, se dibuja, se fotocopia, se comparte y sobre todo, se encuentra. Esa es una de las premisas que sostiene el Sindicato del Fanzine, un colectivo que desde hace más de una década reúne a personas vinculadas con la producción de publicaciones independientes y que en los últimos años adoptó este nombre para agrupar esas experiencias autogestivas.
El pasado domingo, el colectivo llevó adelante una nueva edición del Ciclo de Apreciación la propuesta reunió a las bandas Mosgow on Fire, Las Cosas Inexplicables y Brutal Represión, además de DJs, una feria de discos de vinilo, fanzines y mesas de artistas autoconvocados.
Pero la música fue solamente una parte de la propuesta. El encuentro tuvo como objetivo principal recaudar fondos para el próximo Día del Fanzine, una actividad que el Sindicato busca sostener de manera autogestiva.
No hay membresías ni cuotas dentro del colectivo. La organización se sostiene a partir de la participación y colaboración de quienes forman parte de la escena. En ese sentido, el evento también funciona como una forma de reunir recursos y, al mismo tiempo, mantener activo un circuito cultural que encuentra pocos espacios dentro de las estructuras tradicionales.
Un sindicato sin afiliados
Aunque el nombre pueda remitir a una organización formal, el Sindicato del Fanzine no funciona como un sindicato tradicional. Sus integrantes explican que el nombre surgió simbólicamente para reunir a distintas personas que ya venían produciendo fanzines de manera independiente.
La autogestión es, justamente, uno de los pilares del colectivo.
En sus mesas circulan publicaciones realizadas por sus propios integrantes, pero también trabajos de artistas de otras partes del país. Hay personas que llegan con sus propios fanzines y proponen sumarlos a la feria, ampliando una red que se construye a partir del intercambio y no necesariamente de la comercialización.
Para quienes integran el Sindicato, ahí existe uno de los principales valores de estas publicaciones: son objetos que pueden tener una enorme importancia para quienes los hacen y quienes los reciben, incluso cuando no responden a una lógica comercial.
“Realmente creemos que hay un valor en las cosas que generalmente no se le da un valor”, explicaron desde el colectivo.
La idea aparece ligada a una forma de producir cultura por deseo y convicción. Hacer un fanzine porque existe algo para decir, porque una obra merece ser compartida o porque aquello que apasiona a una persona puede generar un vínculo con otra.
“Hay una conexión humana trascendente en hacer todo esto”, señalaron.
El papel como resistencia
En una época atravesada por las redes sociales, la inteligencia artificial y el consumo acelerado de contenidos, sostener una publicación en papel puede parecer una práctica de otro tiempo.
Para Penny, integrante del Sindicato desde hace cuatro meses y encargada de las mesas artísticas de los Ciclos de Apreciación, es precisamente ahí donde está parte de su importancia.
“Es un acto de resistencia seguir con los fanzines, con el papel, que la gente no se olvide de que lo puede leer, de que no toda tu vida está dentro de una pantalla”, sostiene.
Penny también participa en la creación de sus propios fanzines y entiende estas producciones como una experiencia íntima. No necesariamente están pensadas para llegar a miles de personas ni para convertirse en un producto masivo.
Son publicaciones hechas para compartir.
Y en esa materialidad aparece una diferencia que el colectivo considera fundamental: frente a una cultura cada vez más atravesada por lo virtual, el fanzine obliga a volver al objeto, al papel y al contacto directo.
Punk y una nueva necesidad de decir
La elección del punk como eje de esta edición del Ciclo de Apreciación tampoco fue casual. La música y el movimiento artístico mantienen una relación histórica con la producción independiente y con la posibilidad de utilizar el arte como herramienta de expresión.
Gabriel, cantante de Mosgow on Fire, lleva alrededor de diez años haciendo música y actualmente desarrolla un proyecto solista en el que también trabaja junto a otros artistas.
Desde su experiencia, considera que existe una revalorización del punk y de los proyectos independientes. Para él, parte de esa recuperación tiene relación con el contexto actual y con la necesidad de los artistas de encontrar nuevas formas de expresar aquello que atraviesa a la sociedad.
“Todo lo que está pasando nos está dando muchas cosas a los artistas que decir”, plantea.
Gabriel define este fenómeno como una especie de “mecha” que volvió a encender la resistencia artística. Y en ese escenario, los espacios autogestivos cumplen una función que va más allá de ofrecer un lugar para tocar.
Son espacios para encontrarse.
Para Gabriel, participar de este tipo de encuentros también tiene una dimensión personal. En una época en la que gran parte del consumo musical puede realizarse desde una habitación y a través de una pantalla, asistir a un evento permite descubrir algo que los algoritmos difícilmente pueden ofrecer: otras personas que comparten los mismos intereses.
Por eso invita a quienes sienten que no tienen con quién compartir sus gustos a acercarse igualmente.
“No hace falta que tenga algún conocido o que sus amigos puedan. Que venga igual”, propone.
Y explica el motivo con una frase que resume buena parte del espíritu de estos espacios:
“Yo veo a alguien que está disfrutando también de la misma música que yo y digo: ‘Mierda, no soy tan bicho raro’”.
Esta frase también nos permite entender por qué estos encuentros siguen teniendo sentido. No se trata solamente de escuchar una banda, comprar un disco o llevarse un fanzine. Se trata de descubrir que existe una comunidad alrededor de aquello que a veces parece quedar fuera de los circuitos culturales más visibles.
Una cultura que se sostiene entre todxs
El Ciclo de Apreciación fue, en ese sentido, una expresión concreta de una forma de hacer cultura que se sostiene desde abajo: artistas que producen, personas que organizan, músicos que tocan, público que asiste y espacios que abren sus puertas.
Para Penny, esa dimensión comunitaria es fundamental.
“Son necesarios los espacios. Es un espacio de contención, de reunión, de acercarnos”, explica. Y agrega que mientras quienes forman parte de estas escenas logren mantenerse unidos, también podrán fortalecerse como comunidad.
La propuesta del Sindicato del Fanzine parte de esa idea: hacer circular aquello que no siempre encuentra lugar en los espacios comerciales y generar redes entre personas que producen por fuera de las estructuras tradicionales.
El fanzine, entonces, no es solamente una publicación. El punk no es solamente música. Y una feria no es solamente un lugar donde comprar algo.
Son formas de producir vínculos y de disputar un espacio para las expresiones culturales independientes.
En Tucumán, mientras las pantallas aceleran cada vez más la manera de consumir arte, hay quienes todavía eligen imprimir una idea, dibujarla, compartirla y ponerla en manos de otra persona.
No porque sea la forma más rápida de hacerlo.
Sino porque, para el Sindicato del Fanzine, todavía vale la pena hacerlo de esta manera.




