POR ANA LAURA RACEDO
Para entender el mapa de los vínculos actuales es necesario trazar una línea de tiempo reciente. En 2018, la juventud argentina protagonizó una nueva revolución en las calles: la marea feminista politizó las aulas, los espacios públicos y las mesas familiares. Se instalaron debates urgentes sobre la autonomía y la deconstrucción de los roles tradicionales.
Sin embargo, menos de una década después, el panorama digital y cultural muestra el fortalecimiento y la visibilización de discursos que disputan aquellas conquistas ¿Cómo pasamos de las movilizaciones masivas a la proliferación de discursos en redes que promueven el retorno a la sumisión voluntaria y la búsqueda de un “hombre proveedor”?
Una posible explicación de este fenómeno puede encontrarse en procesos de reacción cultural y fatiga estructural. En un contexto de crisis económica e incertidumbre laboral, diversos discursos digitales parecen haber capitalizado el cansancio y la necesidad de certidumbre de muchas jóvenes. La promesa del “Hombre Proveedor” y el retorno al hogar empieza a percibirse, falsamente, como un espacio de descanso, un alivio y un refugio.
El verdadero peligro de estos discursos en redes sociales no es solo la propuesta de una vuelta a la sumisión por una cuestión de estética, sino que dejan de lado una discusión histórica y profunda sobre la división sexual del trabajo. Mientras las mujeres llevamos más de sesenta años exigiendo que las tareas de cuidado y del hogar sean valoradas y reconocidas como el trabajo real que son, la respuesta de estas plataformas es transformar ese deseo en un negocio y un producto de moda. Así se genera una contradicción muy grande: en lugar de exigir estructuras comunitarias o estatales, se propone una salida individual donde todo depende de la “voluntad” de un varón. Al final del día, la promesa del hombre proveedor no soluciona los problemas de desigualdad económica de fondo, los tapa detrás de una pantalla con filtros, transformando un reclamo histórico de justicia en un contrato de dependencia que, lejos de protegernos, nos vuelve a dejar desarmadas.
La sumisión estética se vende hoy en redes sociales como un contrato de conveniencia inteligente para ganarle a la crisis. En un contexto de incertidumbre brutal, no tiene absolutamente nada de malo buscar refugio en el amor, querer construir en pareja y hacer equipo para amortiguar el golpe de una realidad hostil. Lo que es profundamente peligroso es entregar la autonomía individual a cambio de sobrevivir a esa crisis. Cambiar obediencia por estabilidad no es un proyecto de vida; es un pacto de vulnerabilidad.
El problema actual lo encontramos en que, detrás de estos términos modernos, se esconde el mismo modelo conservador de siempre. Las tendencias digitales se viralizan y se toman como verdades naturales, instalando la idea de la “Mujer de Alto Valor”https://vt.tiktok.com/ZSQVFtSce/ . Bajo esta lógica, la valía de una joven ya no se define por sus proyectos, su intelecto o su libertad, sino por encajar en estándares estéticos normativos y dóciles para funcionar como un “premio” de estatus para el varón.
A cambio, se exige la contraparte del “Hombre Proveedor”, convirtiendo las relaciones afectivas en una transacción estrictamente mercantil. Lo que el algoritmo oculta con tipografías elegantes y filtros de “lujo silencioso” es que esta supuesta paz económica exige una entrega inmediata: el control total de la vida y de las decisiones de la otra persona a cambio de su dinero. Este discurso se promueve de manera estratégica como parte de la agenda de la derecha internacional, buscando reinstaurar roles de género tradicionales bajo el empaque de un estilo de vida aspiracional.
Comprar este espejismo digital requiere un peligroso ejercicio de amnesia histórica. Es urgente advertir que las decisiones vinculares que las jóvenes toman hoy en nombre de una supuesta “estrategia” las están condenando, a la misma realidad que atrapó a nuestras madres y abuelas durante décadas.
Para las generaciones de mujeres que nos precedieron, la falta de autonomía financiera no fue un lifestyle de redes, sino una jaula estructural de la que muchas no pudieron escapar. Vivieron en carne propia lo que hoy llamamos violencia económica y patrimonial: no tener bienes a su nombre, verse obligadas a justificar cada centavo y tener que soportar destratos, infidelidades o abusos físicos simplemente porque no tenían independencia económica para decidir sobre sus propias vidas.
Aquélla dependencia que las condenó al silencio y anuló sus proyectos individuales es el mismo modelo que hoy se maquilla de “privilegio” en las pantallas.
Validar que el valor propio equivale a un rol de sumisión complementario es entregar las llaves de nuestra libertad. Si las jovenes de hoy no encienden las alarmas frente a la romantización de la dependencia, el despertar del algoritmo va a ser brutal.
Cuando la estabilidad depende de la voluntad de un varón que asume el control a cambio de su billetera, cualquier disidencia, cualquier intento de poner límites, o el simple deseo de tomar un camino propio en el futuro, es leído como una ruptura del pacto. Sin independencia económica ni redes de contención horizontales, la capacidad de decidir o retirarse de un vínculo se desvanece por completo.
El “nuevo machismo” no es más que el viejo patriarcado de siempre, pero con mejor iluminación, música en tendencia y un lenguaje corporativo. Comprender las razones económicas por las cuales nos refugiamos en estos mandatos es el primer paso urgente para advertir a tiempo a las nuevas generaciones y desmontar un negocio digital que se alimenta de la frustración actual para cobrarse su precio en violencia real.