POR FRANCISCO ITURRI, MILAGROS OVEJERO & CELESTE ACOSTA
A los 65 años, Antonio Ledesma dirige Americana Lengua de Señas, una institución que desde 1995 acerca la lengua de la comunidad sorda a cientos de personas. Su historia comenzó mucho antes, en una familia de oyentes, cuando los gestos improvisados eran la única forma de entenderse. Hoy, después de décadas de barreras y aprendizajes, trabaja para que otras generaciones puedan comunicarse sin tener que esconder sus manos.
En Americana Lengua de Señas, las manos no son un complemento de las palabras. Son las palabras. Desde hace 31 años, la institución abre sus puertas a quienes buscan aprender una lengua que todavía necesita conquistar espacios en la vida cotidiana. En ese recorrido está Antonio Ledesma, conocido como Tony, su actual director y uno de los miembros fundadores. A sus 65 años, habla de accesibilidad, educación y autonomía con la experiencia de quien conoce las barreras desde adentro. Mientras las preguntas avanzan, las respuestas encuentran su camino a través de Emilce Ortigoza, intérprete de Lengua de Señas Argentina-Español quien acompaña la conversación. Entre las señas de Tony, la interpretación y las nuevas preguntas, se construye un relato que va más allá de la historia de una institución: es también la historia de una comunidad que busca hacerse entender.
Para encontrar el principio hay que retroceder varias décadas, hasta una infancia en la que la lengua de señas todavía no formaba parte de su vida. Tony creció en una familia de oyentes que no conocía esa lengua. La comunicación existía, pero debía encontrar otras formas de abrirse paso. En casa, los gestos cotidianos fueron creando un pequeño vocabulario propio, hecho de referencias compartidas y señas improvisadas. Su abuelo, por ejemplo, tenía una identificación visual relacionada con su bigote. Bastaba señalar aquella característica para nombrarlo sin pronunciar una palabra. Eran las llamadas señas caseras, una manera espontánea de construir sentido cuando no había un idioma común. Antes de aprender formalmente la lengua de señas, Tony ya sabía que con las manos podían contar cosas que su voz no le permitía comunicar.
El encuentro decisivo llegó a los 13 años. En la escuela vio a otras personas sordas comunicarse mediante señas. Aquella experiencia abrió una puerta que más adelante encontraría continuidad en la Asociación Tucumana de Sordos. Allí comenzó a relacionarse con la comunidad y adquirió la lengua de manera natural, a través del contacto cotidiano. No fue un aprendizaje temprano. Tampoco ocurrió en un contexto que favoreciera esa posibilidad. Durante su juventud predominaba un paradigma educativo y social que dificultaba a las personas sordas integrarse. La comunicación que hoy defiende como un derecho, entonces debía abrirse paso casi que a escondidas.
Al recordar esa época, Tony no habla solamente de las dificultades para hacerse entender. Habla del sufrimiento de tener que ocultar una forma natural de comunicarse. “Estábamos bajo otro paradigma en donde no se permitía usar la lengua de señas”, explicó. Muchas personas sordas la utilizaban de manera clandestina, lejos de la mirada de quienes pretendían imponer otras formas de comunicación.
La experiencia personal se convirtió, con los años, en una convicción. Para Tony, el acceso temprano a la lengua es fundamental para el desarrollo de los niños sordos. No se trata de esperar a que crezcan y encuentren por sí mismos una comunidad con la cual comunicarse, sino de garantizarles desde pequeños la posibilidad de aprender su lengua natural. “La inmersión temprana es fundamental”, afirmó. Y estableció una comparación sencilla para explicar su importancia: así como los oyentes aprenden español oral desde la infancia, los niños sordos necesitan acceder a la lengua de señas desde edades tempranas.
Esa mirada también permite comprender el lugar que ocupa Americana en su vida. La institución nació en 1995, cuando un grupo de personas sordas y oyentes decidió organizarse para difundir la lengua de señas y ofrecer cursos de capacitación. Tony estuvo allí desde el comienzo. Primero participó de los cursos en los que el equipo fundador se preparaba para comenzar a enseñar la lengua de señas y, con el tiempo, asumió otras responsabilidades hasta llegar a la dirección.
La propuesta encontró rápidamente una respuesta que sorprendió a sus impulsores. Docentes que querían prepararse para recibir estudiantes sordos, profesionales de la salud que buscaban mejorar la atención y personas con familiares o conocidos sordos se acercaron para aprender. Cada una llegaba con una historia distinta, pero muchas compartían la necesidad de encontrar una forma de comunicarse.
La enseñanza se organizó en ciclos progresivos. Los estudiantes comienzan con contenidos básicos y avanzan por distintos niveles hasta llegar a instancias de práctica y contacto con la comunidad sorda. La formación no termina en la adquisición de vocabulario: busca que el conocimiento pueda trasladarse a situaciones reales, desde una conversación cotidiana hasta una consulta médica o un trámite.
Hoy, Americana recibe aproximadamente entre 100 y 150 personas, aunque Tony aclara que no cuenta con una cifra exacta. La propuesta está abierta al público y también convoca a estudiantes de otras provincias del noroeste argentino, entre ellas Salta y Santiago del Estero. Hay talleres para niños de distintas edades y espacios destinados a quienes desean profundizar sus conocimientos.
Durante la entrevista, la conversación vuelve una y otra vez sobre una misma idea: aprender lengua de señas no debería ser un gesto aislado, sino el comienzo de una relación sostenida con la comunidad. En ese intercambio, Milse permite que las palabras de Tony circulen entre quienes participan de la charla. La intérprete no reemplaza su voz; hace posible que su mensaje llegue a quienes todavía no comparten su lengua. Cuando el diálogo se desplaza desde la historia de Americana hacia las dificultades de la vida cotidiana, el propósito de la institución adquiere una dimensión concreta.
Tony menciona hospitales, comisarías, terminales de ómnibus y aeropuertos. Lugares por los que cualquier persona necesita circular con autonomía, pero donde una persona sorda puede encontrarse con una barrera si nadie conoce su lengua. En una urgencia, la comunicación puede depender de conseguir un intérprete o de disponer de conexión a internet para acceder a un servicio remoto. No siempre existen esas condiciones.
Por eso, Americana también participa, junto con la asociación civil con la que trabaja, en articulaciones vinculadas con la Justicia. Cuando una causa judicial involucra a personas sordas, los equipos de interpretación y mediación pueden intervenir para facilitar la comunicación. La accesibilidad, insiste Tony, necesita personas formadas y presentes en todos los ámbitos, no solamente en espacios especializados.
Su preocupación mira también hacia el futuro. Los intérpretes son un recurso humano que necesita crecer, y las instituciones que forman personas deben continuar su tarea más allá de quienes las fundaron. “Ojalá que esto continúe”, expresó al reflexionar sobre el paso del tiempo y la necesidad de que el trabajo no se termine con el retiro de sus protagonistas.
Antes de despedirse, la entrevista vuelve a Tony. Ya no se trata de los cursos, los ciclos ni las dificultades institucionales, sino de una marca íntima de identidad. En la comunidad sorda, las personas tienen una seña personal, un identificador visual que funciona como un nombre propio. La suya representa el gesto de subirse el cierre de una prenda. Es una característica que lo identifica y que, en el lenguaje de sus manos, dice Tony. La explicación final condensa algo de todo el recorrido. De niño, Tony había encontrado en los gestos caseros una manera de comunicarse con su familia. A los 13 años descubrió una lengua compartida con otras personas sordas. Décadas después, desde la dirección de Americana, trabaja para que nadie tenga que atravesar el mismo camino de aislamiento y prohibiciones.
Sus manos siguen hablando. Esta vez, ya no para esconderse ni para improvisar un idioma dentro de casa, sino para construir puentes de diálogo y entendimiento. Del otro lado, espera una sociedad que todavía tiene mucho por aprender.


